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MESA POLÍTICO SINDICAL JOSÉ IGNACIO RUCCI

La verdadera historia de la Revolución Fusiladora de 1955

Perón prefirió abandonar el poder a ensangrentar la Patria.
Por José Marcelino García Rozado, Secretario General Político

Artículos de José Marcelino García Rozado editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 06/10/08.- El 19 de setiembre Perón parece haber intentado, luego de haber recibido la oferta de Benjamín Lucero -Ministro de Guerra- de enfrentar la rebelión hasta las últimas consecuencias, busca un acuerdo con los alzados, ya que ha decidido no ensangrentar aún más la Patria. Debemos recordar que entre el 16 de junio y el 19 de setiembre existió una verdadera guerra civil larvada, enancada en el proceso político-militar de la época.

Todo comenzó con el bombardeo del 16 de junio de 1955 sobre la Plaza de Mayo, cuando para enfrentar a la aviación naval, la CGT envía a centenares de trabajadores a defender a Perón, desarmados enfrentaron la cruel matanza. Cientos de muertos surgidos de las filas de quienes espontáneamente dejaron sus trabajos para ir a defender al general del pueblo, murieron reclamando armas frente al Ministerio de Ejército.

Es el propio Perón quien más de una vez explicó, que luego de ver lo sucedido en España en 1939, impide que este requerimiento popular se lleve a cabo, sacrificándose personalmente para librar a la nación de una tragedia mayúscula e irreparable. Armar al pueblo como muchos pretendían, sin buscar una solución política, no estaba en el pensamiento de quien anteponía siempre la Patria y el Pueblo.

Es precisamente ese 16 de junio de 1955 cuando se presenta vividamente el riesgo de una guerra civil en la argentina. Cuando desde el entonces Ministerio de Marina -hoy edificio Guardacostas de Prefectura Naval- se comandan las acciones y fue rodeado por las masas obreras pretendiendo hacer justicia por mano propia. Se inicia el primer sobrevuelo de los aviones de la Aviación Naval, y a las 13,12 horas Hugo Di Pietro, Secretario General de la CGT, convoca desde las radios a defender a Perón.

La multitud autoconvocada, en muchos casos luego de munirse de armamento, o simplemente armados con maderas y palos obtenidos de los cercos de las obras en construcción para enfrentar la agresión, avanzan sobre la Plaza del pueblo protegiéndose contra las paredes de los edificios aceleradamente para posicionarse junto a la Casa Rosada.

A la misma hora en avenida Corrientes y San Martín, se congregan "milicias" peronistas integradas por jóvenes de la Alianza Nacionalista y obreros de los sindicatos que espontáneamente marchan a aplastar el foco sedicioso. Son en muchos casos los mismos que una semana antes ante la agresión y quema de la bandera nacional atacaron la Catedral y las iglesias. Este grupo de entre 200 y 300 militantes estaba armado con armas largas y pistolas y se lanzan hacia el Ministerio de Marino con la intención de tomarlo, mientras otro grupo parte en un camión y varios autos hacia la Plaza.

Es casi romántico el sentimiento popular de quienes reclaman armas y se ofrecen en la sede de la Alianza Nacionalista para defender al Líder, bajo la protección de un fusil ametralladora; mientras tras los bombardeos en la recova del Cabildo algunos compañeros armados reúnen a los militantes peronistas y los conducen en camiones y ómnibus requisados hacia la sede de la CGT en Azopardo donde dicen se les distribuirá armamento.

Otros grupos parapetados tras la recova de avenida Alem, frente al Correo, y en las cercanías de la Aduana buscan proveerse de fusiles y pistolas, tras lo que se dirigen hacia el Ministerio de Marina agazapados entre los árboles o protegiéndose con los autos estacionados. Comienzan un hostigamiento al grupo sedicioso en espera de la concurrencia de los grupos militares afines al Gobierno Constitucional.

Los grupos de peronistas y nacionalistas comienzan a avanzar sobre el Ministerio de Marina a pie a cuerpo descubierto, mientras un oficial naval provisto de un megáfono les advierte que si siguen avanzando van a dispararles. Suceden una serie de disparos sobre los civiles armados iniciados desde el Ministerio de Marina, mientras las ametralladoras del ejército ubicadas en las Casa Rosada y el Ministerio de Ejército inician un tiroteo hacia el Ministerio de Marina, en apoyo a los civiles.

Las masas -o turbas, según los marinos- enardecidas se lanzan ante la preocupación de los marinos que temen más a estas que a los efectivos militares de ejército. Los efectivos de ejército que responden a Perón convergen sobre el Ministerio de Marina y sobre los efectivos de la Escuela de Mecánica de la Armada de Núñez que intentan concurrir en apoyo de los sediciosos atrincherados en el Ministerio de Marina.

Los relatos de los oficiales de Granaderos -leales a Perón- indican que había muchos civiles que se habían ofrecido espontáneamente para realizar el abastecimiento de municiones entre las Compañías y los camiones de municiones estacionados en las cercanías. Asimismo otros suboficiales leales, comentaban que los civiles complicaban los desplazamientos del ejército en su avance sobre el Ministerio naval, ya que eran masas muy motivadas que gritaban y avanzaban a la par de los soldados.

Estas muestras de heroicidad, son relatadas por Franklin Lucero, Ministro de Guerra, "… conservo un imborrable recuerdo cuando, a través de los vidrios de los grandes ventanales del quinto piso, observé un tanque colmado de civiles enarbolando una bandera … detrás del Ministerio de Guerra gran cantidad de civiles se agolpa pidiendo armas para defender al gobierno, mientras los jefes leales advierten que la operación de limpieza contra los marinos sublevados se complica por la gran cantidad de civiles que avanzan entremezclados con las tropas …"

Pero es Perón en persona quien exigió: "…hay que hacerlos retirar enseguida, pues van a hacer una masacre con ellos." Su sobrino el Mayor Cialcetta es quien intenta hacer cumplir la orden pero es desconocido por una enorme parte de los obreros, incluso uno de ellos Radeglia casi lo agrede al desconocerlo. Cialcetta los conduce, a una enorme mayoría de ellos, a la CGT donde después del medio día se cuentan cerca de 50 mil personas. Ante la confusión reinante y la desinformación existente se suscitan escenas de caos.

Sin embargo, la confusión reinante alimenta las acciones mas variadas, se descargan armas desde camiones del Correo, y desde camiones y jeeps de integrantes de la Alianza Nacionalista. El teniente de navío Horacio Mayorga, ve el caos desde el Ministerio de Marina y años después testimonia: "… el levantamiento popular realmente metía miedo; yo he visto incluso un hombre que avanzaba con solo un palo al grito de ¡Viva Perón! Sobre la puerta de entrada, a quien una ráfaga de ametralladora le corto un brazo, y quedo tendido en la calle frente del Ministerio". Las escenas son desgarradoras y para colmo el Ministro de Marino, almirante Olivieri, da la orden para que la aviación naval cambie el objetivo del bombardeo.

Es entonces que se ordena bombardear no solo la Casa Rosada, sino agregar como objetivo a los obreros concentrados frente a ese Ministerio; pero ante la advertencia de que se están concentrando enorme cantidad de obreros en la CGT, se agrega además ese nuevo objetivo a los otros dos. Al no poderse enviar un mensaje a los pilotos navales por tierra, se decide realizar dicha comunicación mediante el uso de la comunicación inalámbrica cuya central se encuentra en la Costanera Norte.

El capitán de fragata Jacinto Cueto, a cargo del Departamento de Comunicaciones, recibe la orden de informar a la Aviación Naval la orden siguiente "… bombardear Casa de Gobierno, Radio del estado y la Confederación General del Trabajo". El capitán de corbeta Carlos Álvarez, es quien recibe esta orden en la central de Costanera Norte y la pasa al operador de radio, suboficial segundo Paulino Godoy, quien al leerla la devuelve diciendo: "A este despacho no lo voy a transmitir, es inconcebible." Ante la rotunda negativa del operador Álvarez inicia consultas con su superior el capitán de corbeta Oscar Hourcades.

Ambos confundidos se extrañan ya que la CGT no es un objetivo militar y al no poder ratificar la orden deciden no incluirla como blanco del bombardeo. Así es que no se registra el criminal ataque decidido por la cúpula de la Armada a la CGT, que hubiera generado un genocidio de proporciones desconocidas en la patria. Este baño de sangre hubiera terminado por generar un ataque de las columnas obreras, las turbas, sobre el Ministerio de Marina y la consecuente masacre de los marinos que lo defendían. Impidiendo a posteriori que el Ministro de Guerra general Lucero pudiera garantizar a Olivieri que el Ministerio amenazado por las columnas obreras no fuera incendiado. Así la rendición de ese Ministerio se vio garantizada sin derramamiento de sangre alguna.

"Un gran clamor estallo en las calles y plazas, proferido jubilosamente por la muchedumbre que contemplaba la lucha o participaba en ella. Y en un arranque instintivo, los milicianos peronistas emprendieron un veloz avance sobre el Ministerio de Marina. Inmediatamente volvió a desatarse el fuego de los rebeldes alzados, causando numerosas bajas en las filas (atacantes)". Simultáneamente a estos hechos se produce sobre la Casa de Gobierno el ataque más furibundo, cayendo 33 bombas, estallando 25 de ellas. Minutos después los Gloster Meteor de la Base Aérea de Morón se suman a la sublevación y atacan también la Plaza de Mayo y la Casa Rosada. Se busca denodadamente matar a Perón, desconociendo que aquel se hallaba en el subsuelo del Ministerio de Guerra.

Es particularmente importante destacar la actitud del suboficial Godoy, quien con su actitud impidió que las turbas enfurecidas por el bombardeo de la CGT hubieran generado un gigantesco e impredecible baño de sangre, odios y rencores que durarían durante años. Oleadas de civiles y obreros siguen llegando a la Plaza de Mayo con el fin de defender a Perón, exigiendo se les entreguen armas.

Los bombardeos continúan y es atacada la antena de radio del Estado. La aviación naval reforzada por los aviones de la aeronáutica cumplen con los dos objetivos fijados. La sublevación naval se va extinguiendo durante las horas de la tarde noche, comenzando el incendio de la Catedral Metropolitana ubicada frente a la Plaza, poco después estos incendios se propalan hacia otros templos del centro porteño.

Estas escenas, tan similares a las ocurridas durante la Guerra Civil española, preocupan cada vez más a Perón. Pero no es solo Perón quien visualiza estas similitudes; el almirante Gargiulo, uno de los jefes sediciosos, observando los incendios por una ventana del Ministerio de Marina le comenta a dos oficiales: "… igual que en España. ¡Es tremendo! Esto es insoportable para mi; yo me siento responsable de todo". Poniendo horas después fin a su vida al suicidarse.

A las 18 horas Perón habla por radio exhortando a no dejarse llevar por las pasiones y los odios y a mantener la calma; obviando un tono vengativo que hubiera desatado incalculables violencias. Las fuerzas peronistas, contra la voluntad de Perón, el ejército y la misma CGT se armaron para defenderlo generándose una situación previa de guerra civil. El hecho de bombardear la CGT, impedida por la heroicidad de Paulino Godoy, entre las 15 y las 15, 30 horas hubiera precipitado a la Patria indudablemente a una guerra civil de proporciones desconocidas.

Las fuerzas leales a Perón y la Constitución Nacional, no solo no participan del reparto de armas entre los civiles peronistas, sino que aunque sintiéndose acompañados y respaldados por estos impiden abiertamente la toma del Ministerio de Marina y el asalto de este por parte de aquellos. Es importante destacar dos hechos centrales, que quedan al descubierto, tras los bombardeos del 16 de junio de 1955, por un lado el extraordinario apoyo que tanto Perón como el peronismo tenían entre los suboficiales de las Fuerzas Armadas.

Este apoyo incondicional no era nuevo, ya el 1951 durante la sublevación del general Menéndez al frente de las unidades de caballería encontramos a los suboficiales negándose a marchar o haciéndolo engañados, condicionando e impidiendo la rebelión de los propios oficiales. Nuevamente durante el 16 de junio de 1955 vuelve a verse este fenómeno, y hasta aquellos que por espíritu de cuerpo acompaña a sus oficiales lo hace preguntándose: "… pero ¿Cómo estoy haciendo esto yo si soy peronista?"

Es remarcable el sentido común de los suboficiales, el mismo del que adolecían los oficiales especialmente de la armada; igual situación se vive en el seno de la aeronáutica nacional donde los oficiales de Morón se sublevan, mientras los suboficiales no lo hacen y luego de ser encerrados en los galpones terminan recuperando la base hacia la media tarde. Los sucesos del 16 de junio son una muestra cabal de la lealtad de la suboficialidad al peronismo y a su Líder Juan Perón.

Lo mismo sucede el 16 de septiembre cuando el alzamiento de Lonardi, Aramburu fracasa al intentar sublevar Curuzú Cuatía, al contar con los oficiales pero no a los suboficiales, quienes terminan por controlar la situación provocando la huida de oficiales y jefes. La contrarrevolución de 1956 es quizá la mas notoria muestra de lealtad de la suboficialidad hacia con el peronismo. En el regimiento 7 de La plata, los suboficiales de la banda de música son un elemento central de la sublevación peronista.

Esta situación propia de las fuerzas armadas donde oficiales y suboficiales tienen diferentes lealtades es una situación que hubiera coadyuvado al enfrentamiento fratricida, y a la guerra civil si Peron no hubiera tenido el tino y la valentía de pensar primero en la Patria y luego en el.

El otro elemento a tomar en cuenta en los sucesos de 1955 es la participación espontánea de civiles armados o desarmados tomando parte en la represión de los sediciosos el 16 de junio, y formando parte de los sublevados el 16 de septiembre. Son cientos y miles los civiles que defienden a Perón en junio. Y así como el 16 de junio se habla de milicias peronistas, el 16 de setiembre se habla de comandos civiles. Mientras los obreros defienden a Perón en la Plaza de Mayo y frente al Ministerio de Marina y la CGT, en Córdoba, epicentro del alzamiento de setiembre, la participación de civiles armados antiperonistas es importante y se identifican mediante brazaletes, y reciben armamento de parte de las guarniciones sediciosas, volviendo a las prácticas ocurridas en la Revolución del 30.

Así como los militares leales el 16 de junio no muestran rechazo hacia los civiles y obreros peronistas que reclaman armas y en algunos casos combaten a su lado pero sin entregarles aquellas, tres meses después los sediciosos arman a los civiles que los acompañan generando situaciones muy peligrosas; pero en ambas circunstancias la participación de civiles armados es otra muestra cabal de que la Argentina de 1955 estuvo realmente al borde de la guerra civil.

El odio y los enfrentamientos sucedidos entre junio de 1955 y setiembre de ese año, tanto como lo ocurrido en abril de 1953 o posteriormente en 1956 fueron sucesos tan fuertes, que llevo a personas pacificas en muchos casos a producir hechos de terrorismo irracional. Así como en medio de aquel discurso de Perón en 1953, el estallido de dos bombas en medio de los participantes colocadas por grupos antiperonistas, provocan la reacción del líder, que enardece y ante el pedido de sus partidarios exhorta a dar leña quemándose las sedes Radical y Socialista y el Jockey Club, en los sucesos del 55 Perón reclama mesura y exhorta a la calma sin revanchas ni violencia.

Lo sucedido entre junio y setiembre de 1956, y los fusilamientos de junio de 1956 permiten con absoluta precisión precisar que no se hubiera dudado en llevar a la Argentina a una cruel guerra civil de no haber primado en Perón la cautela, prudencia y temple del que hizo gala en aquellas jornadas.

Los sediciosos de setiembre tenían previsto con mucha antelación la participación y el armado de los grupos civiles; y así como los integraron al intento de copamiento de la Casa Rosada junto al Batallón de Infantería de Marina 4, aplicaron idéntica metodología en otros lugares optando por emular a los aliados en el final de la Segunda Gran Guerra con los partisanos.

Perón siempre tuvo en claro que abrir la puerta a la participación de civiles armados en el conflicto era precipitar una guerra civil como la sufrida por el pueblo español, o como mínimo precipitarse en una gigantesca masacre de consecuencias impredecibles. Las victimas de 1955 se contaron por cientos, pero pudieron haber sido miles o millones; como en cualquier crisis producida por un enfrentamiento armado el control de parte de Perón o cualquier gobernante es mínimo. Y así como sin ser solicitado, las muchedumbres concurren en apoyo de Perón, también podrían haberse repartido mas armas y haberse vuelto incontrolable la situación.

Si Perón y el ejercito no hubieran reaccionado tan rápido para cercar el Ministerio de Marina e impedir el asalto del mismo por la turba enardecida, o si los civiles hubieran participado también desde el lado de los sediciosos, o si los muertos hubieran sido miles por los bombardeos de la CGT y el odio y la violencia hubieran escalado todo podría haber sucedido, perdiendo sentido el discurso moderado de Perón solicitando que no se contestase la violencia con violencia.

La historia nacional debió reconocer que la actitud prudente de Juan Perón, a diferencia de la violencia impuesta apenas un año después por los sediciosos de junio y setiembre del 55, libro a la Patria y al Pueblo Argentino de los odios irracionales que se generan tras los sucesos provocados por la guerras intestinas, civiles, donde hermanos se enfrentan a hermanos, y padres o hijos delatan y asesinan a aquellos otros.

La enseñanza dejada por Perón, fue poco o nada entendida por muchos argentinos o argentinas trascurridos los años y ante situaciones mucho menos caóticas, pero es parte del sentir peronista la mesura, el perdón, el amor y la solidaridad. Algo poco entendido por aquellos que hacen del odio y la revancha un sentir de vida.