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Elecciones: ¿qué le reclama el trabajo a la política?

Por Por Julio Godio
1. Un electoralismo desfasado
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 7/04/03.- El 27 de abril se realiza la primera vuelta de las elecciones presidenciales y, como todo lo indica, habrá luego ballotage.

El escenario político electoral es de fragmentación. Además, la campaña electoral ha sido opacada por la combinación original en este país de fenómenos diferentes como el impacto de la guerra de Irak y el desinterés de una parte considerable del electorado por las elecciones. Cálculos actuales indican que posiblemente voten sólo 16 millones de electores, sobre un padrón de 25 millones.

Sin embargo, no se puede decir que los candidatos no hayan desarrollado sus plataformas electorales. Por cierto que Kirchner ha presentado una plataforma neodesarrollista, Menem una neoliberal-conservadora, Rodríguez Saa una nacionalista, Carrió un mix entre socialcristianismo y socialdemocracia moderada, al igual, en este último sentido, que el socialismo y el radicalismo; y López Murphy una plataforma fundada en el liberalismo económico. En realidad, en todas las elecciones desde 1983 hasta ahora los candidatos han contado con plataformas y programas.

El problema es que esas plataformas y programas no se corresponden con las capacidades de los partidos. Los programas, lamentablemente, son también productos mediáticos, creados por "equipos técnicos" y difundidos a la sociedad por los medios. No son el producto de la participación de los afiliados. El partido es sólo una herramienta electoral, y por eso poco puede hacer para garantizar el cumplimiento del programa. Los electores conocen esta última realidad, y por lo tanto descreen de los partidos.

También sabe de la falta de voluntad política de los partidos el establishment, que cuenta con suficientes poder económico y cuadros político-técnicos como para obligar, luego de las elecciones, a los candidatos a aplicar sus políticas neoconservadoras. La Iglesia Católica y otras instituciones religiosas, sectores progresistas de las FFAA confinados injustamente en ghettos, asociaciones sindicales y populares, no han sido consultados por los partidos.

2. El mundo del trabajo como fuerza política

Pero hay, entre otras, una fuerza social gigantesca que podrá ser marginada relativamente de estas elecciones, pero que posee el poder potencial de arruinar a cualquier presidente electo: el mundo del trabajo formal productivo. En el sentido amplio el mundo del trabajo abarca aproximadamente a 12 millones de personas, de las cuáles 8 millones son los trabajadores asalariados, 2 son empresarios de todas las categorías, y el resto se compone de profesionales liberales, científicos, trabajadores de la cultura y la educación, etc. El núcleo duro del mundo del trabajo está constituido por los trabajadores asalariados, las empresas y las instituciones de ciencia y tecnología: sin este núcleo duro ninguna economía puede funcionar positivamente.

La debilidad de los candidatos y de los partidos descansa en su alejamiento actual del mundo del trabajo. Esto me hace recordar una frase pronunciada hace algunos años por el ex presidente Clinton: "¡Es la economía, estúpido!".

La economía, si es observada a través de su existencia material visible, da cuenta de sus capacidades productivas y su relación con la demanda efectiva generada por los mercados locales e internacionales. Las sociedades observan con preocupación la marcha de la economía real, porque de su buena performance depende su nivel de vida. Hoy más que nunca en este país, porque persiste la depresión y el alto endeudamiento, la pobreza y el desempleo.

Dado que el país está involucrado en la segunda ola de mundialización de la economía y forma parte del Mercosur, no podrá solucionar sus problemas aislado del mudo. Esta realidad económica es lo visible, lo que la gente percibe. Pero si logramos pasar de lo visible a lo "invisible" vamos a darnos cuenta de que la economía organiza en redes, no sólo materiales sino sociales, a empresarios, trabajadores, instituciones de ciencia y tecnología, etc.

La economía como suma de relaciones sociales se vuelve "economía política". La política es vigorosa cuando tiene sus raíces en la economía política. La economía política organiza a sectores y capas sociales con intereses y prácticas sociales que se expresan políticamente. La economía política permite regular a los mercados. Por ausencia de la incorporación de los agentes de la economía real a la política, en estas elecciones un sector del mundo del trabajo votará a desgano, y otro muy numeroso se abstendrá.

Hubo dos momentos en la historia argentina contemporánea en que la política y la economía política marcharon juntas. El primero fue con la ejecución del proyecto de la Generación del '80: ese momento duró hasta fines de 1920. El segundo fue con la formación del peronismo y la aplicación del modelo nacionalista-industrialista, y este momento duró desde 1945 hasta 1952, cuando empezó su declinación; durante el peronismo se institucionaliza la sociedad salarial. Después de esos momentos, sólo hemos vivido momentos "aparentes" pero efímeros de acercamiento de la economía política y la política (por ejemplo entre 1973 y 1975, entre 1983 y 1985, y entre 1991 y 1994).

Cuando la política y la economía política se asociaron, nacieron fuertes movimientos políticos: en el primer momento fue el Partido Autonomista Nacional (PAN), partido de la elite terrateniente aristocrática y excluyente, pero transformadora; en el segundo, el Partido Justicialista (PJ), que monopolizó la representación de la sociedad industrial-salarial.

3. Los partidos pierden su centralidad en el régimen político

Ahora bien, los partidos actuales no tienen vínculos orgánicos y dinámicos con el mundo del trabajo. Esto afecta la calidad de la democracia. Son partidos de la "sociedad política", pero no están afincados ni procesan los intereses del mundo del trabajo. Todos los partidos han perdido afiliados. El PJ, el más poderoso, registra, en las elecciones internas abiertas y simultáneas para elegir candidatos en la provincia de Buenos Aires, que sólo vota el 6% de su padrón electoral (9 millones, es decir unos 600.000 electores). En este gigantesco escenario de absentismo se localizan comportamientos políticos favorables a instalar gobiernos cívico-militares autoritarios de derecha o "chavistas".

El PJ, si bien mantiene su fuerte presencia en el electorado de origen asalariado, ya no conserva su vínculo orgánico-dinámico con los trabajadores por el debilitamiento de la fuerza de su columna vertebral sindical. Otros partidos importantes no se sienten responsables frente al mundo del trabajo y adecuan sus discursos laborales a las necesidades electorales. En el pasado, este tipo de doble discurso fue dominante en la Alianza.

Ahora bien, una hegemonía política es estable y duradera cuando interpreta y da direccionalidad a las líneas de fuerza que se generan en la sociedad civil. En este caso, nos referimos a la relación de la política con el mundo del trabajo, pero deberíamos incluir a otras líneas de fuerza, como lo son la disposición de la sociedad argentina a preservar al democracia pluralista, los movimientos de derechos humanos, las asociaciones involucradas en la lucha contra la pobreza y el desempleo, los movimientos anti-belicistas, etc.

Los partidos argentinos se han degradado intelectualmente, y por eso no pueden representar al mundo del trabajo. No son partidos que garanticen la unidad política del pueblo para salir de la crisis actual y preservar la democracia pluralista. Está en crisis el régimen político y el sistema de representación. Los partidos políticos argentinos están en crisis, y sus opciones son autorreformarse o languidecer hasta su desaparición, sin que ello altere al régimen democrático formal. Es necesario que en estas elecciones surja un gobierno de coalición democrático fuerte. Los candidatos que sostengan esta opción ayudarán a sus partidos a autorreformarse.

Forzando y aplicando la idea de Clinton a la Argentina "fin de época", se podría afirmar que estas elecciones deben castigar a charlatanes de ocasión con la siguiente frase: "¡Es el trabajo, estúpido!". En efecto, lo que el mundo del trabajo le reclama a la política es un plan de "reindustrialización" integrada y competitiva para una economía de mercado regulada. Levantar 100.000 nuevas empresas, hacer retroceder al desempleo a menos de un dígito y sacar de la pobreza y el desempleo al 50% de la población. La política tiene ahora la palabra: ¿será capaz de liderar el proceso de reconstrucción económica que se requiere para preservar al Estado-nación, capaz de jugar un rol protagónico en el mundo global? Esta es la verdadera pregunta que se hacen los argentinos conscientes de cara a las próximas elecciones.

 
(*) Paper elaborado para el Panel "EL MUNDO DEL TRABAJO EN LOS PROGRAMAS ELECTORALES" Lunes 7 de abril de 2003, Hotel Castelar, Buenos Aires. Con auspicio de la Fundación Friedrich Ebert de Argentina
El presente artículo se publica por gentileza del Instituto del Mundo del Trabajo.

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