Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
CLÍO, UN LUGAR PARA LA HISTORIA - ARGENTINA

El socialismo y la mosca

10 de agosto de 1880: nacimiento de Alfredo L. Palacios
Por León Guinsburg

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 10/08/11.- La vocación militante suele cruzar personas e historia, abriendo anecdotarios de singular riqueza. Siendo adolescentes, el filósofo y escritor José Pablo Feinmann y yo conocimos a Alfredo L. Palacios, figura señera del socialismo argentino. Particular y rica vivencia, no exenta del ribete humorístico y la coincidencia con el triunfo de la Revolución Cubana, que conmovió a todos los argentinos, más allá de las razones, por el halo de romanticismo que envolvió a Fidel Castro y sus compañeros.

Emblemático y particular como nadie, en el aniversario de su nacimiento cuesta al imaginario popular entender que fue dado a luz sin su mosqueteril mostacho acabado en punta y el característico poncho como abrigo.

El 2 de enero de 1959 José Pablo Feinmann y yo, ambos de 15 años de edad, nos encontrábamos frente a Alfredo L. Palacios, compartiendo un té en la casa que su secretario, Juan Carlos Coral, poseía en la zona veraniega de Necochea. Alumnos ambos del Nacional Nicolás Avellaneda, aunque en distintos cursos, días antes nos habíamos cruzado casualmente en la calle, y a partir de ese momento forjamos una larga y entrañable amistad.

A esa edad, José ya era brillante. Escribía cuentos, tocaba el piano, dibujaba, ensayaba crítica cinematográfica y lector compulsivo, deglutía sin límite todo libro importante que se le ponía a mano. Vacacionando con nuestras familias, nos veíamos diariamente para conversar, cabalgar y a la noche hacer la clásica recorrida por los lugares frecuentados por jóvenes y adolescentes, además de la playa. Allí, disfrutando del mar y caminando, vimos por primera vez en persona al prócer socialista leyendo y respondiendo saludos.

Coincidimos en concurrir a la conferencia que Palacios brindaría en la Biblioteca Municipal y atendimos con fruición su erudito discurso sobre la necesidad de profundizar las leyes obreras y las que hacen a la protección de la mujer, mechado éste por jugosas anécdotas de su paso por el Congreso Nacional y los claustros universitarios.

Eran las 7 de la tarde y la conferencia finalizaba, cuando se acercó Coral, que imitaba en su vestimenta, peinado y bigote al pro hombre, y musitó algo algo a su oído. Palacios se levantó y con solemnidad dijo: “Señoras, señores, los invito a ponerse de pie. Me acaban de comunicar que las tropas revolucionarias del comandante Fidel Castro acaban de ingresar triunfantes a La Habana y el tirano Fulgencio Batista, cobarde como todos los tiranos, ha huído. ¡Viva Cuba Libre, viva el Pueblo Cubano!”. Las cien personas que llenaban el recinto, de pie, vivaron y aplaudieron al unísono.

Tras cartón, Palacios cambió el eje de su disertación, Inocultablemente conmovido, habló sobre la libertad y la marcha del socialismo en Latinoamérica, metiendo en la misma bolsa a los “dictadores” Perón, Batista, Somoza, Rojas Pinilla, Odría, Pérez Jiménez, Trujillo y Stroessner. Y con “…la libertad es el bien más preciado de la humanidad…” dio por terminada la jornada, Luego, recibió saludos, dando su mano a cada uno que se acercaba. En el camino, miré a José y casi al unísono dijimos “le pidamos una entrevista” . Avanzamos, intercambiando dudas acerca de la viabilidad de la intención. “Doctor –le dije juntando coraje y estrechando su diestra- nos gustaría hablar con usted”. José Pablo, acudiendo en mi auxilio, añadió: “Somos estudiantes y tenemos inquietudes políticas”. Nos miró a ambos enarcando las cejas, como si evaluara nuestra edad y osadía. “Bien, con todo gusto, Los espero mañana a las 5 para tonar el té. Hablen con Coral, asi les da la dirección” , Llamó a su joven émulo y señalándonos, lo instruyó y nos dejó en sus manos.

Acoto que a los pocos años Coral fue diputado, y su fogosidad-, comidilla de época-, lo llevó a trompearse con un colega ante cámaras, en un famoso programa televisivo. Inseparable de su admirado maestro, en los círculos políticos denominaban al duo como “Palacios y su guitarrista”.

El socialismo y la mosca

Llegamos puntualmente, de saco y corbata, como en ese entonces se estilaba si de visitar a un notable se trataba. Impecable en su traje negro con chaleco y corbatín, Palacios nos recibió en el comedor de la casa y tras sentarnos, preguntó nuestros nombres, edades y colegio. Antes de llegar, José Pablo y yo deliberamos sobre qué decir, pero no acordamos y decidimos jugar a lo que salga.

El prócer, mientras nos servían el té, se interesó por nuestras ideas políticas y las de nuestros padres, siempre tratándonos de usted. Le confesé mi inclinación al comunismo –en ese entonces ocurría- y José, si bien no se definió, se las ingenió para hacerle saber su admiración por Alberdi y Ugarte, lo que arranco a Palacios un gesto de satisfacción.

Nos habló como a adultos, exponiendo las luchas socialistas por leyes justas para el trabajador. Comparó la gesta de la reforma universitaria de 1918 con la que habíamos protagonizado los estudiantes en´1958 contra la reforma del articulo 28 de la Ley de Educación. “El doctor Frondizi ha entregado la educación pública al mas reaccionario clericalismo” , juzgó lapidariamente. Y profetizó que “el objetivo es bajar la calidad de la educación publica –que a todos nos iguala-, y si no revertimos pronto la situación, va ocurrir”. Nos hizo enorgullecer pues tanto José Pablo como yo habíamos participado activamente en las manifestaciones y disturbios, en defensa de la “enseñanza laica”

Le escuchábamos tiesos, concientes del honor que nos hacía, mirándole tomar su infusión y comer una oblea. Una mosca revoloteó hasta posarse en su nariz, La espantó con un leve manotón y la mosca vino a parar a la mía, Instintivamente las espanté y volvió al apéndice de Palacios.

“Tengo diferencias con los militares –dijo-, pero fueron necesarios para echar “al que no está en el país” añadió, evitando mencionar a Perón, rebovinando sus diferencias con quien alguna vez lo calificó de “payaso”. Alegó sobre la demagogia, su nocividad y sus innobles fines por un buen rato.

La mosca seguía alternando entre su nariz y la mía, y en actitud de respeto, no la espanté, decidido a ser yo quien soporte la molestia, y no me faltaron muecas por esa causa. Ante la tolerancia, el persistente insecto optó por quedarse conmigo, hasta que se percató de lo que para mi fue la salvadora ventana.

Una atrevida acotación de José Pablo le hizo exclamar, aunque sin perder el medio tono de su grave voz “…él se apropió de proyectos obreros que los socialistas concebimos y por los que luchamos, y también de consagrar el voto femenino, que siempre fue una bandera nuestra. Pero lo hizo para su provecho, en aras de su propia ambición”. Indudablemente prevaleció en el catedrático su acendrado antiperonismo. Recordando la circunstancia, años más tarde, en charla de Unidad Básica, esbocé una reflexión sobre la distancia semántica entre las expresiones “apropiar” y “coincidir”.

Afablemente comentó su agrado por nuestra visita y su fe en las juventudes de pensamiento progresista. Añdiendo que el futuro esperaba todo de nosotros, nos instó a estudiar, a prepararnos y a actuar sin temor en política. Fue la despedida. Estrechó con fuerza nuestas manos y agradeció nuestra visita, pero sin sonreir.

Apenas salidos de la casa, orondos, orgullosos por haber conversado con el gran tribuno, José Pablo soltó una carcajada. “Te aguantaste la mosca –se burló- eso sí que es respeto y consideración. Da para un cuento y lo voy a escribir”. Nunca supe que lo haya escrito, pero es probable.

Tres veces diputado –la primera a los 24 años, el más joven de América- y otras tantas senador, Palacios jamás pudo concluir un mandato, sea por golpe de estado, receso del Congreso dictado por el nefasto presidente José Figueroa Alcorta o por renuncia antes del cumplimiento. Apasionado tribuno y temible polemista, fundador de partidos, americanista reconocido en el continente, jurista y catedrático, duelista y galante, supo encantar con su carisma y ganar discípulos de fuste. También embajador en Uruguay durante parte del golpe antiperonista de 1955, pero su buena relación con el régimen duró poco tiempo. Era senador cuando lo depuso la muerte, el 20 de abril de 1965, dejando como herencia medulosos y profundos textos de derecho. Más allá de coincidencias o disidencias –jamás fue mi referente- Alfredo L, Palacios ganó su procerato en buena ley.