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América latina no debe lamentar la caída del Consenso de Washington

Por Walter Molano, Jefe de Investigaciones de BCP Securities

Rebanadas de Realidad - 27/07/03.- Tras el derrumbe de la Argentina, los medios de comunicación lamentaron la muerte del Consenso de Washington. Se escribieron metros de letras dedicadas a su ascenso y caída. Hubo tristeza y nostalgia en el tono. Sin embargo, ¿deberíamos estar tan tristes?. Después de todo ¿qué era el Consenso de Washington y cuál fue el efecto sobre la región? El Consenso de Washington era una lista de 10 puntos, resumidos por John Williamson en 1990, para revitalizar a América latina tras la década perdida. El manifiesto se concentraba en la reestructuración de la deuda, la privatización, la desregulación, la liberalización del comercio y la disciplina fiscal y monetaria.

Sin embargo, ¿quién se benefició con el Consenso? Debemos recordar que la propuesta fue escrita en Washington, y se la llamó Consenso de Washington. No fue escrita en San Pablo o en la Ciudad de México, y no recibió el nombre de Consenso latinoamericano. Por lo tanto, no es sorprendente que los mayores beneficios hayan sido para EE.UU. y los accionistas controlantes de las multilaterales.

Los 80 fue una década de examen de conciencia para Estados Unidos. La vergüenza de Vietnam, el crecimiento de Japón y la caída de la industria estadounidense llevaron a los analistas a estudiar la estructura de la economía norteamericana. Ellos llegaron a la conclusión de que Estados Unidos ya no era el monstruo de la Segunda Guerra Mundial. La industria pesada se había trasladado a Japón y Europa. Sin embargo, la economía estadounidense era hipercompetitiva en servicios. Los saltos tecnológicos, asegurados por la fuerte inversión en defensa y exploración espacial, transformó a Estados Unidos en un líder global en telecomunicaciones, logística, energía, transporte y computación.

Estados Unidos también dominaba otros sectores de servicios (medios de comunicación, finanzas). Sin embargo, el sector de servicios internacionales estaba altamente regulado. El comercio de servicios era reducido, y las barreras para entrar eran elevadas. Además, la mayoría de los gobiernos controlaban los principales servicios, como telecomunicaciones, medios y electricidad, debido a sus características naturales de monopolio. Por lo tanto, EE.UU. lanzó una campaña global para desregular los servicios internacionales. La OMC y el GATT formaban parte de esta iniciativa.

El principal objetivo del Consenso de Washington era abrir el lucrativo mercado de servicios latinoamericano a las firmas estadounidenses y europeas, a través de la privatización, desregulación y liberalización del comercio. Sin embargo, no hacían esfuerzos por abrir el mercado local a los productos latinoamericanos. Por el contrario, se impusieron barreras en áreas donde la región disfrutaba de ventajas comparativas, como la agricultura y el acero.

Si bien Washington ganaba acceso al mercado latinoamericano, todavía enfrentaba un gran problema: cómo la región iba a pagar los servicios. Necesitaba capital. Por lo tanto, la reestructuración de la deuda era un componente clave del plan. La refinanciación permitiría a la región tener acceso a los mercados de capitales internacionales, permitiéndoles así financiar las adquisiciones. Además, la disciplina fiscal y monetaria superficial garantizaría su credibilidad. No fue sorprendente que los presidentes latinoamericanos hayan aceptado el Consenso de Washington. Les otorgaba una fuente de recursos, sin abordar ninguno de los problemas que plagaba la región, como la galopante corrupción, la pobreza y la estratificación social. Sin embargo, los problemas finalmente volvieron a la superficie, dejando a la región en medio de una nueva ola de crisis políticas, sociales y económicas. Además, EE.UU. y los países europeos se quedaron con el control del sector servicios y quedaron miles de millones de dólares más ricos. Por lo tanto, ¿deberíamos lamentarnos por la muerte del Consenso de Washington? Absolutamente no. La región debe desarrollar un programa que permita que los líderes políticos sean más responsables. Tiene que diseñar un marco económico que permita maximizar la ventaja comparativa para generar los superávit necesarios para invertir en educación, salud e infraestructura y mejorar la productividad laboral. Los países en desarrollo que no firmaron el Consenso tuvieron mejor desempeño que los que sí firmaron. Chile es un buen ejemplo. Por lo tanto, es momento de buscar un modelo que lleve a la región hacia el desarrollo sostenible.


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