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LA PÉRDIDA DE PANAMÁ: CIEN AÑOS (XIII)

Un desenlace funesto

Por José Fernando Ocampo T.

Rebanadas de Realidad - MOIR, Deslinde - Colombia, 15/11/03.- Veintiún años después de la fecha fatídica del 3 de noviembre de 1903, el 20 de agosto de 1924, Colombia finalmente reconocía la delimitación de la frontera con la nueva república de Panamá. Entre las dos fechas se desarrollan dos etapas, la que va hasta la firma del Tratado Urrutia-Thompson en 1914 y la que discurre desde allí hasta la denominada Acta Tripartita entre los tres países interesados y el Tratado Vélez-Victoria sobre límites con Panamá, ambos negociados en 1924. Pero, en realidad, fue el Tratado Urrutia-Thompson el que definió por parte de Colombia el reconocimiento de la pérdida de Panamá. Y se lo reconoció a Estados Unidos, no a Panamá. Es decir, Colombia, al firmar el tratado, dejó en claro que, con quien había que entenderse, era con la potencia del Norte, que era la que le había robado a Panamá. Fuera del contenido del acuerdo, queda para la historia un sentido simbólico irreductible, el del verdadero significado de lo que le aconteció a esta Nación, que había perdido uno de los sitios para ese momento más estratégicos del mundo.

Desde el arribo del general Reyes al Gobierno en 1904, el afán de la oligarquía colombiana por llegar a un arreglo de la pérdida de Panamá se convirtió en una obsesión. Durante el Quinquenio (1904-1909) se negociaron dos tratados, el Cortés-Root con Estados Unidos y el Cortés-Arosemena con Panamá. Ninguno fue aprobado por el Congreso. Debido a la intervención de Nicolás Esguerra, un liberal radical de la vieja guardia, dirigente del partido Republicano, la Asamblea Constituyente de Reyes no se atrevió a aprobarlo. Pero, cuando quedaron al descubierto los dos tratados, la reacción popular contra Reyes lo obligaría a un retiro temporal, para luego tener que renunciar al gobierno. A quien había traicionado tantas veces a Colombia desde sus componendas con Cromwell, “Panama lo había también destruido”, en frase de Lemaitre. Entonces el recién elegido Congreso de 1909 conformó una comisión presidida por Juan Bautista Pérez y Soto que abriría un juicio de responsabilidades de tanta repercusión que, como dice el mismo Lemaitre, “habría sido necesario encarcelar por lo menos a medio país.”

Entre el sinnúmero de acontecimientos desgraciados en que abunda la pérdida de Panamá, ha quedado casi olvidada la actuación de Rafael Uribe Uribe, ideólogo del Partido Liberal del siglo XX, en la Conferencia Panamericana de 1906. Con Guillermo Valencia, el mismo que había defendido a Obaldía en la Cámara de Representantes tres meses antes de que traicionara a Colombia, Uribe Uribe representó el país en Río de Janeiro, en su calidad de embajador itinerante de Reyes por América del Sur. Elaboró para tal evento un magnífico trabajo jurídico probatorio del atraco de Estados Unidos, en el que afirmaba: “La conferencia dará lugar a un formidable gasto de vocablos como fraternidad, solidaridad, americanismo, unión, estrechamiento de relaciones amistosas, aproximación y otros análogos, que no sonarán como sarcasmo en los oídos de los delegados colombianos si proceden de hispano o lusoamericanos, pero que viniendo de los Estados Unidos habrán de clasificar entre las mentiras convencionales, en tanto que subsista sin composición el atentado de Panamá.”

En consecuencia, la delegación colombiana no tenía sino dos alternativas: o se negaba a asistir a Río y propiciaba una protesta continental por al atentado de Panamá, o aglutinaba a los países amigos en el seno de la Conferencia contra el atropello norteamericano con una exigencia de que Panamá le fuera devuelta al país. Sin embargo, sucedió lo impensable. Valencia y Uribe Uribe aceptaron sin protesta la presencia de Panamá como república independiente, callaron el atentado de Estados Unidos contra Colombia, ninguna exigencia hicieron para modificar el orden del día de la Conferencia y se sentaron con el delegado norteamericano, nada menos que el Secretario de Estado de Teodoro Roosevelt, Elihu Root. Y para concluir, lo invitaron a visitar el país de regreso a Estados Unidos, como en efecto lo hizo.

Uribe Uribe había sufrido una transformación radical en el seno de la Conferencia y había dado un vuelco de ciento ochenta grados frente a los norteamericanos. Así lo expresa en su informe a Bogotá: “Contra los pronósticos pesimistas de muchos que auguraban una política egoísta, absorbente e imperiosa de los Estados Unidos de América, en el seno de la Conferencia; contra el deseo acaso de los que en muchas partes anhelaban, para salir verídicos en sus afirmaciones antiyanquistas, la conducta de los representantes de la república del Norte, ha sido inspirada, en su conjunto, como en el más insignificante de sus detalles, por el más elevado, noble y desinteresado amor al bienestar común. Por ninguna parte ha aparecido la más leve insinuación de imperio, el menor gesto de desdén hacia una nación débil, la más insignificante tendencia a beneficiarse, desde el punto vista comercial, con algún acto impuesto a la asamblea. Dando un hermoso ejemplo del más puro sentimiento republicano, nos han tratado a todos en el mismo pie de igualdad, han hecho uso de una exquisita tolerancia, y en casos en que habrían podido tomar iniciativas incontrastables, han preferido adherir modestamente a fórmulas de conciliación. El gran trust panamericano, predicho por algunos, bajo la dirección de los Estados Unidos, no ha aparecido por ninguna parte. La delegación americana ha dado esta vez el inesperado espectáculo de hacerse amar irresistiblemente, aun de sus adversarios naturales.”

Quien responde a Uribe es Diego Mendoza, el mismo que había sido llamado por Reyes a juicio por haber defendido los derechos de Colombia sobre Panamá mientras era embajador en Washington, en una carta violenta de recriminación por su actuación en la Conferencia. Uribe le replica que el problema de Panamá no estaba en la agenda, que Estados Unidos había maniobrado para eliminar ese punto y que no era conveniente enemistarse con los países que ya habían reconocido a Panamá; Uribe dice a la letra: “Propiamente, no había manera alguna de orillar el asunto sin herir y sin aparecer extemporáneo y descortés…” Todo, porque el gobierno colombiano “de quien recibimos directivos para esta Conferencia, ha aceptado los hechos de la separación y se encuentra en los trámites de negociación, la cual pudiera ponerse en peligro con una actitud demasiado inflexible. Una actitud de ese carácter hubiera orientado la Conferencia contra Estados Unidos, porque se encontraban allí muchos países agraviados por él…Con tales antecedentes no era posible ni oportuno, ni de utilidad ninguna, suscitar querellas y despertar rencores en el seno de una corporación de confraternidad americana. Incriminar a Estados Unidos y a Panamá equivalía a distribuir las responsabilidades que les cupiera a ellos según nuestros discursos, con los otros países de América…; habría sido echar a un lado, con escándalo de cultura universal, la cortesía entre naciones, base de la vida internacional, que si en toda ocasión es atendible, singularmente lo era en ésta, en que el Brasil ofrecía graciosamente su hospitalidad y se empeñaba en halagar y festejar en todos modos a los representantes de los Estados Unidos. ¿En qué pie habríamos colocado a la república después de malquistarla con los demás países, hoy que tanto necesita de la concurrencia extranjera?” (Citas tomadas de la obra de Uribe, Por la América del Sur, de la colección Biblioteca de la Presidencia de la República, t. I, 1955, passim)

La traición de Uribe no quedaría ahí. También firmaría el Tratado Urrutia-Thompson el 6 de abril de 1914 que daría fin al litigio de Panamá. El 15 de octubre cae asesinado en las gradas del Capitalio Nacional. ¿Lo asesinarían por haber firmado el Tratado o por haber apoyado como jefe del Partido Liberal la candidatura conservadora de José Vicente Concha o por ambas razones a la vez? Por más interrogantes que queden para la historia, coinciden los hechos de la actuación de Uribe con su asesinato. Acababa de ser inaugurado el Canal de Panamá el 3 de agosto con un costo de más de 350 millones de dólares de ese entonces. Mientras se firmaba el Tratado se estaba dando término a la construcción del Canal. Esa negociación había sido dirigida por Marco Fidel Suárez sobre la base de cuatro criterios: una indemnización pecuniaria, una reparación moral, el reconocimiento de la independencia de Panamá y unos privilegios sobre el uso del canal. El Tratado no sufrió objeciones graves en el Congreso de Colombia que lo aprobó el 1º de mayo, es decir, sólo un mes después de haberse firmado. ¿Acababa de vender Colombia a Panamá por 25 millones de dólares que recibiría por la indemnización? ¿Era suficiente que Estados Unidos reconociera que “lo sentía mucho”—sincere regret—para hacer olvidar que nos había robado a Panamá? ¿Quedaba todo el lío saldado por el privilegio del uso del Canal? ¿Había que someterse al destino histórico del reconocimiento de la independencia de Panamá? La única diferencia de fondo con los dos tratados anteriores—Herrán-Hay y Cortés-Root—consistía en el pesar reconocido por la potencia del Norte. Nada más. Y los dos habían sido rechazados por el Congreso y por el país.

Suárez se había opuesto con toda energía a la decisión unánime del rechazo hecho por el Senado al Tratado Herrán-Hay. En esta ocasión ya no existía territorio nacional cuya soberanía pudiera entregar como en 1903, pero estaban en juego nuevos y muy determinantes intereses. Primero, la modernización del país. Segundo, el petróleo. Tercero, el café. Cuarto, el banano. Cada uno de ellos tendría una conexión más o menos directa con la pérdida de Panamá. En la primera mitad del siglo XX llegarían a la primera magistratura de la nación tres presidentes modernizadores, Reyes, Ospina y López Pumarejo. Los tres se comprometerían con una “modernización por endeudamiento externo” que demarcaría la ruta de todo un siglo. Esa fue su táctica. Sólo Pedro Nel Ospina logró ponerla en marcha con lo que Patiño Roselli llamaría “prosperidad a debe” y ha quedado para la historia nacional como “la danza de los millones”, precisamente a raíz del tratado con Estados Unidos. Reyes y López, por distintas circunstancias, fracasaron en su propósito. Reyes, debido a Panamá y López como consecuencia de la moratoria de la deuda de 1929. Si Reyes se jugó el todo por el todo para negociar un tratado con Estados Unidos se debió a su intención fundamental de acceder a los ingentes recursos de capital disponibles en el país del Norte. Así como lo llamaron el “yanqui Reyes” o “yanqui criollo”, así también lo compararon con el modernizador mexicano Porfirio Díaz. Ambos representan en América Latina la tendencia pro yanqui que iniciaba el reemplazo de los capitales europeos por los capitales norteamericanos y que tomaría auge en la coyuntura de la Primera Guerra Mundial. Pero su estrategia modernizadora nunca arrancó, porque no pudo resolver el conflicto de Panamá. Pero unos meses antes de la firma del Tratado, el presidente Carlos E. Restrepo se comprometía a retirar las concesiones petroleras a la Casa inglesa Pearson, obedeciendo a las presiones del presidente Wilson en su famoso discurso de Mobile de abril de 1914, con la esperanza de que empezaran a fluir los capitales y se arreglara el asunto de Panamá.

Reyes, Concha, Suárez, Ospina, Abadía y Olaya se habían regido y se regirían en adelante por lo que Suárez había sintetizado en su famosa frase del “respice Polum”: “La fórmula ´respice Polum´,” dice Suárez, “que me he atrevido a repetir para encarecer la necesidad de mirar hacia el poderoso norte en nuestros votos de prosperidad, deseando que la América Latina y la América Sajona armonicen en justicia e intereses, es una verdad que se impone por su claridad y necesidad”. En todo el conflicto de Panamá y, especialmente, en la negociación del Tratado Urrutia-Thompson, Suárez se regiría por este principio fundamental que determinaría de ahí en adelante las relaciones de Colombia con Estados Unidos. Durante casi veinte años, desde la declaración de independencia panameña hasta la ratificación final del Tratado, lo que se da es un tejemaneje de los capitales norteamericanos por apoderarse del mercado nacional y de la oligarquía gobernante por entregárselo. Es allí donde reside la explicación del desespero de ambos por resolver el impasse de Panamá. La Conferencia Financiera Panamericana celebrada en 1915 no representa sino una de las muchas demostraciones de los capitales norteamericanos por acceder cuanto antes a la economía colombiana. El petróleo con la Standard Oil y otras empresas multinacionales americanas; el banano con la United Fuit Company; y el café con una serie de firmas exportadoras estadounidenses, constituyen la mayor coacción económica sobre ambos gobiernos para definir el conflicto entre las dos naciones. Una de las mayores presiones que determinaron que el acuerdo se finiquitara fue la importación de capital del primer banco americano constituido en Colombia, el Banco Mercantil Americano, bajo la gerencia de Alfonso López Pumarejo, futuro presidente de la República (1934-1938; 1942-1945) que en un año importaría un monto superior a los 25 millones de dólares de la indemnización.

El Tratado Urrutia-Thompson no fue ratificado por Estados Unidos sino en abril de 1921 con una serie de modificaciones, pero en Colombia se demoró hasta diciembre del mismo año. Suárez, en una especie de ingenuidad política, se había enfrentado a Estados Unidos, contra todos sus principios estratégicos, al haber decretado la propiedad inalienable de la nación sobre el subsuelo. Estaba en juego el petróleo para las multinacionales. Al mismo tiempo se había enredado en operaciones personales con el Banco Mercantil Americano, para que le descontaran en forma de libranzas su sueldo y sus gastos de representación. En el Congreso todos sus contrincantes lo sometieron a un feroz juicio de responsabilidades. Tuvo que renunciar, no sin que antes se declarara inconstitucional para beneficio de las petroleras el decreto de propiedad del subsuelo y él aceptara que en efecto se había envuelto en operaciones con el banco extranjero. Lo reemplazaría hasta la elección de Pedro Nel Ospina, Jorge Holguín, aquel que había huido de Washington para Europa una vez fracasaron las inconsecuentes negociaciones de su comisión con Rafael Reyes y el mismo Ospina sobre la devolución de Panamá a Colombia entre noviembre de 1903 y marzo de 1904.

Colombia había sido despojada de Panamá y había quedado atrapada entre el poder de un imperialismo en ascenso y la iniquidad de su oligarquía gobernante. Recibió los 25 millones de dólares de indemnización y, a continuación, se desató una corrupción rampante que terminaría por dar al traste con la llamada hegemonía conservadora de la Regeneración a 1930. Y sobrevendría la primera fiebre de endeudamiento externo en aquel entonces de bonos de la Bolsa de Nueva York que llevarían a la declaración de la moratoria de 1929 y al conflicto con los tenedores de bonos colombianos. Esa sería la primera modernización por endeudamiento externo de nuestra historia moderna, soñada por Reyes, añorada por Suárez, pero operada por Pedro Nel Ospina. Todavía estamos en lo mismo, sufriendo la crisis de la deuda externa que hoy nos agobia y nos condena a la dominación norteamericana.

Bibliografía mínima: Alfonso López Michelsen, “La cuestión del Canal desde la secesión de Panamá hasta el tratado de Montería,” en Nueva historia de Colombia, 1886-1946, editorial Planeta; José Fernando Ocampo T., Colombia siglo XX. Estudio histórico y antología política, Tercer Mundo; Germán Colmenares, Ricardo Rendón. Una fuente para la historia de la opinión pública, Fondo Cultural Cafetero; Jorge Villegas y José Yunis, Sucesos colombianos 1900-1924; Rafael Uribe Uribe, Por la América del Sur, de la colección Biblioteca de la Presidencia de la República, t. I, 1955)
Gentileza de MOIR y Deslinde.
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