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ARGENTINA

El A.R.I. en liquidación: una instancia necesaria para la refundación del progresismo

El fascismo es la forma más salvaje y abominable del imperialismo. León Trostski.

Es tiempo de debate, de articulación, de convergencia y de construcción. A ello me voy a sumar, con nuevos y viejos compañeros de ruta. Fernando Melillo. Legislador por La ciudad. Renunciante al A.R.I.

Por Raúl Isman (*) / Correo

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 03/08/06.- En la siguiente nota se realizará un análisis lo más desapasionado posible de la crisis en curso en el A.R.I.; aún aceptando las limitaciones de tal propósito. Tales limitaciones se deben a que es harto complejo tomar desapasionada distancia del peso (político) de la Alternativa para una República de Iguales (A.R.I.). La crisis insoslayable que se observa en la fuerza de marras obedece centralmente- más allá de los desvaríos de la mencionada dirigente- a ciertas cuestiones objetivas: en especial al hecho que el gobierno nacional ocupa el único espacio progresista de izquierda democrática posible, de modo que colocarse en la oposición al mismo, obliga a quienes lo hacen a desplazarse infatigablemente hacia la derecha, más allá de sus intenciones primitivas.

Tal como fue oportunamente predicho, la hecatombe se acerca, pero no en el sentido profetizado por la inefable fundadora. En realidad no se trata ni de partos apocalípticos precedidos de tremendas tormentas diluviales, sino de la implosión de una fuerza política, que si bien en sus comienzos tuvo actitudes y posiciones promisorias, desde hace al menos tres años extravió por completo el rumbo. Los medios lo reflejaron casi hasta el hartazgo: de las peleas públicas entre diputadas (nada menos que por limitar la perniciosa influencia de la iglesia católica en temas que hacen a la libertad personal), hasta la renuncia del legislador por la ciudad Fernando Melillo; desde el público apoyo a la destitución de Ibarra al coqueteo de Carrió con enemigos del pueblo del tipo de Mauricio Macri o Ricardo Lopez Murphi, para culminar en tiempos inmediatamente recientes con el alejamiento de la máxima dirigente de la toma de decisiones. Se mire por donde se mire, los signos de la crisis del A.R.I. son inocultables. Dan cuenta de ello la magnitud de los dirigentes que se apartaron oportunamente de esta fuerza: Graciela Ocaña, Marcela Bordenave, entre otras figuras.

Un defecto atávico del partido es una fuerte desconexión orgánica con los movimientos sociales y la propia sociedad civil. De hecho heredó el modo de construir típico del F.R.E.P.A.S.O., es decir, el acuerdo de dirigentes y de cúpulas que no dan cuenta de sus actos. No es un método en si mismo despreciable, pero presenta dificultades y limitaciones inobjetables: la conducción se aleja de la percepción de los representados, entre otras. En tiempos de la campaña presidencial del 2003 se produjo la ruptura con los socialistas, demostrando desconocimiento supino de como acumular fuerzas, ya que el Partido Socialista era una fuerza que casi por naturaleza debía integrar una propuesta al electorado que se (auto) definía como la expresión más consecuente del progresisimo. Pero el mejor ejemplo es el papel asumido frente a la destitución de Ibarra, en que Carrió recién hizo saber su posición ya producido y a contrapelo de la mayor parte de la población de la ciudad (y de importantes sectores de su partido). Cuando se incorporó el Delaruista Enrique Olivera, la medida fue tomada sin participación de ningún referente de la organización. La dirección debió aceptar la movida como hecho consumado y los desacuerdos fueron acallados. La democracia interna, bien gracias.

Por otra parte, sea para una fuerza progresista- hemisferio en el que antaño era situado el A.R.I.- como para un partido cuya función sea realizar una revolución social radical el imperativo es partir de un diagnóstico lo más certero posible de la realidad. En este sentido el A.R.I. extravió el rumbo al no soportar la situación producida a partir de que el gobierno de Nestor Kirchner realizó por vía práctica gran parte de sus objetivos programáticos. El escenario se halla de hecho polarizado entre el proyecto del ejecutivo, de un lado; y, por el otro, los grandes beneficiarios de la disolución nacional operada en los '90. Tal es así que desde que asumió el presidente debe enfrentar la oposición del poder económico (la derecha), más sus corifeos de la iglesia, los grandes medios de comunicación y otras instituciones. De un lado esta el gobierno, en un proyecto que con más o menos audacia y celeridad favorece al pueblo. Desde diversos sectores políticos, intelectuales populares, referentes diversos y agrupaciones sociales se señalan los límites e inconsecuencias de la construcción gubernamental. Muchos de esos señalamientos son validos y merecen compartirse. Lo que omiten decir es cual es la fuerza que garantiza realizar el conjunto de las reivindicaciones del pueblo. Para decirlo más fácil, no hay duda que el socialismo es un sistema más deseable que el capitalismo nacional del proyecto oficial. Pero se trata de algo más que invocar la revolución proletaria como solución a todos los males, hay que construir fuerza social y política hacia tal transformación.

Mientras tanto, la conducción de Carrió situó al A.R.I. casi invariablemente del lado de la reacción. Pruebas al canto. La política de derechos humanos del gobierno- que ha merecido el apoyo de varios organismos defensores de los mencionados derechos- ha sido catalogada por la máxima dirigente como expresión del revanchismo y el resentimiento. ¿Es necesario realizar algún comentario? En ocasión del cierre de exportaciones de carne, decidida por el ejecutivo para favorecer al pueblo consumidor y en detrimento de la oligarquía vacuna, según Clarín del 28-06-06, en un encuentro de ruralistas Carrió dijo que el Gobierno ordenó cerrar las exportaciones cárnicas debido a "su resentimiento político y su fascismo". Con lo cual se ubicó del lado de los terratenientes- que pretenden que un bife valga el mismo precio en París o en La Matanza- y contra el pueblo. No hay otro modo de realizar las necesidades del pueblo que recrear un estado con capacidad de intervención en la economía y los ganaderos se sienten muy a gusto con alguien que llama fascista a un gobierno capaz de limitar las atribuciones del mercado para fijar los precios de los consumos populares. Además, para ellos es música celestial en sus oídos cuando Carrió afirma desconocer la propia existencia misma de la oligarquía, como si quienes denuncian las maniobras de los latifundistas fueren marcianos que habitan un país ya inexistente.

Pero sin dudas lo peor es la descabellada caracterización del gobierno como fascista, a contramano del sentido común, de la historia y de la teoría social. Los medios de comunicación nos mostraban a Carrió describiendo la situación actual con pinceladas más aptas para mencionar a la dictadura (1976-1983): la gente habla en vos baja, tiene miedo, no hay libertad de expresión, recitaba la apocalíptica vocera frente a un Joaquín Morales Solá sumamente complacido. Interiormente, el periodista- que cimentó gran parte de su trayectoria como expresión de los intereses del poder económico- se felicitaba porque la existencia de progresistas tan extraviados aliviaba su trabajo. Llegó inclusive a comparar al presidente, nada menos que con Hitler. En un reportaje que le formularon en el matutino Página 12 del 16 de julio de 2006 afirma que la única diferencia entre el patagónico y el fracasado pintor austriaco devenido Fuhrer de un imperio de nefasto recuerdo es la existencia de los campos de concentración. La falta de libertad de expresión, cooptación de organizaciones, compra de dirigentes, el miedo de la sociedad, el uso del espionaje. Hay grados, pero siempre es fascismo.

Resulta una afrenta a la memoria de los combatientes que dieron su vida contra la barbarie nazi, la sola mención de puntos de contacto entre una situación y la otra. Puede decirse, que la intención de Carrió es puramente perlocutoria, es decir, gestar hechos desde el lenguaje. No por ello resulta menos denigrante la comparación para el recuerdo de los torturados por la GESTAPO, los millones de deportados, los civiles asesinados cuando los nazis arrasaban una aldea en represalia por alguna acción resistente y otras tropelías de un régimen infamante. ¿Ocurre algo remotamente similar en la Argentina contemporánea? Pero aceptemos por un momento que la doctora Carrió tenga razón. ¿Cuál es el grado de compromiso asumido por su fuerza frente a gobierno tan opresor? ¿Llaman a la resistencia civil? ¿Se organizan en la clandestinidad? ¿Denuncian las tropelías de las fuerzas oficialistas ante los organismos mundiales de derechos humanos? No, se recluyen en un congreso público y siguen reuniéndose en la fundación Hanna Arendt, sitio casi equidistante entre el Congreso Nacional y el Bunker del Fhurer de Río Gallegos, por lo cual ya debería haber sido descubierto por las S.S. de Kirchner.

Con relación a semejante (demencial) denuncia, la dirección residual del A.R.I., transcurridos casi veinte días nada ha dicho. Tal vez la ausencia de psiquiatras en ella la inhiba para pronunciarse desde el punto de vista de las ciencias médicas aplicadas a la locura. Pero desde un ángulo netamente político, si los dichos carrioistas son veraces, hay que organizar la resistencia. Y si no, decir con todas las letras, las afirmaciones de la doctora son un gigantesco embuste. La palabra en política ha sido profundamente devaluada, de modo que para merecer el lugar del contrato moral, hay que comenzar por omitir los enunciados que no se pueden sostener desde el punto de vista práctico, político e histórico. Y no se pueden sostener no porque del otro lado impere el autoritarismo y la represión, sino por las miserias de las posiciones propias.

Para no fatigar aún mas al lector, cerraremos esta nota con una somera comparación entre el verdadero fascismo y la realidad nacional actual. Dice el sociólogo argentino Atilio Borón que el Fascismo, forma excepcional del estado capitalista, se originó en la grave crisis económica, social, política e ideológica que afectó a los países europeos en los años que siguieron a la primera guerra mundial… el estado fascista se edificó sobre los escombros de una frustrada ofensiva revolucionaria de la clase obrera y sobre los hombros de una masiva movilización de la pequeña burguesía, que arruinada por la creciente concentración y monopolización de la economía capitalista, se constituyo en arrolladora fuerza social... instrumentado por una burguesía monopólica, para quien el estado liberal se interponía como un serio obstáculo en su proceso de acumulación. (Extraído del libro Estado, capitalismo y democracia en América latina).

La cita, tal vez, peque por demasiado extensa, pero no de falta de contenido. Dejemos de lado las cuestiones de ubicación espacial (países centrales europeos) y temporales (primera posguerra), para ceñirnos a la dinámica de las clases sociales. El fascismo instrumenta la hiperactividad pequeño burguesa contra la movilización revolucionaria de la clase obrera, instancia esta última que sólo existe en la imaginación afiebrada de ciertos partidos de izquierda. Pero la citada instrumentación- en la opinión de nuestro autor y también de gigantes del pensamiento como Trotski y Gramsci- consiste nada menos que en aplastar militarmente toda reivindicación de la clase obrera. ¿Ocurre así en la Argentina? Cualquier observador serio aventuraría una respuesta negativa. Además, ni la clase obrera está en proceso revolucionario alguno y los únicos sitios a los que se movilizan masivamente las clases medias son shopimgs, supermercados, restaurantes, cines, teatros, lugares turísticos (no se trata de contingentes arruinados, como en el fascismo) y marchas blumberistas por la seguridad. Los ecos del 2001-2002 han pasado, al menos por un cierto tiempo.

Borón señala también otras características, el militarismo propio de los fascismos, por ejemplo. Para responder si el actual gobierno es promilitarista, es necesario concurrir a una tertulia de militares, quienes gustosos responderán la cuestión. No hablemos de la sistemática persecución de los judíos, gitanos, homosexuales y otras fracciones estigmatizadas por fascistas y nazis. ¿Alguien imagina a un connotado gay en un cargo preponderante en Alemania o Italia durante esas épocas aciagas? Resulta redundante seguir argumentando acerca del carácter irremediablemente disparatado de la definición del A.R.I. acerca de la situación actual de nuestra sociedad. En una nota escrita en ocasión de la destitución de Ibarra decíamos: Los sectores progresistas cavilan los pasos a seguir para evitar que la reacción neoliberal logre sus objetivos. Y para ello será necesario que el A.R.I. se desintegre, no por represión ninguna; sino por efecto de la soberbia y ceguera de Elisa Carrió, que conduce a la porción del electorado influenciado por ella a una derrota sin perspectivas. Como diría un rockero, el futuro (ya) está aquí. Los adherentes al A.R.I. tienen un papel que cumplir en la reconstitución del espacio progresista. Los errores cometidos en los últimos años agotaron el margen lógico para nuevas equivocaciones. El precio a pagar puede ser desastroso: que Macri gobierne la ciudad.

(*) Miembro del Consejo de Redacción de la Revista Desafíos
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