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REFLEXIONES ANTE LOS COMICIOS DEL 23-10-05

Un presidente argentino en 2007 (Nota 1)

En homenaje a Juan Domingo Perón, creador y conductor del último movimiento nacional y popular de la Argentina, al cumplirse 110 años de su nacimiento.
Por Juan Gabriel Labaké E-mail

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 13/10/05.- A menos de dos semanas de las elecciones parlamentarias del 23 de octubre, y en vista de la oferta de candidatos existente, la tarea más importante para el país y, especialmente, para el peronismo es ver cómo podemos lograr que, en 2007, termine la racha de opciones por el mal menor, y podamos elegir un presidente verdaderamente argentino. Argentino, no sólo porque haya nacido acá, sino por ser un hombre cabal, de palabra, decente, capaz, respetuoso de nuestra escala de valores espirituales y culturales y de nuestra identidad nacional, sensible ante los anhelos y necesidades de nuestro pueblo, que comprenda los desafíos de la hora actual en este mundo multipolar y globalizado, y esté dispuesto a afrontar la aventura de sacarnos de la decadencia que soportamos desde hace años.

Los resultados del 23 de octubre ya no dependen de nosotros, y apenas si nos interesan. Ésa será una nueva falsa opción de esta serie interminable que sufrimos al menos desde que retornó la democracia en 1983 y en la que siempre debimos votar por el que aparecía como el mal menor. En 2007 debe terminar la mala racha.

Con el peronismo y algo más

El peronismo no es todo el país, ni mucho menos, pero, por distintas razones que no viene al caso analizar, en los últimos tiempos (en realidad, desde 1945) a la Argentina no se la puede gobernar contra él, ni siquiera sin él,  y hasta podríamos afirmar que el Partido Justicialista (no sólo el peronismo como movimiento amplio) es el único grupo o partido político que ha quedado con capacidad para ejercer el gobierno. Con todas sus lacras, que últimamente son muchas y graves, el PJ es hoy insustituible, y lo será en el futuro previsible, si se trata de rearmar un gran movimiento nacional que encare la tarea urgente del siglo XXI: darnos un proyecto nacional común a todos los argentinos de bien, y llevarlo al éxito en este mar proceloso del mundo actual.

La realidad (que sigue siendo la única verdad) indica, pues, que la batalla para el 2007 hay que darla por dentro del PJ, comenzarla por él.

Si el peronismo no es todo el país numéricamente hablando, menos lo es en cuanto a sus legítimas elites, a los hombres y mujeres capaces, honestos, leales a su patria y a su pueblo, y dispuestos a devolver a la Argentina un proyecto nacional común, un porvenir deseable y esperanzador y un lugar digno en el nuevo mundo que avanza a pasos acelerados.

Las gruesas fallas internas del Partido Justicialista, la corrupción, la claudicación, el sectarismo, la ausencia de capacitación y de seriedad, el juego sucio, la insensibilidad social, la falta de sentido nacional, y la  liviandad y superficialidad con que se movieron sus dirigentes y gobernantes más de una vez en estos 20 y tantos años, alejaron a muchos de los mejores talentos nacionales, y atrajeron a los oportunistas e inescrupulosos que siempre pululan alrededor de un partido político.

Quien conozca de cerca, o mejor aún, desde adentro al Partido Justicialista sabrá que, en general, ésa es la cruda realidad. También sabrá que no todo es así. Dentro del peronismo, y aún en las filas del PJ, hay muchos argentinos de bien que soportan esa situación sin poder hacer nada efectivo por impedirla, y que esperan la oportunidad para actuar, no como mártires, pero sí como verdaderos héroes, afrontando la adversidad.

Todo ello conforma la realidad desde la cual hay que partir para lograr un presidente argentino en 2007. La primera acción debe apuntar hacia el interior del peronismo y del PJ, sin olvidar que “extramuros” existe una riqueza humana y conceptual muy importante e ineludible.

Estamos como en 1972: nos hace falta renovar a fondo al PJ, para lograr un nuevo y actualizado FREJULI.

El conformismo y sus resultados

En 1976 nos conformamos con (y hasta festejamos) el golpe militar que derrocó al gobierno constitucional, y terminamos en el genocidio.

En 1976 también aplaudimos el neoliberalismo de un ministro de Economía socio del extranjero, y terminamos endeudados de por vida y con la industria argentina destrozada.

En 1983 nos conformaron asegurando que con sólo la democracia formal se come, se educa y se cura, y terminamos en la hiperinflación, la casa en orden y la renuncia anticipada.

En 1989 nos pareció gracioso un presidente trasgresor, que hizo suya la Ferrari Testarrosa y “se mandó” a 220 km por hora a Mar del Plata, y terminamos en la megacorrupción oficializada y el contrabando  de armas más bochornoso imaginable.

En 1991 recibimos alborozados las privatizaciones masivas, y terminamos asaltados por las corporaciones extranjeras (y algunas nativas) monopólicas.

En 1995 nos conformamos con el voto cuota, y desembocamos en la mayor recesión y desempleo  de nuestra historia, y una deuda ya monstruosa.

En 1999 nos conformamos con una alianza de aprendices verborrágicos y diletantes, y terminamos en las coimas del Senado, el corralito y una segunda renuncia anticipada.

Desde 2003 nos conformamos con un par de desplantes por los derechos humanos, una actitud retórica contra los acreedores y las privatizadas, y el aumento del PBI en los sectores de alto poder adquisitivo, y terminamos aceptando una grosera mentira  del presidente (entre muchas otras) sobre la “mágica” desaparición de unos 600 millones de dólares de entre sus hábiles y rápidas manos, la mayor inequidad social de nuestra historia (porque aumenta la riqueza y también su concentración en pocas manos, mayoritariamente extranjeras), los cotidianos papelones internacionales y la permanente promoción de la división  y el odio entre los argentinos.

A todo ello nos condujo el conformismo. En 2007 debe terminar.

¿Por qué cambiar?

Es cierto que no estamos en el infierno. Tampoco en un lecho de rosas. Quizás hemos entrado al limbo de los pueblos apaciblemente anestesiados y paralizados por la inconciencia de su extravío.

Los argentinos, luego de una larga decadencia nacional, estamos cómodamente anclados en la meseta de la mediocridad y el conformismo que castran y adormecen. Resignadamente felices de vegetar en un país donde todo vale y todo se permite, aferrados ciega y visceralmente a lo  poco que nos ha quedado luego del vendaval. No hay porvenir, ni sueños, ni grandes esperanzas. Sólo la falsa alegría de estar hoy igual que ayer, y no peor (aunque quizás estemos mejor que mañana), y el engañador alivio de haber frenado la caída al final del precipicio. Hoy descansamos, conformes, en el fondo del pozo, dichosos de no seguir cayendo.

Nuestra enfermedad no es un mal agudo, de involución rápida hacia la muerte, sino una patología crónica, tediosa, adormecedora, que nos carcome de a poco y nos detiene en el tiempo como a las momias.

Una parálisis castradora y mistificadora, que transforma nuestra decadencia en costumbre; nuestros ideales, en mercadería negociable; nuestros principios, en material ilimitadamente elástico; nuestra cultura, en chabacanería mediática; nuestro poder económico, en el regateo cotidiano de la renegociación de una deuda tramposa y eterna, aceptada con ligereza y por comodidad; nuestra inteligencia, en picardía; nuestra moral,  en cálculo interesado; nuestra justicia social, en la limosna degradante de un Plan de Jefes de Hogar; la educación y la salud, en privilegio para ricos y añoranza para pobres; y nuestro destino nacional,  en un vago recuerdo de viejos utópicos.

A este paso, el final no será el infarto agudo, sino la muerte por aburrimiento, porque la condena para los  conformistas es morir sin gloria, secándose y encogiéndose poco a poco por no haber vivido con grandeza y dignidad.

Debido a que no fuimos lo que debimos ser, hemos llegado inconscientemente a no ser nada, o casi nada, y a estar conforme  con  ello.

Los argentinos no necesitamos inventar, ni copiar del exterior, sino reconquistar. Debemos reconquistar la esperaza en un porvenir promisorio, la vocación de grandeza, la decencia, la seriedad, la moral, la dignidad, el poder nacional, la economía, la justicia social, la fe en la Argentina para construir su futuro, y los sueños.

Todavía es posible.

A eso apunta el esfuerzo por lograr un presidente argentino en 2007.

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