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LABORAL: Historia de los trabajadores huéspedes

Por José de la Isla (*)

Rebanadas de Realidad - La Opinión, Houston, 18/02/07.- Es asombroso lo poco que aprendemos de los eventos más cercanos a nosotros. Veamos, por ejemplo, cómo entramos en esta situación sobre los trabajadores huéspedes y cómo el liderazgo hace caso omiso de lo obvio.

Hace un siglo, trabajadores mexicanos cruzaron la prácticamente desconocida frontera para trabajar en la agricultura y las ferroviarias de este país. En aquel entonces, como hoy, teníamos escasez de mano de obra. En aquel entonces, como hoy, algunas empresas estadounidenses realizaban comercio por tierra al sur de la frontera.

Se creó el Servicio de Inmigración y Naturalización en 1924 - para detener la entrada de chinos - añadiría yo. La historia y la tradición del movimiento transfronterizo estadounidense-mexicano ya estaban bien establecidas. El ir y venir fluía merced de las fuerzas del mercado.

En el momento de la Gran Depresión y la década de los treinta, se "repatrió" a no se sabe cuántos, decenas, hasta cientos de miles de mexicanos con y sin documentación. Entonces, como ahora, muchas familias quedaron divididas.

La racionalización de tales acciones inhumanas era similar a la de hoy. Aquellas personas, se decía, quitaban empleo y constituían una carga sobre la cantidad de asistencia disponible para los desempleados. La política impuesta por las autoridades era simplemente botarlos.

No se observaba cortesías en ese tiempo. Todas las personas de ascendencia mexicana, incluyendo a los que tenían documentos, se pintaban con la misma brocha, dejándolos más marginalizados, con lo cual el público suponía que todos eran menos que enteramente ciudadanos. Esta imagen se explotó políticamente al denegarles los derechos civiles y del voto. He ahí, otro capítulo de esta infame historia.

Entonces llegó la segunda guerra mundial. México les declaró la guerra a las fuerzas del Eje. Algunas de sus propias naves las hundió Alemania en el Golfo. Se animó a los ciudadanos mexicanos a alistarse en las fuerzas militares de los Estados Unidos. Nuestro amistoso vecino mandó el escuadrón aéreo de expedición 201 a pelear con el general Douglas MacArthur. México ayudó a vigilar la costa del Pacífico y mandó mano de obra a los cultivos estadounidenses.

El programa campesino llamado Bracero, de 1942, suministró mano de obra mexicana a cultivos y ferroviarias durante los años de guerra. Se descontinuó finalmente, en los 1960. Ya las fuerzas del mercado no podían regular cuántos trabajadores mexicanos podían entrar en los Estados Unidos, porque había que asegurar las fronteras y proteger a la gente de potenciales perturbadores y quinta columnistas del movimiento laboral.

¿Suena conocido?

Hasta más importante fue el hecho que el gobierno mexicano tuviera que aceptar que tenía tantos trabajadores dispuestos a salir del país porque sus políticas de desarrollo económico habían fracasado. "Sin embargo, la nación requería dólares para equilibrar sus presiones de población y crear nuevos empleos", escribió Leon C. Metz en su libro, Border: The U.S.-Mexico Line.

Bueno, pues ahora han pasado 43 años desde que terminó el último programa de "trabajadores huéspedes" en 1964. El tema de hoy tendría que ser, ¿por qué no se resolvió hace ya mucho tiempo el problema de exceso de mano de obra?

A través de los años, se destruyó y se reconstruyó a Europa y al Japón con nuestra visión y nuestros dólares. Se convirtieron en democracias modelo. La Unión Europea halló cómo formar un mercado común. Al "armonizar", no se permitía que ninguna nación miembro se quede en el subdesarrollo. Hoy, Irlanda y los países del Mediterráneo (atrasados antes) son potencias económicas.

Mientras tanto, la última vez que los Estados Unidos tuvo la oportunidad de ayudar a México a corregir su problema de exceso de mano de obra fue mediante el Tratado de Libre Comercio Norteamericano (NAFTA). No obstante, en 1993 se retiró de la mesa de negociaciones específicamente los problemas de mano de obra.

Vergonzosamente, los líderes participantes de la creación de NAFTA se empeñaron en decirle al público que el tratado resolvería el problema de inmigración entre México y los Estados Unidos.

El 11 de febrero, Janet Murguía, presidenta del Concejo Nacional de La Raza, escribió en el diario The Washington Post que el problema de los trabajadores invitados, como parte de la reforma migratoria no se resolverá "a menos que hagamos lo que anteriores reformas no hicieron". Pero optó por no remontarse al pasado.

George Santayana famosamente advirtió, "Aquellos quienes no pueden recordar el pasado están condenados a repetirlo". El problema no es uno del que puede hacer caso omiso la clase política. Y no es suficiente que los dirigentes hispanos vitoreen simplemente al anteriormente promulgado proyecto de ley del Senado como "un comienzo fuerte".

En realidad, ¿no es hora ya que empecemos a ver el desenlace, como por ejemplo, una nueva ronda de conversaciones y acuerdos sobre los derechos norteamericanos del movimiento transfronterizo, metas para alcanzar un nuevo nivel de vida mediante igualdad salarial, educación, inversión y transferencia de tecnología norteamericanos?

A menos que así se perciba, el programa de trabajadores huéspedes invitados es tan sólo otro juego vacuo.

(*) Autor de "The Rise of Hispanic Political Power" (Archer Books, 2003). joseisla3@yahoo.com © Hispanic Link News Service, 2007
Gentileza del diario La Opinión.
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