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El problema de los medios de comunicación masiva (Parte III)

Por Ricardo Vicente López (*)

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Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca-Argentina, 10/10/07.- Los medios de comunicación son, a no dudar, el fenómeno más importante del siglo XX, pero su mayor peso en la opinión pública mundial se hace sentir a partir de la década de los ochenta. Por tal razón he venido siguiendo el problema en notas anteriores. Veamos una síntesis de esta interesante historia que podría terminar bajo este título: Las consecuencias de la aparición de la comunicación masiva. Podemos leer en George Gerbner, cuyas investigaciones son del año 1973, y éste es un dato relevante porque todavía no se había producido el gran salto de la década posterior. Este autor llega a hacer una afirmación que permite entender mejor a Lippmann, que ya vimos, y a la importancia que éste detectó tan tempranamente sobre la capacidad de crear opinión que el medio gráfico tenía ya en la década del veinte. Gerbner sostiene:

"La verdadera significación revolucionaria de las comunicaciones modernas de masa es su capacidad para "construir un público". Esto significa la capacidad de formar bases históricamente nuevas para el pensamiento y la acción colectiva en forma rápida y penetrante a través de los anteriores límites, ... el enfoque institucionalizado de las comunicaciones de masa presenta a los medios de masa como creadores de sistemas de mensajes producidos y transmitidos tecnológicamente, como nuevas formas de aculturación pública institucionalizada, y como los transmisores comunes más importantes de la interacción social y de la formación de la política pública en las sociedades contemporáneas".

Ruego detenerse en la afirmación sobre la "capacidad para construir público". Vuelve sobre la idea de que público no es la presencia o asociación espontánea de gente que participa de una forma de comunicación, es una creación del medio, cada medio construye su propio público. No significa esto que la mente de esas personas que pasan a formar parte de ese público estén en blanco y sea el medio el que las moldea. Debe entenderse como el resultado de un modo de informar, es decir, como un modo de presentar la información a partir de un recorte previo que de ella se hace. El modo de recortar pinta de un color el todo informado. Este "recorte" es necesario y es imposible prescindir de él, dado que no se podría nunca transmitir la totalidad de los detalles de cualquier hecho público, sería, además, insoportablemente pesado y aburrido. Se presenta como necesaria una selección de todos esos datos para sintetizar los realmente relevantes.

Bien, aparece aquí el comienzo del problema: ¿quién define lo importante y lo secundario? ¿Con qué criterios se lo hace? Suponiendo una gran ingenuidad de este informador ¿no se filtran, muchas veces sin saberlo, pre-juicios, ideologías, sesgos religiosos, políticos, ignorancias, en esa selección? Esto nos permite comprender que toda selección responde a criterios previos, por lo tanto la tan argumentada objetividad de la información no es más que una falacia. Tal objetividad no es humanamente posible en el ámbito de la información. De aquí se desprende que la mayor honestidad debería consistir en expresar, dentro de lo que sea posible, que la información fue recogida y analizada por alguien que piensa de una determinada manera. Por ello, el periodismo en sus orígenes era un periodismo de opinión. Se sabía que la información correspondía al partido tal, a la iglesia X, al grupo de opinión Z, etc. O que quien escribía era de ideas definidas que no se ocultaban.

La aparición del periodismo "profesional" dio la sensación, porque así se transmitió, que hacía su tarea sin responder a ningún interés previo, de allí la defensa de la "objetividad". Ese periodismo "profesional" fue la consecuencia de la comercialización de la información, de la aparición de "organizaciones para la producción y distribución de la información" como señala Gerbner.

(*) Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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