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La universidad: historia y problema (Parte VIII)

Por Ricardo Vicente López (*)

Artículos de Ricardo Vicente López editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca-Argentina, 10/12/07.- Muchas cosas de aquella universidad deberían ser repensadas seriamente, con la mirada puesta en una universidad para el siglo XXI. La universidad de la Ilustración marcó profundamente las diferencias entre los claustros y se alejó de la participación popular. Se convirtió en una institución para una élite. El debate entre alumnos y profesores desapareció. Ya no se podrá encontrar, como en siglos anteriores, las aulas llenas de estudiantes pobres. Los hijos de los nobles y de los burgueses pudientes no se acercan a las aulas universitarias hasta que adquiere prestigio social en el siglo XVIII. En la universidad medieval la enorme mayoría de los estudiantes son de origen modesto, humilde, por lo general becarios (al decir pobres se está haciendo referencia al sector social pobre de las comunas aldeanas y de las ciudades, esto excluye al campesinado que en su casi totalidad era analfabeto).

También los profesores son pobres, sólo excepcionalmente se puede ver a algún noble con preocupaciones intelectuales. La queja que Eloísa hace a Abelardo (1079 - 1142) se basa en que un intelectual, profesor de la Universidad de París, no puede mantener un hogar con sus ingresos. Esto pone de manifiesto la poca consideración social que tiene el estudio para las clases altas, ocupadas en las conquistas, la política y el comercio. Esta particularidad de la universidad medieval, de estar poblada por las clases pobres, condiciona el tipo de cuestiones que este sector social se plantea y los modos de responderse. El servicio a la comunidad y la tónica ética que el saber ostenta, debe ser retenido para cuando nos metamos en la última parte de este trabajo.

Es significativo también, para nuestra posterior reflexión sobre una universidad para el siglo XXI, que a partir del encerramiento de la universidad dependiente de la Iglesia jerárquica, en la defensa del aristotelismo, que tuvo como cuestión fundamental la jerarquía eclesiástica durante el siglo XVII, gran parte de lo mejor y más rico de la producción intelectual se generó fuera de ese ámbito. Así hombres de la talla de Descartes, Malebranche, Spinoza, Leibniz, Pascal, Locke, Berkeley, Hume, Voltaire, d'Alembert, Rousseau... pensaron y escribieron en sus gabinetes aislados y al margen de la enseñanza. Recién a partir de fines del siglo XVIII con Kant, Fichte, Schelling, Hegel, para nombrar sólo filósofos, vuelve a resonar en las aulas el pensamiento de los grandes. El esclerosamiento de la universidad expulsó a los mejores hombres de una época. Corremos el riesgo, en nuestras tierras, de que ocurra algo similar. Hoy los creadores del pensar latinoamericano sólo excepcionalmente están en las cátedras. Por ello esos temas aparecen como excentricidades dentro de las aulas.

Antes de pasar a la consideración de la universidad moderna cabe alguna reflexión sobre el concepto de universidad. Deteniéndonos en su etimología, sin quedar presos de ella, podemos aventurar lo que contiene el vocablo. Puede estar haciendo referencia a universo del latín universum, versus-unum, que se contrapone (versus) a lo uno o que va hacia lo uno. Siempre implicaría una relación con la unidad pensada como totalidad. De aquí, entonces, podría pensarse la relación entre universidad y universalidad. También puede ser pensado, y así algunos autores lo sostienen, que deriva de uni-verso, una-versión, lo que nos remitiría a las reflexiones que hizo Heidegger en sus Holzwege (1950) respecto de la concepción del universo, en la que el hombre se ha hecho una imagen del mundo. Aquí se separaría el mundo greco-latino y el medieval del mundo del Renacimiento, en este último el hombre habría ordenado el universo a su "imagen y semejanza".

(*) Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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