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OPINIÓN - ARGENTINA

Me enseñaron todo mal (Parte II)

Por Ricardo Vicente López, Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca, 01/04/10.- Es necesario pensar, entonces, la especial dificultad que se nos cruza en el camino y que es la razón principal de este trabajo. Debemos analizar la constitución de esa Europa moderna, de la que somos parte constitutiva desde el principio, parte periférica pero parte sin ninguna duda. Esto nos coloca en la situación de criticar la cultura de nuestra madre espiritual. Conlleva un problema serio que no podemos soslayar. Afirma el filósofo argentino, investigador de la Universidad Autónoma de México, Enrique Dussel: "La Modernidad es una emancipación, una "salida" de la inmadurez por un esfuerzo de la razón como proceso crítico, que abre a la humanidad a un nuevo desarrollo del ser humano". La historia de los veinte siglos anteriores de Occidente, tomando como punto de referencia la Grecia clásica, presenta continuidades y discontinuidades, pero todas ellas dentro de una línea que permite apreciar una unidad histórica del proceso.

La modernidad presenta un enorme salto, no repentino, que contiene una ruptura con el legado anterior. No significa ello que haya descartado el bagaje de ese pasado, sino que lo fue reelaborando de modo tal que hacia el siglo XVIII no era fácil reconocer este resultado ligado a los elementos anteriores. El iluminismo realizó una gran empresa cuyo objetivo fue despegarse de ese pasado. Sin embargo, todo ello se conservaba pero en una síntesis que implicaba una novedad sorprendente. El Renacimiento auguraba la etapa humanista que encarnaría el occidente moderno, pero el curso que tomó fue desviándose, de a poco, de ese camino. El despertar respecto del valor de la persona individual, paso trascendental para la constitución del sujeto moderno, el hombre burgués, degeneró en un individualismo fratricida. La lucha por el tener, que fue evolucionando lentamente, adquirió patente de virtud en los últimos tiempos y los triunfadores en la carrera del poseer poder y dinero se fueron convirtiendo en los prohombres de la cultura que se desplegaba sobre el planeta. Apareció, entonces, el conquistador moderno. Esto nos permite comprender como se fue aposentando en la conciencia de los europeos una certeza de superioridad respecto del mundo circundante, lo cual le otorgaba el derecho a colonizar a los pueblos periféricos bajo el pretexto de la civilización.

Muchos de los descubrimientos e inventos que otros pueblos realizaron fueron potenciados por Europa y puestos al servicio del proyecto que iba incubando. Parte de ello veremos más adelante. Como ejemplo, la pólvora, que los chinos inventaron y utilizaron para sus armas de fuego, los europeos las desarrollaron siglos después. Tal vez, sea esto un ejemplo puntual pero altamente significativo de las diferencias culturales y de los destinos que iban trazando unos y otros. El racionalismo cartesiano recogió el nuevo clima cultural que emanaba de una burguesía en desarrollo, que habían impulsado desde la ciencia Galileo y Newton, complementó su legitimación científica: una nueva forma de la racionalidad comenzaba a imponerse. Era una racionalidad que se proponía dar cuenta de cómo funcionaba el mundo para lograr su dominación. Todo ello fue una elaboración, de las varias posibles, del bagaje helénico colocado al servicio de una clase con claros propósitos y firme voluntad de conquista.

Es importante ir formándose una imagen del cuadro que se fue configurando entre los siglos XVI y XVII para ir atisbando el proceso que culminó en la última etapa de la globalización en la década de los setenta del siglo pasado en adelante. En la medida que vayamos pintando el cuadro histórico se podrá comprender mejor los por qué condicionaron los nuevos tiempos, por qué se desató una concentración tal de riquezas conseguida por cualquiera de los métodos a mano sin reparar en costos.