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OPINIÓN - ARGENTINA

Juventud ¿divino tesoro? (Parte III)

Por Ricardo Vicente López, Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca, 05/04/10.- Un tema que no nos es fácil comprender y de allí poner en práctica es el de aceptar lo que dice el escritor H. A. Murena (1923-1975): "Todos los seres normales practican en su adolescencia una desobediencia demoníaca que constituye el asesinato psicológico de sus padres. Necesitan seccionar el cordón umbilical que los ata a ese pasado frustrador, pues la vida es invención y no puede dejarse guiar sólo por la experiencia, por ese pasado con que los padres anonadarían todo impulso". La lectura de estas líneas debe partir de ubicarlas en contexto. Una primera aproximación, en un tiempo teñido de posmodernidad, nos llevaría a aceptar la libertad sin límites que hoy reclaman los adolescentes. Sin embargo, se trata de una verdad que apunta a la configuración sana e independiente de esa nueva persona que nos enfrenta. Claro está que debería haber recorrido en la niñez una educación en valores y ejemplos que haya consolidado su buen juicio, cosa que hoy no se ve habitualmente. Entonces en el diálogo del que venimos hablando se intercambiarían sus puntos de vista con el de los adultos, en el respeto mutuo.

Las carencias que hoy podemos observar en la etapa de la primera formación del niño entregan luego en la adolescencia a una persona inmadura para su edad, carente de límites claros y de la noción y la práctica del respeto y la responsabilidad. Gobernado, entonces, por la impulsividad que emerge de una conciencia no ejercitada en la disciplina, que debería ser después autodisciplina, es víctima de sus propios deseos descontrolados habituados a la satisfacción inmediata de sus pedidos. Así, suena disparatada la aceptación del "asesinato de los padres". Pero lo que en realidad ha sucedido es que esos padres se suicidaron en su condición de tales mucho antes. Sin padres maduros no se puede esperar hijos maduros. La independencia que el adolescente exige no está acompañada por la libertad interior responsable necesaria que da la norma introyectada. Por lo que ese joven antes de "asesinar a sus padres", como consecuencia de sus carencias, ha ido "asesinando a su persona" paulatinamente, al quedar sometida a sus impulsos.

La construcción de cada persona exige una cuota de libertad sin la cual no puede llegar a esa condición. Ahora bien, la vida en comunidad requiere que esa libertad se desenvuelva dentro de los límites de las normas de convivencia, normas que deben ser escritas amorosamente en el corazón del niño. El niño amado aprende a amarse, a respetarse, a cuidarse, de modo que emerja en él una autoestima necesaria para su seguridad personal, seguridad que le posibilita el buen gobierno de sí mismo. La vieja sabiduría nos dice: "ama al prójimo como a ti mismo", quien no se ama no ha aprendido a amar. No es este el amor de Narciso, eso era una simple y superficial admiración de su belleza exterior y por esa admiración murió. Tampoco la soberbia del que se siente superior. Amarse es valorarse y respetarse en su dignidad de humano, respeto que se traduce en el respeto al otro, que puede ser respetado y amado porque ha aprendido sobre sí de qué se trata esa tarea.

Sólo entonces al llegar a su adolescencia estará en condiciones de cometer el parricidio psicológico que le permitirá crecer independiente. Cuando el joven se vaya aproximando a su etapa adulta podrá recuperar desde él a esos padres redivivos. Estamos ahora frente a una persona que, en su aprendizaje de ser hijo descubre las condiciones de ser padre.