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| OPINIÓN - ARGENTINA | ||||||||
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Juventud ¿divino tesoro? (Parte IV) |
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| Por Ricardo Vicente López, Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo | ||||||||
Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca, 05/04/10.- El mundo antiguo encontraba en el sabio una fuente a donde recurrir en busca de un consejo, un juicio, una reflexión. Pero al pensar en esto se nos presenta una confusión típica de nuestra modernidad: pensamos al sabio como aquel que sabe mucho. El sabio no era quien sabía más, en el sentido que hoy atribuimos al saber acumulativo de un científico. Sabio era el que sabía vivir. El saber vivir no es una materia que puede aprenderse en los libros, a veces ni siquiera son necesarios, aunque no deben ser despreciados. Pero es imprescindible distinguir la buena lectura de las ediciones de best-seller. La lectura de los clásicos son siempre una garantía, porque no han llegado a ser clásicos porque son viejos, lo son porque pueden hablar a todos los tiempos, guardan en sus páginas mucho de aquella sabiduría de vivir. También podemos encontrar sabios entre gente iletrada, pero que han guardado la sabiduría de las tradiciones, saben lo que siempre fue necesario saber para vivir en comunidad. Esa es la tradición que se condensa en el Código Hammurabi, escrito en la vieja Mesopotamia (el Medio Oriente de hoy), en el siglo XX a. C., que aparece siete siglos después reelaborado en las Tablas de la Ley de Moisés (siglo XIII), que se repite en los consejos de Martín Fierro a sus hijos. Esa sabiduría la hemos ido perdiendo nosotros, los hombres y mujeres de la Modernidad, porque la reemplazamos por el saber racional de la ciencia que se sintetiza en creo lo que me demuestren. La necesidad de amor entre los hombres no puede ser demostrada por esos métodos y, por el contrario, la convicción que nos ha invadido de que la competencia permite el triunfo de los mejores se ha convertido en un valor y en una norma de vida. Hemos reemplazado en nuestra conducta diaria una fe por otra, puesto que tampoco ha sido demostrado que la competencia premia a los mejores, en todo caso premia a los más salvajes, a los que no reparan en los medios a utilizar. Son éstos los que han construido el mundo en que vivimos. Si bien, no somos capaces de utilizar los mismos métodos, y hasta podemos criticarlos, sin embargo no convertimos nuestras conductas en una crítica práctica de esa filosofía de vida. Nos comportamos de acuerdo a las reglas de la convivencia burguesa, con una moral que privilegia el ocultamiento de las faltas para el mantenimiento de las apariencias, y una ética que no se hace cargo del necesitado. Porque nos queda claro que el que no tiene es el resultado de alguna culpa o carencia personal, por lo que nada nos obliga a socorrerlo, para eso están las instituciones, si están. Por ello el amor ha quedado reducido a lo que en las telenovelas aparece como su deber ser. No tiene el amor en estos tiempos buena prensa, o es loca pasión o es simple placer. En contraposición a esto decía el conde Hermann Keiserling (1880-1946): "Tal es la sola razón por la cual la enseñanza de Jesús pudo hacer época: al elevar el amor a la categoría de virtud cardinal y hacer depender de esta virtud la salvación del alma. Jesús fue el primer pionero consciente del sentimiento de la humanidad". Somos nosotros, los que vivimos de este modo, contraviniendo las enseñanzas primordiales de la posibilidad de una vida genuinamente humana. Somos nosotros los que mostramos que ocuparnos primero y fundamentalmente de nosotros mismos es una virtud. Somos nosotros los que hacemos del egoísmo una norma de vida. Los jóvenes ven y aprenden de lo que hacemos no de lo que decimos. |
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