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OPINIÓN - ARGENTINA

En torno a la propiedad privada (Parte XII)

Por Ricardo Vicente López, Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca, 28/05/09.- Vuelvo a insistir que la sorpresa que puede experimentar el lector ante estas descripciones debe atribuirlas a los ocultamientos que impiden saber para evitar comparar. Sigamos. La subordinación del interés particular al interés general conlleva siempre una moral solidaria, un sentido de la corresponsabilidad, un sentimiento de solidaridad, pues implica el sacrificio del deseo propio en pos de la satisfacción del conjunto. Esto se ve en general en todas las corporaciones de artesanos y comerciantes prueba de ello es lo que dice el sociólogo francés Emilio Durkheim (1858-1917), profesor de la Sorbona de París:

Estos reglamentos sobre los aprendices y obreros están lejos de ser desdeñables para el historiador y el economista. No son la obra de los siglos "bárbaros". Llevan el sello de una perseverancia y de un cierto buen sentido que son, sin duda, dignos de ser señalados.

Por otra parte existían reglamentaciones que regulaban y castigaban con suma severidad las desviaciones a la probidad profesional, que cuidaban la calidad y el precio para evitar cualquier engaño al comprador. Todo lo dicho es suficiente para probar el carácter moral que presidía la actividad profesional, la producción y el comercio. Estas comunidades tenían una impronta que marcaba sus conductas: el carácter religioso de sus instituciones, de allí el tono moral de sus reglamentaciones. Cuando la ciudad medieval se desprende del dominio feudal se constituyen las comunas, dentro de las cuales las corporaciones profesionales van a desempeñar un papel político-institucional importante; los cuerpos de oficio que tanto habían hecho por el logro de esa independencia se fueron convirtiendo en la base de su estructura política:

Como ya vimos con Kropotkin, también el sociólogo francés percibe que mientras las corporaciones funcionaron independientemente y, a su vez, las comunas también lo hicieron, la solidaridad y la fraternidad fueron ingredientes de la vida cotidiana; fueron parte del patrimonio cultural que las ciudades defendían contra la centralización monárquica. Mientras los mercaderes tuvieron como clientes, más o menos exclusivamente, a los habitantes de las ciudades y sus alrededores se mantuvo el espíritu descrito. En tanto el mercado fue local los cuerpos de oficio y la organización municipal bastaron para controlar y satisfacer la transparencia de las conductas. Esto nos coloca frente a un modo de utilización del derecho a la propiedad privada que no atenta contra una buena distribución de bienes ni contra la satisfacción de las necesidades de todos.

Pero la extensión del comercio, dada la extensión de las conquistas a otros continentes, a zonas cada vez mayores y distantes requirió una producción cada vez más grandes y el taller artesanal no alcanzó para cubrir esa demanda. Algunos concibieron flexiblemente las reglas a fin de acomodarse a la nueva situación, en otros casos, algunos talleres se agrandaron fracturando las reglamentaciones sobre tipos de productos y cantidades. Todo ello fracturó el espíritu gremial. No todos aceptaron las innovaciones. Aparece entonces un personaje nuevo: el intermediario, combatido antes por la reglamentación comunal. El mercader, es quien manda ahora a producir por su cuenta y es el que define el qué y el cómo se debe producir, hasta entonces resorte de la organización artesanal. Como consecuencia de esto algunos talleres crecen desproporcionadamente, dando lugar a las fábricas de la Revolución industrial, y otros desaparecen. La gran industria comienza a hacer sentir su presencia, desligada de los intereses comunales, su ámbito es más amplio y ambicioso; la conquista colonial ha extendido este espacio considerablemente. La producción pensada en una escala mayor se va asentar allí donde la favorezca la mano de obra abundante y barata, y la provisión de materias primas esté asegurada en las cantidades demandadas. La potencialidad industrial y comercial comienza a mostrar una agresividad no conocida hasta entonces. Esto debía entrar en conflicto necesariamente con la estructura de las corporaciones, y así fue.