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OPINIÓN - ARGENTINA

Me enseñaron todo mal (Parte V)

Por Ricardo Vicente López, Profesor de la Universidad Nacional del Sur. Web / Correo

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Rebanadas de Realidad - Bahia Blanca, 15/10/10.- La historia narrada desde ese enraizamiento debe permitirnos colocar las cosas en su lugar, en la medida en que cada sujeto histórico sea colocado dentro de los juegos de poder que configuraron el mundo actual. Para, de ese modo, recordar después quiénes son unos y otros. Definiéndonos como parte de un proceso de liberación no debemos olvidar que se impone una opción preferencial por el pobre, sin cuya liberación no hay liberación para nadie. Es Ignacio Ellacuría (1930-1989), aquel que entregó su vida por un sueño, quien ilumina el modo y el lugar desde donde debemos pensar:

Desde el reverso de la historia es desde los de abajo: desde los excluidos tan radicalmente que mueren de hambre y que medio viven enfermos con enfermedades de pobres, o que apenas alcanzan a sobrevivir. Desde los marginados del mercado de trabajo y los servicios modernos. Desde aquellos a quienes se les niega gran parte del fruto de su trabajo y la participación en la toma de decisiones y en el control de la marcha de la vida pública. Desde los humillados por quienes los contratan en el trabajo, por sus líderes políticos, por los funcionarios públicos... desde el reverso de la historia, es pues, desde las mayorías latinoamericanas que viven mal porque viven como sometidos, como vencidos. Desde las víctimas, quedan los demás calificados como verdugos o cómplices, a menos que pongan su vida en superar esta historia. (1)

De ahí que considere superficiales todas aquellas lecturas que visualizan al pasado como lo detenido en el tiempo, como lo congelado en un momento que ya pasó. Prefiero aquella lectura que observa la historia como una construcción que hacemos desde un presente, que inaugure -o al menos potencie- una diferente comprensión que privilegie la construcción de un futuro para todos. Una comprensión que no descanse en una lectura de los hechos sino en la interpretación política del proceso que los produjo. No asumir la reflexión en estos términos, como un desafío del pensamiento latinoamericano, ha caído en el ocultamiento de la diversidad sociocultural latinoamericana, inserta en el sistema mundo. Esto dio lugar a la invisibilidad de un pasado que fue legitimado ante los ojos de la academia y por ello quedó fuera de las agendas intelectuales. Esto ha sido una parte importante del proyecto político de la dominación.

En el marco de este proyecto, las ciencias sociales surgieron como una plataforma de observación científica sobre el mundo social que buscaba organizarse bajo el control del Estado. Lamentablemente, la mayor parte de las investigaciones en curso siguen contribuyendo hoy a establecer vínculos que continúan ocultando lo fundamental de estos procesos. Me parece que insistir en este tipo de conocimiento no sólo implica permanecer en lugares tautológicos, sino también comporta una complicidad histórica con los grupos dominantes: los económicos y los grupos productores de saberes para alimentar economías globales. Dice Laura Laiseca que Federico Nietzsche denominaba esa tarea como un "comercio del pensar" y agrega: "La descripción, que curiosamente se adapta a la situación de la universidad actual o mercado intelectual, donde [ese pensar] es una mercancía y nada más… [en la que] investigadores y docentes buscan acoplarse al aparato productivo de la sociedad de consumo, bajo la exigencia de las instituciones, de producir cada vez más y supuestamente mejor, lo que acaba por ahogar la verdadera creatividad bajo un ritmo frenético" (2).

Inmersos en la fascinación por la verdad, la verdad científica metodológicamente obtenida, fruto de una larga tradición heredada de los griegos y reformulada en la Europa de los siglos XVII al XIX, hemos abandonado la pregunta por cómo conocemos. La verdad a la que accedemos por caminos prefigurados nos ha impedido preguntarnos por los cómo accedemos a ella. Más grave aún, no nos interrogamos sobre ¿qué es verdad y qué es la verdad? No lo hacemos, tampoco, sobre las condiciones que posibilitan la pregunta, es decir, sobre el contexto socio-histórico que la posibilita o la impide. La cedemos a los objetos que cumplen los requisitos de veracidad que propone la lógica formal, que nos impongan su estatus de verdad. Espero que sigamos sumándonos a estos interrogantes como parte de la tarea de des-cubrimiento de nosotros mismos, como sujetos latinoamericanos comprometidos con la liberación. Esto nos obliga a abandonar la sagrada verdad para insistir en interrogarnos sobre si la lógica formal que sustenta el pensamiento científico es la única forma de entender la idea de verdad.

Historizar nuestra reflexión equivale a relativizar la sacralidad de la verdad científica, conlleva identificar las fuentes de las categorías con que pensamos y conceptualizamos la realidad. Estoy convencido que reconocernos colonizados es el derrotero más corto para liberarnos de esos condicionamientos epistémicos. Esta liberación facilita dudar de nuestro modo de construir conocimiento y la traducción es un lugar que permite visualizar las potencialidades de este acto liberador. Toda vez que ya no se ve como una construcción neutra, apolítica, avalorativa, que desliza nuestro entendimiento por una verdad histórica institucionalizada y garantizada por el poder.

Intentemos, entonces transitar por nuevos senderos históricos para revisar mucho de lo ya sabido y un poco de lo nuevo por conocer. Esta tarea de liberación de nuestras ideas madre es la condición de toda liberación. Se parece a la tarea psicoanalítica aplicada a la conciencia colectiva: rastrear los fantasmas de nuestra conciencia que nos ha colocado en este estado de alienación cultural, que nos impone el querer ser otros. Detectados esos fantasmas: el enciclopedismo francés, el liberalismo inglés, el idealismo alemán, destronados con las armas de la crítica, despertaremos a una nueva aurora y vislumbraremos la posibilidad de una sociedad más justa y humana. Des-cubrir lo que quedó oculto por los sucesivos telones de la historiografía occidental nos permitirá colocar nuestra historia en el escenario de la historia de los pueblos, con toda la dignidad de lo que nos es más propio: nuestra identidad latinoamericana.

Notas:

(1) Ignacio Ellacuría y Juan Carlos Scannone, Para una filosofía desde América Latina, Pontificia Universidad Javeriana, 1992, pág. 42.

(2) Laiseca, Laura, El nihilismo europeo, Editorial Biblos, 2001, pág. 129.