| Bufete de Informaciones Especiales y Noticias |
| MEDIO AMBIENTE - ARGENTINA | |||||||
| SOBREVUELO | |||||||
|
La Cuenca Matanza-Riachuelo (Parte IV) |
|||||||
|
|||||||
| Por Luis Alberto Cervera Novo (*) Correo | |||||||
Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 20/11/07.- La Crisis El crecimiento constante produjo tal alboroto productivo y comercial que incluyó la aparición de nuevas empresas: químicas, tintorerías industriales, fábricas de jabones, etc. Las industrias se instalaban en los terrenos bajos de la ciudad y sus obreros ahorraban traslados y dinero edificando sus viviendas en las proximidades. De esta manera, los valles de inundación- tierras baratas- en su mayoría fuera de los catastros por no ser habitables, se ocuparon rápidamente por los que serían las futuras víctimas del lagarto agonizante. El crecimiento se extendió a lo largo de la orilla capitalina del Riachuelo y Homero Manzi le puso poesía a esta nueva realidad: "Sur paredón y después... la esquina del herrero barro y pampa... Pompeya y más allá la inundación". La euforia productiva se ve paralizada por la crisis mundial de 1930; desocupación, miseria y ollas populares se incorporan al paisaje de tierras anegadizas y rellenas con los desperdicios de la población. De esta manera, nuestra cuenca queda a la deriva a lo largo de esos años. El país, exportador de alimentos e importador de todo tipo de manufacturas, ve quemar en sus usinas y ferrocarriles los granos de cereales que Europa no adquiere. Se reduce el tráfico de barcos que arribaban a Puerto Nuevo y la Boca da, entonces, un momentáneo reposo al sufrido lagarto. Letargo y miseria que finalizan cuando el aislamiento internacional, que provoca la segunda guerra mundial, obliga a una acelerada industrialización confirmando que en toda crisis hay una oportunidad. Esta nueva etapa genera una gigantesca movilización de mano de obra, despliegue que supera la orilla sur del riachuelo y se extiende en las profundidades del horizonte. La mayor migración interna de nuestra historia se consuma: los paisajes que pintara el inmortal Benito Quinquela Martín, se ven sacudidos por un histórico fenómeno político y social que modificó nuestra historia para siempre. El protagonismo de esta inmensa masa trabajadora tiene al lagarto como testigo principal. Empresas metalúrgicas, curtiembres, papeleras, pinturerías y caucho, invaden el territorio y sus cursos de agua. Las venas del lagarto comienzan a recibir sus descargas, ahora, inorgánicas y letales. Nuestro amigo, que venía de no entender porque había perdido sus peces, ve desaparecer crustáceos y moluscos, que soportando la falta de oxigeno de sus aguas, habitaban aún sus barrosas profundidades. La longevidad sólo estaba permitida a las almejas de Islandia, alejadas ellas, de los metales pesados, petróleo, cromo y mercurio que invadían el cuerpo y la sangre del querido reptil. El incremento poblacional es descomunal. Se perfora el suelo para extraer agua potable, se construyen pozos negros que luego contaminarían esas mismas aguas para beber; las fábricas extraen agua del acuífero Puelche para sus procesos productivos que luego, corrompidas e hirvientes, son volcadas al río. Los demás desperdicios también tienen como destino los espejos de agua, otorgándole el irremediable color negro-azulado que lo caracteriza. Humo, olores y hollines borran el "perfume de yuyos y alfalfa..." que describió H. Manzi. El lagarto, muerto y sin sepultura, comienza a cobrar venganza con sus victimarios. Los más débiles primero: diarreas, erupciones, enfermedades respiratorias, saturnismo y cáncer integran el arsenal acumulado en las venas de la víctima, que ahora descarga, sin compasión, sobre los empobrecidos habitantes de las orillas. El hollín generado por la quema de basura en el bajo Flores, más los incineradores instalados en los edificios de propiedad horizontal, logran empañar el sol en amplias zonas de la ciudad y su cuenca. Para 1970 se prohíben estas prácticas y se inicia el proceso de compactación y disposición final de los residuos - CEAMSE -, hoy también colapsado. El aire se torna transparente pero, traicioneras, las emisiones de las usinas y el crecimiento irracional del parque automotor, saturan esa transparencia con azufre, plomo y monóxido de carbono. Mientras tanto, en las orillas del lagarto crece la producción de pesticidas y fertilizantes. Se multiplican las curtiembres y los talleres de galvanoplastía sin importar que el lagarto ya no tenga vida. Un siglo de anárquico alboroto productivo, con jugosas ganancias y un autismo casi permanente del estado, facilitan la destrucción final del río y su territorio. La década de 1990 y su proceso de desindustrialización deja miles de habitantes desocupados y enfermos en sus orillas. Inmensos galpones y espacios abandonados representan el esqueleto superficial del lagarto; él ya no puede ver como su amiga, la serpiente Reconquista, pierde su frescura de antaño y pasa a compartir su trágico destino. |
|||||||
| (*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa) e integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo de Reflexión y Gestión. | |||||||