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MEDIO AMBIENTE

El enigma de las ballenas

Por Luis Alberto Cervera Novo (*) Correo

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 10/01/08.- "Yo no compré la 4x4 para aguantar a este gil adelante; y si nos paran, les tiramos unos mangos...."

Instinto suicida, confusión temporal… son disparadores de una conducta poco frecuente, que lleva a familias completas de ballenas a abandonar su hogar para estrellarse en la playa, desatando, con ello, las interpretaciones de lo inexplicable. Sus cuerpos agonizantes, varados en la playa por abandonar su ruta habitual, no son un hecho cotidiano ni agradable; tampoco de simple lectura. ¿Desamor por la vida o agotamiento?

Puede ser; de enorme y valioso cuerpo el mamífero marino, despertó la ambición del hombre desde que éste se aventuro al mar. Novelas, películas y leyendas rodean la historia de persecución y lucha desigual, donde el hombre y sus intereses comerciales siempre se impusieron… como la 4x4 que vuela hacia la costa.

El fin de la vida para ellas está en el filo del poderoso arpón y en la falta de alimentos que provoca la contaminación y degradación de los océanos, que resulta sustentable sólo a los intereses económicos de seres humanos codiciosos y voraces, similares al hombre de la 4x4 que intenta sortear un embotellamiento producto de un choque en cadena.

¿Reacción instintiva, la de estos cetáceos, ante una muerte anunciada? ¿Por qué no?, la autodestrucción de cualquier especie viviente convoca a la reflexión, a la búsqueda urgente de explicaciones y soluciones que logre en este caso, que las ballenas dejen de matarse.

Solución que no es la misma cuando nos detenemos en el mamífero pensante, el hacedor de culturas: el homo sapiens argentino.

Un muerto por hora, más los heridos e inválidos, es el resultado de un andar suicida y criminal por las rutas y calles del país. Este dato, pavoroso e inexplicable, no produce una reflexión activa y adulta por parte de todos nosotros, espectadores pasivos.

El conductor del doble piso, con 36 horas de trabajo sin descanso, discute con su acompañante que la energía nuclear (·) es peligrosa para la vida; mientras los 9000 muertos anuales en accidentes de tránsito son un número más, inevitable, diría el chofer, que aprovecha a estirar sus piernas mientras bomberos y ambulancias retiran vehículos y accidentados a pocos kilómetros del lugar.

¿Instinto suicida, confusión temporal? Quizás lo sea también para las ballenas, pero se inmolan ellas y punto; el homo argentino mata, hiere y muere, en su envestida, en las playas de asfalto.

Desamor, intolerancia, soberbia o ignorancia conforman un cóctel gris frecuente en la conciencia de los conductores. Sin duda que sólo un loco desprecio por la vida explica los veintidós muertos que a diario se registran a causa de este brebaje que conduce coches, micros y camiones. El desamor, la soberbia y la ignorancia, atraviesa a toda la sociedad, lujosos vehículos que superan rápidamente los 200 Km/hora y humildes coches, compiten en una carrera desenfrenada hacia una muerte anunciada pero nunca aceptada.

¿Qué urgencia motiva estos suicidios colectivos? En los cetáceos se investiga, en el homo sapiens argentino tal vez sea el mercado, el consumo de publicidades canallas, la falta de límites, de códigos y de pautas culturales; lista larga e incompleta que conforma la estupidez humana. Se incrementa el parque automotor sin reparar en la ausencia de propuestas que ayuden a modificar estos instintos primitivos a la hora de conducir.

Tal vez dejemos de matar ballenas, pero no dejamos de jugar a la ruleta rusa con nosotros mismos. Superar al que tenemos delante en la barrera o utilizar la banquina para llegar antes, después de todo no vamos a desperdiciar la vida esperando en rutas o semáforos. Y la 4x4 para qué la tengo?

Conducta de una población infantil, nos dice Maria Elena Walsh. Posiblemente sea así y a ello se correspondería un límite fuerte. Podemos enumerar cientos de razonamientos y justificativos banales y trasnochados, que sustentan el espíritu irresponsable y suicida que anida en todo conductor embriagado con el envenenado cóctel gris.

Infantil también es la actitud del Estado, en sus diferentes niveles, al no auspiciar y aplicar leyes que secuestren licencias, vehículos y dinero a los infractores. Claro que estas medidas tienen un costo político fuerte; hay que enfrentar la ira de los conductores, las automotrices y empresas de publicidad, que sostienen sus ventas en base a las virtudes de la velocidad; del desafío al tiempo y al espacio.

Debería también disponerse un muy buen sueldo a los agentes de control, castigando duramente a los coimeros que sucumben ante las ofertas o el chapeo. También permitir las altas velocidades sólo en los vehículos de los sistemas de salud, policiales o bomberos; el resto tendrá que salir con límite de velocidad de fábrica.

Son muchas y perfeccionables las acciones para promover el respeto a nuestro único capital intransferible, la vida; o condenarnos a seguir en un jardín de infantes que permite a familias enteras abandonar sus hogares para estrellarse en rutas y calles. Cuerpos destrozados y agonizantes, heridos y mutilados para el resto de sus vidas no pagan, hasta hoy, costo político alguno y llaman menos la atención que el derrape de las ballenas en nuestras playas.

¿Instinto criminal, confusión temporal?

Ya no interesan esas interpretaciones, ni la incógnita de las ballenas, la muerte va al volante de alegres niños de sala rosa.

Nota:

(·) En los 50 años que se comenzó a manejar la energía atómica, en nuestro país, se registro una sola muerte por accidente.

(*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa) e integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo de Reflexión y Gestión.
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