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MEDIO AMBIENTE / CUENCA MATANZA-RIACHUELO

Las vacaciones de Lucas en el Arroyo del Rey

Por Luis Alberto Cervera Novo (*) Correo
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 30/01/08.- Perdió el equilibrio y cayó al barro, su cuerpo quedó extendido sobre esa mezcla extraña de tierra, espuma, grasa, vidrios, latas, maderas, plásticos y cadáveres de animales. A Lucas le llamó la atención los cuerpos de esos gatos flotando en un abrazo final; quería despertarlos y asustarlos con su presencia. Después de todo, era lo único llamativo en ese tramo del arroyo que bordeaba su casa y que recorría todos los días en busca de entretenimiento. El sabía distinguir a los perros muertos porque, hinchados, flotan y despiden un perfume nauseabundo, pero los gatitos parecían dormidos.

Había escuchado a Don Roque contar que en este mismo lugar, cuando él era niño, pescaba ranas y bagres que luego fritaba junto a sus amigos; decía que cazaban mariposas con ramas de paraísos y las encerraban en un frasco con agujeros en la tapa, para luego sorprender a las pretendidas novias que las guardaban apretadas en las hojas de los libros escolares.

Lucas sabe por sus tíos, que antes cruzando la ruta, todo era campo y allí pasaban los días de verano buscando liebres y palomas. Hoy los alambrados olímpicos resguardan las fábricas que dan trabajo a pocos y malos olores al barrio. Todo comenzó con esas moles que traen el progreso. El agua del arroyo fue cambiando de color, una grasa rancia se adhirió a la orilla junto a la inconfundible espuma y olor ácido. Hay días en que el color del agua cambia de verdoso oscuro a rojo, gris o marrón. Las ranas fueron reemplazadas por las ratas, los pájaros dejaron de beber y las ronchas se extienden por los cuerpos de Lucas, de sus hermanos y de sus amigos. Ahora embarrado y con la pierna cortada por esas latas hundidas, se ganará una buena paliza. Mamá está por llegar de su trabajo en Adrogué y pocas ganas va a tener de curar y vendar heridas; limpia dos casas que son muy grandes.

Seguía tendido en el lodo de la orilla, la pierna le dolía. Pensaba que por suerte hacía mucho que no llovía, porque desde que la concesionaria de coches rellenó el tramo del arroyo que pasa por sus terrenos, el agua se estanca y se torna profunda. Le sigue un largo período de inundación que invade la casa y lo poco sembrado con el esfuerzo de papá y la guía de Don Roque; pero las ranas no vuelven, tampoco los pájaros. Lucas llegó a conocerlos; hasta se fabricó una gomera con la que vanamente intentó cazar alguno, cuando ya eran pocos y muy desconfiados.

Ahora, desde que le prohibieron ir a revolver la basura que arrojan los camiones al costado de la ruta, Lucas tiene acotado su territorio de juegos a los fondos de su casa, quizás por eso su desgano para levantarse del pantano en que lentamente se hunde.

La prohibición vino luego de que los chicos vecinos abrieran unas latas que tiró una camioneta la noche anterior, con un polvo rojo con el que tiñeron a Tomy, el perro de Carlitos; causaba gracia verlo todo rojo, parecía el perro araña; luego las convulsiones y la internación de los chicos en el hospital y la muerte de Tomy.

Carlitos murió días después, pero el resto no, y papá no entiende que yo no estuve con esas latas coloradas. Igual no me deja ir al basural. Allí me divertía más, siempre hay cosas nuevas, prendemos fuego y jugamos a los bomberos, a veces el humo nos rodea y nos provoca un mareo que nos gusta. Acá la única sorpresa son los gatitos y auque me caí y me arden las ampollas y el tajo de la pierna, desde esta posición con el palo puedo moverlos, pero no están vivos.

Con mis hermanos cruzamos la ruta sin que mamá se entere; recorremos los alambrados que custodian las fábricas buscando el arroyo; mi hermano mayor dice que lo entubaron o algo así, tampoco encontramos las ranas ni los pájaros. Mientras jugamos a elegir en cual de las fábricas podría trabajar papá, ese es su sueño, dice que juntar cartón le da libertad pero está cansado y la plata no alcanza. Por suerte durante el verano el comedor de la escuela sigue abierto, ahí nos divertimos un rato.

¡Luucaaas! el grito de la madre lo despertó del letargo, lo peor había llegado, ahora hay que enfrentar a mamá, no sé que le voy a decir, ni siquiera puedo echar la culpa a mis hermanos, ellos se fueron temprano con mi primo al hospital donde les curan las ronchas del cuerpo y unas llagas que les salieron en la boca.

¿Sabés que se lleno el arroyo de ranas, esas que cuenta Don Roque?, casi agarro una, ¡pero me caí!

A pesar de la paliza, Lucas se tranquiliza pensando que cuando sea grande le va a comprar una casa como las que ella limpia, allí no hay inundaciones ni fábricas, tampoco van a faltar las ranas ni los pájaros. Vamos a ser todos felices.

(*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa) e integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo de Reflexión y Gestión.