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MEDIO AMBIENTE / CUENCA MATANZA-RIACHUELO

La Fábrica

"Recorremos los alambrados que custodian las fábricas buscando el arroyo; mi hermano mayor dice que lo entubaron o algo así, tampoco encontramos las ranas ni los pájaros. Mientras jugamos a elegir en cual de las fábricas podría trabajar papá" - Las Vacaciones de Lucas en Arroyo del Rey.
Por Luis Alberto Cervera Novo (*) Correo
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 04/02/08.- ¡Usted piensa así porque es viejo y en la fábrica no lo toman, lo quiero ver con una familia a cuestas!

Duro, soberbio, irreductible en su pensamiento, Mario dejó a don Roque con la palabra en la boca, se levantó y salió a la calle encendiendo nerviosamente un cigarrillo. Discutían por el tema obligado y reiterativo del barrio, las fábricas del parque industrial, la contaminación, la muerte del arroyo; no había campeonato de truco o bochas que no terminara girando en torno al tema, algunos dejaron de ir a la Sociedad de Fomento por ese motivo. Las opiniones estaban divididas. La actitud de Mario ocultaba el miedo característico de todo acto de soberbia; fumaba y seguía destilando veneno por la discusión con don Roque; contra sus opiniones, pues al viejo lo apreciaba, como todos en el barrio. El no se olvidaba que cuando llegó con sus padres de Tucumán e instalaron la prefabricada, Roque se acercó, saludó y les ofreció agua, luz, recomendaciones de dónde y cómo realizar el pozo ciego; qué profundidad darle a la bomba de agua. Les explicó hasta dónde llegaba la creciente del arroyo, dónde encontrar alguna perdiz o liebre y tantas cosas más.

Fumaba un cigarrillo tras otro mientras recorría la orilla de esa gran cloaca donde flotaban bolsas de basura, grasa, maderas y botellas rotas. Cada tanto, algún animal muerto modificaba los olores ácidos de las espumosas y oscuras aguas del Arroyo del Rey.

Don Roque no quiere que se entube esta porquería y le echa la culpa a las fábricas por la mugre; el viejo está para atrás, se quedó en el pasado. Seguía discutiendo como si nunca se hubiese levantado de esa mesa de truco. Lo violentaba que el viejo se empeñase en recordar que al arroyo lo arruinó la fundición, hoy cerrada, cuando arrojaba el agua hirviendo que mató peces, ranas y su alimento principal, los caracoles y juncos. Tras ellos, Mario sabía que los pájaros partieron alejados también por el olor a azufre y a huevo podrido de la química; ¡y otra vez el viejo carbón con esa historia de las aves que morían en las minas advirtiendo la presencia de gases letales!. Y no acepta que gracias a las fábricas el barrio creció, llegó el colectivo y el asfalto, se ocuparon todos los terrenos, incluso los que el arroyo inundaba ocasionalmente. El soliloquio crispaba su rostro, sus manos, manchadas de tabaco y curtida de esfuerzos, su piel se oscurecía como la tarde de domingo sin fútbol. Si jugara Boquita no estaría amargándome con este tipo. Hace un esfuerzo para alejar los pensamientos negativos y recupera la imagen del viejo Roque ayudándolos a llenar la loza de la casa, qué contentos estábamos: ¡eran tres piezas y la cocina!; el arroyo era menos sucio - a veces desobedeciendo a nuestras madres nos dábamos un chapuzón - casi todo era campo y algún que otro horno de ladrillos. Mi viejo tenía que ir a trabajar hasta Avellaneda porque aquí no existían las fábricas ¿y ahora vamos a protestar por que las tenemos frente al barrio? Tropieza con uno de los pozos donde los vecinos queman la basura y eso lo rescata de sus pensamientos duros y ácidos como las aguas del arroyo. Arroja la colilla del cigarrillo que amarillentan sus curtidas manos y emprende el camino de regreso. Oscurecía y a la mañana siguiente debía madrugar; si bien la empresa está a unos pasos de la casa, la ceremonia del mate le insume una hora. Después ya no tomará nada hasta la tarde, para galvanizar las chapas hay que trabajar con barbijo y la leche que le dan, por ser trabajo insalubre, la guarda y se la lleva a sus hijos. Claro, estas ventajas a Roque no le interesan, él no tiene chicos que alimentar, masculla.

Hacía un mes que había logrado ingresar a la fábrica, Lucas, su hijo menor, descubrió el cartel con el pedido de un operario: ¡yo empiezo las clases y vos a la fábrica, dale pá!

A Lucas le dolía ver como Mario, su padre, caminaba en busca de un trabajo más seguro. Las changas y juntar cartón lo cansa mucho y cuando se inunda el fondo se arruina todo, mamá más casas no puede limpiar, entonces la única comida es la del colegio.

Mario, sentía que la fábrica había mejorado la vida de sus hijos, los veía con otro ánimo, alegres, seguros, más tranquilos. Las manchas en la piel la sufrían como todos los chicos del barrio, pero ahora los va a poder llevar al sanatorio del gremio. Y don Roque que jode con no entubar el arroyo; los vecinos que viven en la orilla ya tienen plomo en la sangre; a mí en la fábrica los análisis me dieron bien, ¿qué vamos a esperar, enfermarnos todos?

Los de la municipalidad que vinieron a la reunión en la sociedad de fomento le dieron la razón al viejo: dijeron que lo mejor era no contaminar, limpiar las aguas del arroyo, forestarlo y no tirar ni quemar más basura. Pero aclararon que para ello hacía falta controlar los vertidos de las fábricas y un cambio cultural en los vecinos; eso requiere decisión y mucho tiempo. La solución más rápida es entubarlo y listo, don Roque que se quede con sus recuerdos del pasado, éll ya está jubilado. Yo soy joven y tengo que buscar un futuro para mis hijos, qué joder!!!

(*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa) e integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo de Reflexión y Gestión.