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MEDIO AMBIENTE / CUENCA MATANZA-RIACHUELO

La tumba

"La solución más rápida es entubarlo y listo, don Roque que se quede con sus recuerdos del pasado, él ya está jubilado. Yo soy joven y tengo que buscar un futuro para mis hijos, qué joder." (Final de: La Fábrica).
Por Luis Alberto Cervera Novo (*) Correo
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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 11/02/08.- Su mirada es profunda y distante, como queriendo divisar horizontes ya inexistentes, pero cuando sus ojos marrones se detienen sobre un interlocutor establecen un diálogo abrasador y cálido.

Nació en las orillas del Rey, hace más de 70 años, hijo de puesteros de ese "campo largo", ahora mutado en ciudad. Alto, de cabello renegrido y entrecano; su rostro aceitunado, curtido de inviernos y soles, marcado por las huellas de los años vividos, resumen las arrugas del paisaje que lo vio nacer. Su andar erguido y saludable parece sostenido por una faja, ancha y negra, heredada de su padre. Su voz es metálica y armoniosa otorgándole autoridad en cualquier conversación. Ingresa puntual a la reunión que se desarrolla en la Sociedad de Fomento que él tanto luchó para construir. Se encuentra atestada de vecinos y algunas autoridades del municipio que escuchan en silencio la familiar voz de Don Roque:

"La agonía fue lenta, los primeros síntomas aparecieron como una enfermedad temporal. Pasaba el tiempo y todos nos adaptábamos, su decaimiento se entendía como transitorio, normal. Estaba más flaco, ya no crecía como antes, le había cambiado el color y su respiración era poco oxigenada, desagradable. Quizás los calores de verano no le permitieron recuperarse, si en otoño llueve bastante, seguro que mejora; no hay que preocuparse, decían tranquilizadoramente los expertos.

El tiempo pasó y la agonía se convirtió en rutina, ya en él no existía la diversión ni el bullicio, los chicos no se acercaban a disfrutar de su compañía, se había transformado en aburrido y esquivo. Los mayores desviaban sus miradas aceptando que algo pasaba, que no era bueno ni sano; pero el ritmo cotidiano proponía otras urgencias, el tiempo no alcanzaba para todo. Se recuperaría solo, venía de muy lejos y habría otros vecinos que se preocupasen por él, opinaba la mayoría.

Se llegó a un punto donde se establecieron las prohibiciones: los niños no debían acercarse, podían agarrarse cualquier peste; luego se suspendió la ronda de mate con facturas de los domingos y feriados.

Pasó a ser visitado sólo por amores nocturnos y fugaces, cobijados en la soledad y el abandono imperantes en su entorno.

Luego se rodeó de otras agonías: borrachos, vagabundos, malandrines y hasta suicidas encontraron refugio junto a él.

La muerte, ya avanzaba inexorable.

Los peces dejaron de multiplicarse hasta desaparecer, alejando también a sus esporádicos y últimos visitantes.

En sus fondos crecían muros, maquinarias y un trajín imparable. Las industrias lograron que las noches pasaran a ser iluminadas y ruidosas asegurando multiplicar ganancias que, de día, la contaduría maquillaría para protegerla de la voracidad del fisco, siempre atento a recaudar sin importar que las ganancias fueran proporcionales a la cantidad de líquido hirviente y abrasivo arrojado al curso agonizante.

La visita de especialistas certificó la muerte del arroyo: no cuenta con oxígeno para sostener ningún tipo de vida, muerte biológica, fue el lapidario dictamen. Comenzó allí, una procesión espontánea; todos tenían algo para dejar como ofrenda en el nuevo y extendido cementerio: latas, botellas y muebles rotos, chapas arruinadas por el último temporal, escombros y restos de las nuevas construcciones que proliferaban en todo su territorio. Eran momentos de progreso imparable, todo se renovaba y lo que no servia se tiraba allí. Así estamos, con el arroyo muerto y nuestra basura arriba."

Se hizo un silencio sordo, insoportable; hasta que una voz, más que decidida, temerosa exclamó: ¿si está muerto, porqué no lo tapamos y hacemos una calle por arriba? Y se terminó.

El murmullo que creció envalentono a muchos. Los dichos de Roque no les gustó nada, era el momento de contestarle. Pero él no lo permite y con más autoridad que la habitual retoma la palabra: "taparlo es transformarlo en una tumba, mientras el veneno de las empresas seguirá su curso al Río de la Plata de donde tomamos el agua. ¡Hay que revivir el arroyo!"

Un participante, cargado de ironía lo interrumpió: "los muertos no resucitan viejo"; inmutable, el viejo continuó: "La salida es volver a limpiar las aguas, darle vida nuevamente, se puede. Jesús resucitó y es único, el arroyo también lo puede ser. De donde también se puede volver es de nuestra ignorancia y el interés mezquino de las fábricas. A mí me queda poco, pero la mayoría de ustedes recién comienza, cuídense."

Derecho, erguido como siempre, buscando con la mirada horizontes perdidos, el viejo Don Roque, el de "las tierras largas", atraviesa la multitud murmurante que atesta el salón acomodándose, como puede entre apretujones y reproches silenciosos, la heredada faja. Abandona el lugar pensando que ya es tarde. La noche se consume junto con la voluntad de los asambleístas.

(*) Licenciado en Gestión Ambiental Urbana (UNLa) e integrante de Conciencia Al Sur (CONSUR), Grupo de Reflexión y Gestión.