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OPINIÓN - SANTA ROSA - LA PAMPA - ARGENTINA

Ante la muerte de Alfonsín hay que tratar de ser justos

Alfonsín no fue el “padre” de la democracia, pero tampoco el peor de los políticos Raúl Alfonsín ha muerto. Esta circunstancia ha disparado muchas exageraciones a favor del hombre que fue presidente de la Nación. Otras voces, críticas, agrandan la columna del “debe” y sus errores.
Por Emilio Marín / Web

Artículos de Emilio Marín editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - La Arena, Santa Rosa, 02/04/09.- Aún los más acérrimos críticos del gobierno deberán admitir que fue justa la decisión de la presidenta de la Nación, transmitida desde Londres, de imponer un duelo oficial de tres días en homenaje al fallecido.

Esa decisión estatal coincide con la pena que embarga a muchísimos argentinos y también a ciudadanos de otros países, que lo apreciaban. A veces los decretos del PEN y los sentimientos de la gente común marchan por veredas diferentes. Esta vez, en buena parte del recorrido, van en el mismo sentido.

El día que muera Jorge Rafael Videla, viejo dictador, nazi y desaparecedor de 30.000 argentinos y secuestrador de la democracia en los siete años que duró el “Proceso de Reorganización Nacional”, no habrá estos duelos ni sentimientos. Habrá una sensación de alivio. El contraste sirve para graficar lo que es un presidente elegido en octubre de 1983 y la infame raza de dictadores que infectaron Latinoamérica desde el temprano golpe de Estado en Brasil, en 1964.

Pero toda cosa tiene su reverso. En diciembre de 2001 Alfonsín fue electo senador nacional, en comicios vaciados (en varios distritos llegó en segundo término el “voto protesta”). Nueve días después estallaba el sistema político y financiero, y otro presidente elegido por el voto popular, pero que había impuesto el Estado de Sitio y asesinado manifestants, Fernando de la Rúa, tenía que irse en helicóptero.

El de Chascomús no sólo fue democrático cuando tuvo la banda presidencial. Lo fue de toda la vida, aún perdiendo las internas en la UCR frente al balbinismo, cuando en 1972 lideró el Movimiento de Renovación y Cambio.

En derechos humanos lo suyo no empezó con el juicio a las Juntas Militares en 1985, si bien eso, con el antecedente de la Conadep, fue uno de los logros más importantes. Es que sirvió para masificar la conciencia de que aquí se habían pisoteado aquellos derechos durante la dictadura, ante muchos compatriotas que habían mirado para otro lado o bien cerrado los ojos ante la tragedia. Muy especialmente, la llamada “Comisión Sábato” de 1984 y el juicio subsiguiente, empedraron el camino de la justicia. Las tres juntas militares fueron sentadas en el banquillo de los acusados y condenadas; toda una señal política y jurídica contra la impunidad.

Cómo será de importante ese aporte del tiempo alfonsinista que aún hoy en Uruguay están buscando firmas para tratar de hacer una consulta popular que derogue la ley de Caducidad, de perdón a los criminales.

Alfonsín no era un desconocido para los organismos de derechos humanos pues en noviembre de 1975 había sido uno de los cofundadores y copresidentes de la Asamblea Permanente de los Derechos Humanos.

La claudicación

El radical recibió el mando de manos del dictador Reynaldo B. Bignone, la expresión política de la cuarta Junta Militar. Esta, integrada por Nicolaides, Hughes y Franco, no fue incluida en el decreto 158/83 para el enjuiciamiento. Ese gesto político no salvó a los beneficiados de rendir al final cuentas con la justicia. Nicolaides fue condenado por desapariciones de montoneros durante el regreso de estos militantes al país. Bignone estuvo preso por la causa de robos de bebés y en 2007 fue detenido nuevamente por las desapariciones en Campo de Mayo.

En beneficio de Alfonsín hay que puntualizar que la ley de autoamnistía, pergeñada por Bignone y Nicolaides, fue anulada el 28 de diciembre de 1983.

Y en su contra, hay que recordar que el decreto previo al dictado contra Videla y los ex comandantes fue el Nº 157/83, con el que se ordenó la persecución penal de los ex guerrilleros de Montoneros y el ERP. Varios de éstos fueron a la cárcel varios años hasta el indulto de Carlos Menem en 1989. Con aquel decreto cobró fuerza la muy negativa “teoría de los dos demonios”, que igualaba la resistencia armada contra la dictadura al terrorismo de Estado.

Esa claudicación ideológica le permitió ganarse el aprecio estratégico de sectores de la política y los medios de comunicación conservadores a ultranza. Por caso, ayer en “La Nación”, Bartolomé De Vedia encomiaba al muerto: “estamos hablando de quien nunca permitió que su lucha fuese utilizada como instrumento de agravio a un sector de la vida nacional o para destruir a las instituciones históricas de la República”.

No hacían falta aclaraciones. El vocero de la Sociedad Rural estaba contraponiendo aquella política conciliadora hacia las Fuerzas Armadas con la supuestamente “revanchista” de Néstor Kirchner y Cristina Fernández.

Que en octubre de 1989 y en diciembre de 1990 vinieran los dos indultos menemistas aliberar a los máximos jerarcas de la dictadura, no disimula la claudicación alfonsinista. Primero impulsó la ley de “Punto Final”, aprobada el 23 de diciembre de 1986, y luego la de “Obediencia Debida”, promulgada el 8 de junio del año siguiente. En el medio estuvo el levantamiento castrense de Semana Santa, que forzó la impunidad. No se dijo la verdad cuando desde el balcón de la Casa Rosada, en abril de 1987, se proclamó el “Felices Pascuas, la casa está en orden”.

¿El padre?

Volviendo a la columna del “haber” de la actuación del extinto líder de la UCR, hay que destacar que promovió la ley de divorcio, pese a la tenaz oposición de los sectores más reaccionarios de la Iglesia, entre ellos los obispos Desiderio Collino y Emilio Ogneñovich. Al final la apocalipsis de que se iban a divorciar todos los matrimonios cayó como una vulgar mentira. El divorcio se hizo ley Nº 23.515 el 8 de junio de 1987. Y se divorciaron los que querían hacerlo, ni más ni menos, o sea unos cuantos.

También se debe rescatar del olvido que durante su gobierno se promovió la paz, de muchas maneras. Con el plebiscito para arreglar los límites con Chile en el Beagle, frente a las “nubes de Ubeda” del impresentable Vicente Saadi. Con el llamamiento de los Cien a favor de la paz, dirigido a Ronald Reagan y Mijail Gorbachov. Con la formación del Grupo de Apoyo a Contadora, en 1985, que junto al núcleo original de Contadora desembocó cinco años más tarde en el “Grupo de Río”, de orientación tercermundista. Con la polémica con Reagan en los jardines de la Casa Blanca. Con la visita a Cuba en 1986, discontinuada por todos los gobiernos hasta la llegada de Cristina a La Habana en enero de 2009.

No hay que ser unilaterales al juzgar a un presidente de la democracia.

Junto a esas contribuciones a las buenas causas, Alfonsín tuvo otros aspectos muy negativos, que no deberían silenciarse aún ante su muerte. La verdad es la verdad, aunque duela.

Sus planes económicos fueron de mal en peor. Los arrestos reformistas y renegociadores de la dependencia, con Bernardo Grinspun, cedieron a los planes Austral, Primavera y de “economía de guerra”, sucesivamente de Juan Vital Sorrouille, Juan Carlos Pugliese y Jesús Rodríguez. Los “capitanes de la industria”, o sea los monopolios, salieron ganando con esos experimentos, mientras la inflación se disparaba y convertía en híper en mayo 1989, con Estado de Sitio, hambre, saqueos de supermercados y represión.

En 1993 firmó el Pacto de Olivos con Menem, que supuestamente terminaría con el hiperpresidencialismo mediante la figura del jefe de Gabinete. La realidad es que la reforma constitucional de 1994, que tenía como “núcleo cerrado” la reelección presidencial del riojano, modernizó la letra de la Carta Magna pero en política consumó un despojo a la democracia. La reelección no fue sólo culpa de quienes votaron al PJ en 1995 sino también del hombre de Chascomús que la posibilitó. El neoliberalismo, agradecido, como cuando en 1999 aquél prohijó a la Alianza de la UCR y Frepaso, que se degradó trayendo al ex superministro menemista, Domingo Cavallo.

Algunos críticos por derecha del fallecido, como la Sociedad Rural que lo silbó en agosto de 1988, ahora lo reivindican por la postura de Julio Cobos y la UCR en el conflicto por las retenciones a la soja. “Gaceta Ganadera” tituló ayer: “Murió Raúl Alfonsín, el padre de la democracia moderna de la Argentina”.

Esa paternidad está inflada y no resiste una prueba de ADN. Sí se puede afirmar que era un ex presidente democrático, que no robó en la función pública y tuvo sus convicciones. Los argentinos estarán de acuerdo con algunas convicciones suyas y con otras no; no son sus hijos, tampoco sus enemigos.