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OPINIÓN - SANTA ROSA - LA PAMPA - ARGENTINA

La crisis dejó en EE UU casi 8 millones de desocupados, sin mejoras hasta 2010

Estados Unidos dice que ahora está más lejos del abismo. Los consejeros económicos de Barack Obama aseguran que la economía del país está ahora bastante mejor que en meses anteriores. Sin embargo el índice de desempleo es el mayor en 26 años.
Por Emilio Marín / Web

Artículos de Emilio Marín editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - La Arena, Santa Rosa, 09/09/09.- Lawrence Summers, el principal asesor económico del presidente estadounidense, declaró que la economía norteamericana ha mejorado y se aleja del profundo abismo que tenía cerca a principios de año. Los pronósticos de Summers no deben ser tomados muy en cuenta. Se trata de uno de los principales arquitectos de la economía norteamericana y del orden mundial que terminó estallando en octubre del año pasado.

Ben Bernanke, titular de la Reserva Federal, también tuvo palabras alentadoras sobre la marcha de la economía, luego que Barack Obama lo propusiera para un nuevo período de cuatro años en esa dependencia, equivalente al Banco Central. Bernanke llegó de la mano de George Bush cuando se jubiló Alan Greenspan y también provenía de Wall Street.

Por eso en octubre de 2008, cuando aún gobernaba el texano, las entidades financieras recibieron centenares de miles de millones de dólares, luego que se desplomara Lehman Brothers. Del paquete inicial de Obama, de 787.000 millones de “verdes”, una buena parte fue también destinada al salvataje bancario.

Las declaraciones de Summers y Bernanke hay que leerlas como expresiones de anhelos, o en todo caso, como referencias a leves mejoras en el producto bruto. Nadie ha podido demostrar que hubiera terminado la recesión.

A lo sumo hubo un dato, por fuera de la economía real, que alentó esas expresiones triunfalistas. En junio pasado algunos bancos, los diez más grandes, devolvieron parte de lo que el Estado les había prestado. Apenas reintegraron 68.000 millones de dólares, pero fue suficiente para que Wall Street presentara ese gesto como prueba de una supuesta solidez bancaria.

En abril pasado el FMI divulgó su “Informe sobre la estabilidad financiera mundial”, donde se planteó que los bancos tendrán que afrontar un costo de 4 billones (millones de millones) de dólares “a causa de la caída del valor de los activos que garantizan sus créditos, principalmente inmobiliarios”.

Esto significa que Citigroup, Goldman Sachs, JP Morgan, Morgan Stanley y demás entidades están muy lejos de pisar tierra firme. El tembladeral continúa en este sector, como en la construcción, la industria automotriz, etc.

Esa caída de la producción estadounidense repercutió directamente en una suba del desempleo, que llegó en agosto al 9,7 por ciento, la peor nota de los últimos 26 años. Quebrar la barrera “psicológica” de los dos dígitos parece que ocurrirá en breve pues aún los economistas más optimistas reconocen que si a duras penas se pasa de la recesión a un estancamiento, eso no cambiará el impulso negativo en cuanto a la desocupación pues no conducirá a un aumento de la demanda de trabajadores.

Feos índices del imperio

Como la administración Obama no ha podido torcer esta tendencia a la pérdida de puestos de trabajo, sus rivales tratan de cargarle toda la responsabilidad. Haciendo las cuentas de agosto, con la pérdida de 213.000 empleos, el Comité Nacional Republicano, de oposición, emitió un comunicado diciendo que “más de tres millones de estadounidenses perdieron su trabajo desde que el presidente asumió el mando”.

Pero los republicanos agitan la soga en casa del ahorcado. Todo el mundo sabe que el problema ocurrió durante la administración Bush, que con su apología de la falta de controles del Estado favoreció los desaguisados de Wall Street y el estallido de la burbuja financiera.

Obviamente que la responsabilidad es compartida entre republicanos y demócratas, porque en último análisis el sistema bipartidista no hace más que gerenciar la política en nombre de los grandes bancos y corporaciones. Así lo lo demostraron incluso analistas estadounidenses como Noam Chomsky.

Al momento del estallido, en octubre del año pasado, Estados Unidos contabilizaba 6,4 millones de desocupados y en este momento la cifra aumentó a 14,2 millones, casi 8 millones más.

Cada uno de los que pasó por la Casa Blanca, por el Departamento del Tesoro, por la Reserva Federal y por el Pentágono –con su monumental presupuesto de guerra- tendría que rendir cuentas del feo índice laboral de quien se precia de ser la primera potencia económica mundial.

El desempleo no es el único déficit de esa superpotencia. En este momento el presidente Obama maniobra, como antes lo hizo Bill Clinton y la senadora Hillary Clinton, para tratar de reformar un sistema de salud elitista y caro.

Para tener una idea de lo injusto del mismo hay que recordar la definición de Obama: “nadie debe ir a la quiebra por enfermarse”. Es que en caso de enfermedad el trabajador deja de pagar su seguro de salud y queda sin la cobertura. Si pierde el empleo, ni qué hablar. Antes de la recesión se estimaba en 50 millones las personas sin seguro de salud, que deben ser muchos más en este momento.

Mejor el socialismo

En la presente crisis hay un millón de familias que en EE UU han perdido sus viviendas y algunas habitan en carpas o en lugares muy precarios. Fulminados por la desocupación total o parcial, sus ingresos no les alcanzan para volver a un hogar decente. Ya no es el típico caso de los “homeless” o sin techo, que venía creciendo, sino de un fenómeno mucho más amplio.

Otra mala nota saca el imperio en materia de niñez. Y no son datos o propaganda comunista pues fue la Organización de Cooperación y Desarrollo Económico (Ocde) -que agrupa a las veintitantas naciones ricas- la encargada de informar sobre los dramas de la infancia en ese país. “EE UU tiene el peor índice de mortalidad infantil entre las naciones industrializadas y ocupa el cuarto lugar del mundo, después de México, Turquía y Eslovaquia”, afirmó ese informe (Agencia AP, 3/9). El nivel educativo de los adolescentes estadounidenses de 15 años figura entre los últimos siete del índice de Ocde y la pobreza infantil casi duplica el promedio de ésta, con 21,6 por ciento con respecto al 12,4, completaba ese estudio.

Desde el punto de vista de los logros educacionales, sanitarios, culturales y sociales, los índices de Cuba son mucho mejores a los de su mal vecino. Y lo son pese a vivir bajo un inclemente bloqueo de EE UU por casi 50 años. Hoy, cuando la previsión cubana sobre la evolución del PBI de este año ha bajado de un aumento del 6 a apenas 1,7 por ciento, con el consiguiente ajuste en varios ítems presupuestarios, de todos modos ese país continúa colocando la salud y la educación en un podio que no se baja. Allí sí se cumple aquello de que los únicos privilegiados son los niños.

Otro contraste que se puede establecer es entre la crisis que padecen las economías norteamericana y europea (9,5 por ciento desocupación promedio en la Unión Europea, con el récord de 18,5 por ciento en España), y el aumento de la producción de la República Popular China.

Pese a que la recesión campea en los cinco continentes, con matices por ejemplo entre Francia-Alemania, donde hoy no es tan grave como en España, por su lado China ha mantenido un ritmo de crecimiento cercano al 6 por ciento anual. Beijing, no EE UU ni Alemania ni Japón, se ha convertido en la locomotora que arrastra a la economía global. Sin ese empuje la caída del producto y el alza de la desocupación en muchos otros países habrían sido aún más graves.

Esto hay que decirlo porque en contra de China se han dicho barbaridades y mentiras, como las que motorizaron George Bush y el Dalai Lama sobre el caso del Tíbet. Sobre todo en épocas de dificultades y crisis se puede advertir con claridad cuáles son los méritos y deméritos de los diferentes sistemas sociales, y el que impera en China desde 1949 ha mostrado sus bondades.

En junio de 1989, cuando el Vaticano y Bush padre estaban a punto de desmoronar el socialismo en Alemania Democrática, algunos estudiantes chinos permeados por la ideología capitalista protestaban en Beijing portando una réplica de la neoyorquina “Estatua de la Libertad”, como sinónimo de la democracia.

Devolviendo gentilezas, estadounidenses desocupados, sobre todo los más pobres, hispanos y afroamericanos, podrían manifestar frente a la Casa Blanca con alguna pancarta de Fidel Castro y Mao Tsétung. Los más osados podrían decirle a Obama y Joe Biden: “Señores, aprendan de Cuba y China”.