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ARGENTINA

El futuro Pacto Social

Por Susana Merino (*)

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Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 11/12/07.- Aun cuando no se conoce en detalle la naturaleza de la Convocatoria a suscribir un Pacto Social del nuevo gobierno nacional, resulta por lo menos llamativo que la idea de mantener un modelo nacionalista-industrialista como se suele calificar al actual proyecto económico ignore la realidad de un territorio que no es tan homogéneo como una mesa de billar y que en sus casi tres millones de kilómetros cuadrados presenta características físicas y demográficas extremadamente variadas.

Ninguno de los análisis más publicitados sobre el posible carácter de dicho pacto y sobre los actores que participarían de dicho compromiso incorpora la dimensión territorial en un país que acusa no solo grandes deficiencias estructurales sino especialmente grandes desigualdades regionales que es cada vez más urgente revertir.

Unificar a la sociedad a través del Pacto o del Diálogo social no significa ignorar la diversidad de situaciones regionales y locales cuyos requerimientos y posibilidades de desarrollo distan mucho de ser homogéneas. Si se menciona por ejemplo la necesidad de impulsar el crecimiento energético habrá que preguntarse si seguiremos concentrando las tendencias centralistas que alimentan el macro desarrollo urbano de la región metropolitana o si contrariamente se dará prioridad al desarrollo de nuevos polos de crecimiento que descongestionen la ya inhabitable conurbación porteña.

La nueva presidenta ha declarado que dicho Pacto social se basará en el establecimiento de objetivos cuantificables para cada sector socioeconómico pero no ha explicitado de qué manera esas metas incidirán en el mejoramiento de las capacidades de desarrollo de los centros urbanos más postergados del país y en los que los recursos naturales de sus respectivas áreas de influencia constituyen un no desdeñable factor a considerar y a poner al servicio de sus habitantes.

Tiene nuestro país un defecto de origen que se sigue agravando década tras década. La puerta-puerto colonial hipertrofiada "fundada, refundada y mantenida en forma para servir al exterior con todo lo nuestro y no al revés" como la describió Martínez Estrada en "La cabeza de Goliat" sigue fagocitando nuestras riquezas profundas y comercializándolas en su propio y circunscripto beneficio tal y como la estructura imperialista de los grandes países desarrollados lo hacen con el conjunto de nuestras riquezas desde tiempo quasi inmemorial.

Decía Alberdi "Tenemos suelo grande, fértil, variado, de buen clima - luego somos ricos. Y vivimos y gastamos y nos endeudamos como ricos, aunque el suelo esté sin habitantes es decir sin sociedad civilizada. Ejemplo argentino: nuestros territorios desiertos de Chaco, de Patagonia y de La Pampa que contamos como parte de nuestra riqueza" y agregaba que somos nosotros mismos quienes debemos poblar esas tierras que "es el medio seguro e incontrovertido de tomar posesión real de un territorio". Un siglo y medio más tarde seguimos con la amenaza de extranjerización de nuestras tierras porque antes que incentivar el poblamiento de nuestro territorio, mantenemos una centralidad económica que sólo reparte arbitrariamente migajas de los réditos nacionales a las provincias sin un verdadero propósito de revertir los graves problemas que generan la expulsión y la emigración de las poblaciones rurales o semirurales hacia los centros urbanos de mayor envergadura.

Las declaraciones presidenciales señalan que los acuerdos responderán a las necesidades particulares de cada sector y se concluirán entre los sectores público, privado y las organizaciones sindicales lo que en ningún caso garantiza una adecuada inversión en aquellas áreas que deben ser promovidas ni tampoco las condiciones necesarias para lograr un desarrollo más equilibrado ni una imprescindible complementariedad entre regiones, recursos y población. Tampoco resulta demasiado evidente que dichos acuerdos tiendan a establecerse dentro de horizontes del mediano y largo plazo, única posibilidad creíble de alcanzar metas más o menos ciertas, en lugar de limitarse a resolver solo reiteradas urgencias de reivindicación salarial.

Cierto es que existe una tendencia mundial hacia la macrocefalia urbana que no es otra cosa que el resultado de subordinar la localización poblacional a los grandes intereses trasnacionales y no al del bienestar generalizado y a la calidad de vida de sus habitantes. En consecuencia debería quedar igualmente claro si nuestro modelo de país seguirá los lineamientos que le imponen las políticas neoliberales y de libre mercado o si resolveremos de una vez por todas independizar nuestras decisiones de los intereses foráneos que ahogan nuestro potencial y genuino desarrollo.

Un pacto social debería por lo tanto proponerse algo más que resolver problemas coyunturales y atreverse a consensuar un proyecto político que trascienda uno o más períodos electorales, iniciando una transformación nacional que de lugar a convertirnos en un país demográfica e infraestructuralmente más equilibrado y con mejores posibilidades de insertarse adecuadamente en la región suramericana.

Entre sus objetivos debe figurar el necesario ordenamiento territorial enmarcado en el planeamiento regional y nacional de un sistema de ciudades que absorban el crecimiento demográfico e impidan el desordenado incremento metropolitano. El actual desarrollo tecnológico informático, aéreo, telefónico, etc. es un factor que no debe desestimarse y que puede contribuir eficazmente a una deseable descentralización. Solo se trata de saber en qué medida se está dispuesto a mejorar las condiciones de vida de la gente en lugar de, aunque sin descuidar pero acotándolos los tradicionales intereses de los inversionistas.

Como se mencionó al principio la Argentina posee casi tres millones de km2 de territorio continental, y menos de 40.000.000 de habitantes, de modo que su densidad poblacional es de 14 habitantes por km2. El país menos densamente poblado de Europa, España posee 51 habitantes por km2, aun cuando su territorio es más árido y menos rico en otros recursos que el nuestro. Con una densidad similar la Argentina debería tener por lo tanto no menos de 150 millones de habitantes, pero no solo nuestra población es escasa sino que además está mal distribuida y con tendencia a reducirse por emigración o por agudización de la mortalidad infantil en vastas zonas del interior.

Su red ferroviaria ha sido aniquilada, sus pequeños centros urbanos rurales condenados a la desaparición y sus poblaciones catapultadas hacia los míseros cordones periféricos de las tres o cuatro grandes ciudades del país, su producción cada vez menos diversificada y subordinada a complacer solo los crecientes requerimientos agrocomerciales, ciegos, sordos y mudos ante las urgencias alimentarias de las comunidades rurales, especialmente indígenas que están siendo desplazadas violentamente de sus ancestrales territorios. El creciente establecimiento de emprendimientos mineros, amparados por toda clase de prebendas y beneficios que destruyen ambientalmente las regiones en que se instalan contribuyendo al éxodo de las poblaciones inmediatas y que felizmente han dado origen a reclamos y a sucesivos levantamientos comunitarios en contra de las explotaciones mineras a cielo abierto que los medios oficiales se empeñan en ignorar, constituye un tema no menor por su irreversible incidencia en nuestros sistemas ecológicos particularmente andinos, tanto cordilleranos como precordilleranos.

Esta breve enumeración de los problemas que vienen acrecentándose visiblemente en el país siguen esperando casi contra toda esperanza su consideración e incorporación a una visión constructiva del país que deje de centrarse en Buenos Aires y en una mirada casi excluyente al exterior y a los requerimientos externos que aún dejando interesantes réditos lejos están luego de ser aplicados a un equilibrado desarrollo del territorio nacional. Un Pacto Social nacional políticamente sustentable debe necesariamente incorporar en su enfoque la dimensión territorial en cuyo espacio habrá de aplicarse de modo a revertir las causas de las históricas desigualdades existentes entre las diferentes regiones. Deberá sustentarse igualmente en una perspectiva temporal de largo plazo a la que vayan incorporándose y adecuándose las decisiones de corto plazo. De otro modo nuestro país seguirá siendo el paraíso de las improvisaciones cuyas consecuencias tanto a lo largo como a lo ancho del país es imposible ignorar. Un Pacto Social deberá en definitiva tender a asegurar una mejor calidad de vida para el conjunto de nuestra sociedad pero también a preservar el marco en que han de desenvolverse la vida y las actividades de las generaciones futuras. De otro modo seguirá siendo un eslabón más en la cadena de promesas y de expectativas incumplidas que venimos soportando desde hace ya varias generaciones.

(*) Arquitecta, editora del informativo semanal "El Grano de Arena" de ATTAC Internacional.

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