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| OPINIÓN - ARGENTINA | |||
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El informe anual de "Social Wacht" y los derechos humanos |
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| Por Susana Merino (*) | |||
Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 01/11/09.- Hace pocos días tuve la oportunidad de participar, en Santiago de Chile, de la presentación del Informe anual 2009 de la organización Social Wacht, que según propia definición es “una red internacional de organizaciones sociales que lucha por erradicar la pobreza y las causas de la pobreza, con el fin de asegurar una distribución equitativa de la riqueza y la realización de los derechos humano, comprometida además “con la justicia social, económica y de género y el derecho de todas las personas a no ser pobres”. En lo referente a “erradicar la pobreza y sus causas” y a “asegurar la distribución equitativa de la riqueza” es evidente que el informe tenga que referirse al trabajo, a la equidad de géneros en cuanto a oferta y remuneraciones, a la incidencia de la crisis económica y a las consecuencias de la recesión mundial en el sector laboral. Pero lo que resulta menos evidente es que una organización o una suma de organizaciones reunidas bajo el nombre de “Social Wacht” soslaye casi por completo los aspectos sociales especialmente aquellos relacionados con los derechos humanos, entre los cuales se hallan específicamente definidos los Derechos del Niño, que son de algún modo los derechos de la humanidad en formación. El informe señala enfáticamente que las mujeres están siendo las más afectadas por la crisis, que sus efectos son más evidentes en sectores tales como el de los servicios y el del comercio al por menor, en los que el empleo femenino es mayoritario, lo que además implica un incremento en todo el mundo de la desigualdad de género y de la necesidad que por tanto se les plantea a las mujeres de “trabajar más horas y asumir otras formas de empleo extra, al tiempo que continúan con sus responsabilidades primarias en el cuidado del hogar”. Esta situación ha influido también notoriamente en el aumento de la violencia, intra y extra doméstica puesto que la inseguridad económica vuelve más débiles a las mujeres, en la medida en que aumenta su dependencia del salario masculino pero lo que es más grave es que como lo revela un informe del Departamento de Estado de los EEUU “la crisis económica mundial contribuye al tráfico laboral y sexual, por cuanto el aumento del desempleo y la pobreza hace a las personas más vulnerables frente a los traficantes”. En todo este contexto no es menos cierto que los derechos humanos son los primeros en ser conculcados tanto por el empresariado en general como por los estados que encuentran en la crisis un cómodo pretexto para evitar seguir aplicando leyes de protección laboral y de seguridad social. Amnistía Internacional ha diseñado recientemente una campaña denominada “Exige Dignidad” cuyo objeto es fortalecer la voz de las personas que viven en la pobreza y ayudarlas a requerir de los gobiernos el cumplimiento, la transparencia y la rendición de cuentas sobre los compromisos de igualdad de género, de oportunidades y de participación de las mujeres en las decisiones que las afectan. Sin embargo todos estos análisis, diagnósticos y consideraciones ignoran aspectos que considero fundamentales si lo que buscamos es construir una sociedad humanamente equilibrada y éticamente responsable. Resulta, por lo menos a mi criterio y en mayor medida tratándose de informes elaborados por Grupos de Trabajo conformados por mujeres (como surge del documento de Social Wacht) que en ningún momento se planteen las consecuencias del abandono a que se ven relegados los chicos en el seno de las familias en que ambos cónyuges cumplen horarios de trabajo que los obligan a permanecer fuera del hogar la mayor parte del tiempo, en jornadas no solo agotadoras por el trabajo en sí sino por los largos recorridos que, en la mayoría de los casos, deben realizar diariamente. No puedo omitir el recordar, aquí, un episodio austera pero elocuentemente narrado en una película francesa, cuyo nombre no recuerdo, que se inicia con la imagen de una joven mamá, cantándole una nana a su bebé hasta dejarlo dormido para correr luego raudamente a través de varios medios colectivos de transporte a reemplazar a otra mamá del centro de París que a su vez deja a su bebé en manos de la empleada para ir a trabajar. Secuencia esta que termina con la protagonista inicial cantando nuevamente la misma nana al bebé que ha ido a cuidar. Pocas imágenes pueden dar más fielmente cuenta de ese abandono que cotidianamente sufre la población más vulnerable y débil del planeta, una población a la que se le ha consagrado una Declaración de Derechos que no deja ni dejará de ser teórica mientras no asumamos la necesidad de someter la economía a los intereses humanos y no a la inversa y actuemos en consecuencia. Es cierto, y a ello se refiere también el Informe citado que el marco de los derechos humanos no es suficiente para cambiar la ideología neoliberal pero es casi diría impostergablemente necesario que comencemos a reflexionar sobre la clase de sociedad que este sometimiento sin límites a las exigencias laborales de carácter económico está configurando. Es cierto también que en la sociedad patriarcal que nos precedió la responsabilidad del cuidado y en algunos aspectos importantes, la educación de los hijos, se mantenían y desarrollaban en el marco del dominio femenino ya que el padre-proveedor constituía una presencia mucho menos visible y permanente, y aunque las respectivas funciones se hallaban claramente configuradas, no existía tampoco demasiado equilibrio en la deseable influencia de ambos progenitores en la vida familiar. Pero a esta ausencia temporal del padre se ha sumado peligrosamente ahora la de la madre, incrementadas ambas ausencias por exigencias horarias laborales absolutamente reñidas con la posibilidad de mantener y desarrollar una saludable vida familiar. Por otra parte si en aquella sociedad predominaba la presencia materna pareciera lógico tratar de encontrar un equilibrio que concediese a ambos progenitores no solo la posibilidad de contribuir con sus propias peculiaridades a la formación de los hijos, tanto varones como mujeres, sino la de disfrutar ellos mismos de las satisfacciones que el ver y seguir más estrechamente el crecimiento y el desarrollo de los hijos trae aparejado. Lejos de encontrar ese equilibrio la familia de nuestro tiempo se ha visto obligada a dejar esas funciones en manos de abuelos y de empleadas remuneradas que como en el citado caso del film francés se ven a su vez obligadas a abandonar por largas horas o por días enteros a sus propios hijos. Situación que se ve particularmente agravada en el caso de las migraciones de carácter económico especialmente femeninas, tanto internas como internacionales, en que no es nada raro que dejen hasta definitivamente a sus hijos para poder luego enviarles las tradicionales remesas que, les aseguren aunque más no sea una apenas magra subsistencia. Resulta por lo menos paradójico y hasta surrealista que teniendo en cuenta el progreso alcanzado por la tecnología sea actualmente necesario que ambos miembros de la pareja humana tengan que trabajar el doble de tiempo y aún más que el que anteriormente bastaba para mantener a una familia, en muchos casos mucho más numerosa que las actuales. Aunque tal vez parezca ubicarnos en el terreno de la utopía pero sin olvidar que en definitiva es la que tracciona el carro de la historia, habría que plantearse la posibilidad de invertir los términos de la ecuación subordinando la economía a la vida social y no a la inversa como actualmente sucede, es decir buscando reconstruir la vida familiar sobre la base de que no más de ocho horas de trabajo de cada uno de los progenitores debería no solo bastar a una digna subsistencia sino constituir la necesaria contribución personal al mantenimiento del proceso productivo de la sociedad en que se vive. De este modo los chicos podrían contar no solo más ampliamente con ambos progenitores sino que sus horas específicas de colegio, de socialización etaria, deportivas, etc. podrían coincidir y hallarse cubiertas con un sistema educativo integral de ocho horas como el que actualmente existe en los colegios de doble escolaridad, solo que con la ventaja de que al regresar a sus hogares encontrarían la posibilidad de compartir el tiempo restante con sus padres y sus hermanos y no quedar a la deriva o en el mejor de los casos a cargo de abuelos, otros familiares o empleadas. Todos tendrían de este modo la posibilidad de disponer de más tiempo para otras actividades, lúdicas, intelectuales, deportivas posibles de compartir entre padres e hijos, dando lugar a una sociedad más sana, menos conflictuada y más plena, lo que en definitiva debería ser el objetivo de toda comunidad bien pensante. No se trata por lo tanto de retacear a las mujeres las posibilidades de trabajo, de superación, de contribución personal sino de equilibrar orgánicamente para todos la relación trabajo-familia, hoy en día absurdamente desfigurada por las tensiones generadas por el exceso de solicitaciones externas, laborales, consumistas, competitivas y expoliadoras de las capacidades físicas e intelectuales de los seres humanos. Una sociedad de estas características no garantiza ningún futuro deseable ni tampoco merecen nuestros hijos heredar un paradigma socio-económico tan comprometido y desalentador. ¡Urge proponernos y trabajar para el cambio! ¡Otra vida familiar es posible! |
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(*) Arquitecta, editora del informativo semanal "El Grano de Arena" de ATTAC Internacional. |
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