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OPINIÓN - COLOMBIA

El debate económico en el II Congreso del Polo

Por Aurelio Suárez Montoya

Rebanadas de Realidad - MOIR-PDA, Bogotá, 24/02/09 .- El proceso político de Colombia estará signado por la crisis económica mundial que es una realidad entre nosotros. Se pueden nombrar al incremento del desempleo, a la recesión industrial, al encarecimiento de alimentos y combustibles, a la disminución de las exportaciones y a la tasa de inflación como los síntomas de que lo peor está por venir. La decisión de Glencore de salir del proyecto industrial más importante, un salto técnico en la petroquímica, es señal de que la “confianza inversionista” sufrió serio revés y que la avisada ayuda extranjera en la recesión no será tabla de salvación.

La amenaza de una crisis cambiaria con nefastas repercusiones sobre el crédito y las cuentas fiscales y las órdenes impartidas por el FMI en su reciente “misión de Consulta”, de dar prioridad a honrar la deuda pública, hacen necesaria la alerta roja sobre la estabilidad económica y social del país. La gravedad que puede tener, tal como aconteció en Estados Unidos, donde la crisis desplazó como tema a la guerra de Irak, puede relegar a un segundo plano los asuntos de seguridad. El que, por ahora, muchos piensan que es lo principal.

El despiste es tal que los medios oficiales hacen creer que “nuevos gurús” (sic), viejos predicadores del dogma neoliberal ahora en desgracia y que lo han practicado desde el Gobierno, el Banco Mundial y el FMI, tienen la pócima curativa. Recetan “recortar los aportes parafiscales para flexibilizar los mercados laborales”, un refrito ya fracasado; “bajar la tasa de interés”, volver a la solución en las simplezas de las teorías del dinero; “eliminar aranceles a las importaciones de alimentos”, seguir despreciando la producción nacional lo que ya ha traído terribles consecuencias; y “cifrar la recuperación en el sector financiero” como si en la especulación no estuviera uno de los virus del mal presente. En fin, combatir neoliberalismo con más neoliberalismo.

Surgen propuestas “centristas” que sin confrontar la política económica tratan de hacer una asepsia de sus más desgraciadas secuelas. “Separar lo social del mercado”, por ejemplo. ¿Quiere decir, ampliar el Sisben? ¿Crear regímenes especiales para nuevas categorías de desvalidos? ¿Por qué recurrir al galimatías en lugar de plantear la universalidad de los derechos sociales de educación, salud y de seguridad social integral? Otra más, “hacer de los alimentos un modelo desarrollo” y para esto expropiar “tierras de las mafias”. ¿Es la seguridad alimentaria nacional una opción de “modelo” o indispensable política de Estado, inclusive de seguridad nacional? ¿Es factible sin mover estructuras neoliberales, como TLC, libre flujo de capitales y mercancías, política cambiaria dictada por el mercado, Banco Central autónomo, así se expropien tales tierras? Las soluciones a medias terminan en eso, entelequias y fraude a la opinión.

Renunciar en la peor crisis en 80 años al cuestionamiento del neoliberalismo y a plantear una política económica autónoma y diferente, con nuevas instituciones, centrada en el empleo, la producción nacional, agraria e industrial, fundada en el ahorro y el mercado internos, con un comercio exterior diversificado y complementario, la universalización de derechos y la distribución del ingreso para reversarlo, sería una traición del Polo a su misión. Esto, desde luego, tiene que ver con la táctica electoral, no están desvinculadas las dos discusiones; al contrario, la una implica la otra. Una coalición, a la cola del Partido Liberal, con la seducción de “ser gobierno”, acarrearía la felonía del silencio o de las “mediatintas” frente a un asunto trascendental. No es la hora de acuerdos mínimos sino de los máximos, los que demandan millones de colombianos, del campo y la ciudad, sumidos en la desocupación, la pobreza, la informalidad y la ruina y que no aguantan más. A ellos se debe prioritariamente el Polo en su Congreso.

El presente material se publica en Rebanadas por gentileza del PDA-MOIR