Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
OPINIÓN - ARGENTINA

El Golpe de Estado en Honduras y las Democracias de América Latina

Por Dante Oberlin (*)

Artículos de Dante Oberlin editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 02/07/09.- No tiene sentido narrar detalles sobre la detención del legítimo Presidente de Honduras y su reemplazo por un títere del ejército. Mucho se ha publicado y dicho sobre este grosero golpe de Estado Tropical (algunos con más amarillismo anecdótico que análisis de fondo).

De igual forma, las muestras de repudio son tan generalizadas como oportunas en todo el mundo. Habrá que ver en los próximos días como se resuelve este conflicto de fondo entre la voluntad popular y las bayonetas caladas. Pareciera que otra vez estamos viendo una vieja película archivada en la indiferencia de una historia que algunos pensaban sepultada para siempre.

Sin embargo, debemos reflexionar sobre otros temas que están profundamente vinculados con lo que pasó en Honduras y podría repetirse en otros países de América Latina.

Tendríamos que recordar lo que decía la enorme Gabriela Mistral en alguna ocasión "La democracia en América Latina es todavía un ensayo".

En ocasión de mi responsabilidad como Secretario de la CLAT para América Central (1988-1997), tuve acceso a diversas situaciones que recuerdo con precisión. Una de ellas fue una conversación con Ramiro de León Carpio cuando fue Presidente de Guatemala y a quien le pregunté sobre la democracia de su país y me respondió textualmente "para los militares de Guatemala, la democracia es una etapa vigilada hasta su retorno al poder".

Deberíamos preguntarnos con mucha responsabilidad que tipo de democracia estamos construyendo y que significa la misma para nuestros pueblos.

Para decirlo con más precisión, esta democracia que hemos conquistado con las luchas y la resistencia de los trabajadores y los sectores populares en todos nuestros países y que en muchos de ellos se ha transformado en una democracia de protocolo y pobreza ¿Cuánta pobreza crítica, exclusión y marginalidad social, podrán soportar sin colapsar?

¿Cuántos dobles discursos, manipulación mediática y maniobras extrañas se podrán tolerar en una democracia política sin ponerla en crisis?

Es verdad que la democracia es el mejor sistema político que se conoce, porque el pueblo es quien debe decidir quienes son los que gobiernan. Pero ¿no será necesario decir que programa se comprometen a cumplir y como nos van a gobernar?

La democracia política es un punto de partida, no de llegada. Es el piso necesario e inevitable del respeto a la voluntad popular. Pero si la democracia política, no es además social, económica y participativa será un instrumento vano, una herramienta oxidada que se usará para cumplir con una formalidad vacío de contenido y que nunca llegará a expresar realmente los intereses populares.

En América Latina ¿Hasta donde se podrán manipular las organizaciones libres del pueblo (herramientas que deberían expresar genuinamente los intereses de cada sector) para someterlos a la voluntad de los gobiernos de turno en nombre de que es el único camino posible, radicalizando posiciones y alentando los peores escenarios de la intolerancia?

¿Hasta qué punto se podrán reemplazar a los verdaderos actores sociales por los expertos, a los dirigentes genuinos por candidatos mediáticos, a la participación social organizada por el individualismo narcisista, a los actores reales por las ONG? La crisis de la política se debe resolver con más democracia participativa en lugar de intentar instalar con forceps una democracia de gestión sin valores ni principios apelando al "síganme" o al "elíjanme" porque el pueblo sabe y me conoce y voy a decidir lo mejor para ellos.

El escenario de América Latina es preocupante porque hay nuevos fenómenos de exclusión social que no se corrigen con planes para la emergencia; así como una profunda crisis de representatividad política y una creciente y anónima democracia de espectadores televisivos. La democracia debe ser el ámbito natural de acuerdos y debates entre los actores y los sectores en un marco de libertad y tolerancia, en lugar de alentar una mayor fragmentación social devenida de las prácticas neoliberales. El Estado deberá siempre proponer alternativas superadoras para el conjunto y generar reglas de juego universales.

La democracia debe reinstalar en América Latina la esperanza en una sociedad para todos; y la certeza de que la opinión adversa no legitima ni ideológica ni políticamente la represión, la descalificación o la persecución del adversario.

Un nuevo fenómeno mundial es el desvanecimiento del futuro, y este escenario se ha instalado en Latinoamérica, creando un sentimiento colectivo de inseguridad laboral y existencial. Es una suerte de anomia generalizada que alcanza a la mayoría de los hombres y mujeres de la política que creen que lo más importante es la gestión. Esto no se resuelve solamente con una buena gestión del Estado (que es necesario), sino con un replanteo estratégico del rol de las democracias en América Latina en relación con los proyectos de desarrollo e integración de sus habitantes de cada país. Esta tarea no se puede dejar en manos de una difusa y cada día más confusa "agenda internacional" en manos de los actuales o futuros órganos u organismos supranacionales, sino que deberá ser una genuina decisión soberana de cada país y de nuestra región.

(*) Ex dirigente de los trabajadores gráficos afiliados a la CGT de los Argentinos, Secretario Nacional de Acción Sindical Argentina (hoy CCAS) y Secretario Ejecutivo de la CLAT para el Cono Sur y para Centroamérica. Tiene dos hermanos (Héctor y René) y un cuñado (Angel Baudraco) desaparecidos entre 1976 y 1977 y estuvo exiliado entre octubre de 1976 y 1984. En la actualidad es Presidente de la Asociación Civil PENSAR- Pensamiento Argentino.