Bufete de Informaciones Especiales y Noticias
CLÍO, UN LUGAR PARA LA HISTORIA - PANAMÁ

Cuba, cincuenta años en la primera línea de combate

A la memoria de Celia Hart Santamaría

Por Olmedo Beluche (*)

Artículos de Olmedo Beluche editados en Rebanadas:

Artículo relacionado:

Celia Hart Santamaría - Por Olmedo Beluche

Rebanadas de Realidad - Ciudad de Panamá, 26/12/08.- En este momento de júbilo, en que los revolucionarios del mundo conmemoramos cincuenta años de Revolución Cubana, me siento triste pues nos falta una de sus mejores combatientes y su más puro producto: Celia Hart Santamaría. Celia fue el nexo, por herencia y conciencia propia, entre la generación del Moncada y la que debe portar el legado revolucionario y socialista en este siglo que comienza. Siendo tal vez la mejor propagandista que ha tenido la revolución, supo mantener una conciencia crítica tan necesaria en esta coyuntura decisiva que atraviesan Cuba y América Latina.

Aunque el desánimo me afecta, la condición humana nos impide escapar de los sentimientos, asumo la tarea de dedicar estas líneas de reflexión a uno de los acontecimientos más importantes de la historia mundial, a sabiendas que Celia hoy habría asumido esta tarea mucho mejor. Ella, a no dudarlo, nos habría citado al Che: “En cualquier lugar que nos sorprenda la muerte, bienvenida sea, siempre que ése, nuestro grito de guerra, haya llegado hasta un oído receptivo, y otra mano se tienda para empuñar nuestras armas, y otros hombres se apresten a entonar los cantos luctuosos con tableteo de ametralladoras y nuevos gritos de guerra y de victoria.”

Una revolución clásica...

Recientemente un amigo cubano, de los emigrados y críticos, me decía que en el siglo XX sólo hubo tres auténticas revoluciones: la rusa, la china y la cubana. Yo sólo le agregaría la vietnamita y le daría toda la razón.

Es que incluso quienes critican al régimen cubano no pueden dejar de admirar, así sea en su fuero interno o en privado, el peso histórico desempeñado por esta pequeña isla en el concierto mundial durante este medio siglo. Una revolución democrática contra una dictadura lacaya del imperialismo yanqui, que se va tornando socialista mientras se radicaliza producto de la agresión extranjera, en la que las masas populares no han dejado de ser protagonistas en las calles en ningún momento. Un pequeño barco que, pese a todas las tormentas y a pesar de los pesares, no ha naufragado en un mar donde otros buques ya se hundieron.

Un proceso hábilmente conducido por Fidel Castro, quien ha demostrado ser uno de los políticos más geniales de la historia humana, pese a cualquier crítica, con una biografía ya mítica, que empieza como dirigente estudiantil, pasando por el Moncada y la cárcel, al destierro y la Sierra Maestra , a la toma del poder y “la crisis de los misiles”, sabiendo moverse entre los intereses de las dos potencias que regían al mundo para salirse con la suya, hasta el momento presente cuando, contra todo pronóstico, mantuvo el socialismo mientras Rusia, Europa Oriental, China, incluso Vietnam, involucionaron al capitalismo.

Una revolución a 50 millas del imperio norteamericano que atravesó todas las fases del modelo clásico de las revoluciones, como diría Nahuel Moreno: una primera fase (Revolución de Febrero) donde las masas insurrectas derrocan un régimen dictatorial movidas por consignas democráticas (reforma agraria, democracia política, soberanía económica); una segunda fase (Revolución de Octubre) a partir de la Segunda Declaración de La Habana en que acomete concientemente la construcción del socialismo como única forma de sostenerse frente a la agresión extranjera y poder realizar las demandas democráticas.

Con la diferencia, respecto a la revolución rusa, de que la conducción política de ambos momentos siempre estuvo en manos de Fidel y el Movimiento 26 de Julio, aunque tuvo sus “mencheviques” y “eseristas” internos, que se bajaron del barco entre una fase y la otra.

Incluso, como todo proceso auténtico de revolución tuvo su Termidor, aunque breve, controlado y superado parcialmente, a inicios de los 70, cuando muerto el Che en Bolivia, fracasado el intento de crear “dos, tres... muchos Vietnam”, y fracasada la zafra de los 10 millones de toneladas, la Revolución Cubana se vio obligada a aceptar ciertos condicionamientos de los burócratas del Kremlin a cambio de la necesaria ayuda económica del Bloque soviético (el fenecido CAME).

Cuando el Movimiento 26 de Julio pasa a ser el Partido Comunista de Cuba y vuelven ciertas figuras stalinistas, como Blas Roca, que habían quedado fuera del proceso revolucionario en 1958. El llamado “quinquenio gris” según la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) como nos recordara Celia en uno de sus últimos artículos (“Cuba, en marcha revolucionaria... y sin Fidel”). Fase que el propio Fidel corrigió en gran medida en su Rectificación de Errores y Tendencias Negativas, según nos recordó Celia también.

... que trasciende a nivel mundial

Pero lo que le da su peso histórico a la Revolución Cubana es su trascendencia internacional. En América Latina desde hace 50 años vivimos bajo el signo de esa revolución. Su influencia en aquella generación fue inmediata. Ella posibilitó no sólo los intentos revolucionarios de los años sesenta, en la que una camada de jóvenes, desde México hasta Argentina entregaron sus vidas inspirados por su influjo.

Cómo no recordar en este momento a quienes, a su manera, también fueron sus hijos: Santucho, Miguel Henríquez, los hermanos Peredo, Camilo Torres, Floyd Britton, Carlos Fonseca, Cayetano Carpio, las guerrillas del estado de Guerrero en México, en Venezuela, Uruguay, El Salvador, en todo el Continente, ¡tantos miles! Y, a su manera, o, de otra manera: Salvador Allende.

La Revolución Cubana hizo pensar y actuar a millones. También colocó el debate sobre la teoría y la praxis. Recuerdo las encendidas polémicas: maoísmo vs stalinismo; foquismo guerrillero vs trabajo de masas; abstencionismo vs participación electoral; “vía pacífica al socialismo” vs “revolución socialista o caricatura de revolución”.

En Panamá, ese mismo año, un grupo de jóvenes inspirados por la Revolución Cubana subieron al Cerro Tute, en Santa Fe de Veraguas, bajo el liderazgo de Polidoro Pinzón. Cuba alimentó espiritualmente al estudiantado panameño que en esa década escribió la más gloriosa página de nuestra historia, sin la cual no seríamos lo que somos en este pequeño Istmo: la Gesta del 9 de Enero de 1964 contra la presencia del imperialismo yanqui en la Zona del Canal.

Pero el proceso cubano no limitó su influjo este lado del continente, también llegó a la juventud norteamericana, la que se opuso a la guerra de Vietnam, al movimiento estudiantil universitario, a la del “peace and love”, ayudó a madurar al Movimiento por los Derechos Civiles y a líderes como Malcom X, a los llamados Pantera Negras, cuyos líderes más consecuentes siguen jugando un papel importante en la política de Estados Unidos.

Incluso Cuba cambió la sociología norteamericana, poniendo fin al predominio de la conservadora teoría estructural funcionalista, dando origen a una vertiente marxista con Wright Mills a la cabeza.

Qué duda cabe que Cuba también estuvo en el corazón y en la cabeza de los jóvenes europeos de Mayo del 68. Y habría que ver, no me corresponde decirlo, hasta qué punto pudo influir en procesos revolucionarios antiburocráticos como la Primavera de Praga. O, ¿cuánta fuerza moral sacaron los vietnamitas para seguir resistiendo y derrotar las bombas del imperio más poderoso de la historia inspirados por aquellos caribeños que los ponían como ejemplo?

En fin, la historia del mundo no se puede comprender sin tomar en cuenta lo realizado por ese grupo de jóvenes barbudos en aquella pequeña isla hace 50 años. Sus actos han sido inspiración, aún durante la pesada noche del neoliberalismo de los años 90, cuando perversamente se decía que “el mundo había cambiado y el socialismo muerto”, quienes nos resistíamos a entregar las banderas mirábamos a Cuba para probar que otro mundo es posible.

El futuro de Cuba se juega hoy en América Latina

Pasado todo este tiempo, superados tantos obstáculos, haber vencido en tantas luchas, sostenerse firmemente en la primera línea de combate pese a tantos sacrificios, no garantizan que todo ya ha sido superado y que el futuro de Cuba socialista ya está escrito en piedra. Moderen su optimismo los ingenuos. Cuba y su revolución atraviesan en este momento una hora decisiva, otra más. Nuevos debates y problemas se ciernen en la isla.

Lo advirtió el propio Fidel, el 17 de noviembre de 2005, y Celia nos lo recuerda: “la revolución cubana era posible de derrumbarse desde adentro, por nuestras propias carencias. Era el inicio de una nueva batalla... Unos meses después tuvo que dejar su protagonismo, pues se enfermó de gravedad. Las perspectivas de aquel discurso están todavía abiertas y no creo que todos hayan hecho la misma lectura...”.

Las simpatías que sentimos hacia Cuba, su revolución y sus líderes, no pueden ser excusas para pretender negar las debilidades, dificultades o “carencias” del sistema cubano. Hacer lo contrario, a la manera stalinista de pretender maquillar la realidad para pintar un falso cuadro de que estamos “a las puertas de la fase superior, del comunismo”, sería no sólo un acto de irresponsabilidad, sería un acto contrarrevolucionario.

Los revolucionarios preferimos la sinceridad, como la de aquel funcionario del PCC que no hace mucho me decía: “en Cuba ningún dirigente ignora los problemas, lo que pasa es que no siempre sabemos cómo resolverlos”.

Problemas que han sido puestos en evidencia este año por tres huracanes, uno de los cuales nos quitó a Celia, mostrando las debilidades de su economía en dos áreas claves: infraestructura de sus viviendas y producción de alimentos.

Es que la sociedad cubana es socialista por sus objetivos históricos, no porque haya llegado a la meta. Porque socialismo, en el sentido pleno de la palabra, es decir, una sociedad que garantice a todos los seres humanos la satisfacción de sus necesidades biológicas y espirituales, sólo será posible como un sistema mundial que reparta equitativa y racionalmente las riquezas, como ya señalara León Trotsky.

Mientras el mundo esté controlado por el sistema capitalista, el imperialismo, es decir, por la extracción de plusvalía de la clase trabajadora y un reparto de la riqueza por la vía del mercado, la desigualdad social y nacional seguirá prevaleciendo. Este determinante externo hace de Cuba y su revolución, en términos estrictos, una sociedad de transición al socialismo, no una sociedad socialista.

Por eso, literalmente el futuro de la Revolución Cubana se juega hoy, no sólo en las decisiones que se tomen en La Habana , con las reformas emprendidas por Raúl Castro, sino en los procesos revolucionarios de Venezuela o Bolivia, en el ALBA o el MERCOSUR.

El debate sobre la economía cubana

Como sociedad en transición al socialismo, la economía cubana tiene dos alas: una socialista y una mercantil. Cada una de las cuales se expresa en dos monedas: el peso y el peso convertible (o CUC). Por una el estado garantiza unos mínimos servicios y alimentos al pueblo, por la otra, en un mercado oficial o subterráneo muchas veces, por la vía mercantil los ciudadanos adquieren (los que pueden) los bienes que no están en los mínimos.

La parte socialista de la economía cubana le garantiza al ciudadano común unos mínimos de vida que muestran la grandeza y las posibilidades de este sistema, que ya quisieran muchos miles de millones que padecen hambre en todo el mundo: una alimentación básica, subsidiada por el estado, energía eléctrica y agua casi gratis, salud, educación y cultura. Ello queda expresado en la justeza del slogan: “En América Latina hay millones de niños de la calle, pero ninguno es cubano”.

Celia defendía a muerte la “cartilla”, o “libreta de racionamiento”, como una conquista, pese a muchos que la ven con odio. Por supuesto que en una sociedad de plena riqueza y completamente socialista no se justificaría una libreta de alimentos y servicios mínimos. Pero como esa sociedad no existe, la libreta garantiza a los ciudadanos un reparto más equitativo de la riqueza social.

La contradicción es que la cartilla, con todas sus limitaciones (no alcanza para todo el mes) le recuerda a la gente que se vive en un país pobre y, además, asediado por el bloqueo, pero es a la vez la forma en que una “economía de guerra” asegura el bienestar de todos, sin olvidar a ninguno. En Cuba nadie mendiga ni muere de inanición. ¡Ojalá! se pudiera decir lo mismo en Estados Unidos o Japón.

El problema planteado y que se debate intensamente en Cuba, y que fue lo mismo que se discutió en los años 20 en la Unión Soviética , es cómo encontrar el equilibrio entre ambas caras del sistema, cómo equilibrar la ecuación, en un momento en que el socialismo mundial no ha llegado, ni se avizora a corto plazo (y por ende tampoco el suministro de bienes que garantice la abundancia para todos los ciudadanos).

El dilema es que el estado no tiene la capacidad para garantizar “a cada quien según su necesidad”, por ende hay que permitir cierto juego de la economía mercantil, pero a sabiendas que el mercado implica las disparidades sociales, la explotación de clases y si te descuidas, la restauración capitalista completa y la derrota de la revolución.

Por ello Celia Hart advertía en el artículo que ya he citado: “La estrategia de la revolución cubana no puede ser “enriqueceos” como promulgó el Comité Central del Partido Comunista de la República Popular China en uno de sus congresos. Así terminaríamos con todo este empeño”. Y agregaba: “Cambiemos todo lo que deba ser cambiado en Cuba, para que no cambie lo que no puede ser cambiado, a no ser muertos”.

Es decir, ¿cómo sostenemos el proceso revolucionario iniciado hace cincuenta años sin perder su esencia socialista? Vuelvo a Celia: “La profundización socialista de la revolución, sin usar las armas melladas del capitalismo, y un inclaudicable internacionalismo son el camino. El futuro interminable de la revolución más linda está allí, sabiendo por qué fracasaron las demás...”.

En ese acalorado debate que hay en Cuba encuentro coincidencias y matices entre la posición de Celia y el interesante sector que encabeza Pedro Campos. Coincidencias en que hay que dar la mayor participación y corresponsabilidad posible a los propios trabajadores como entes activos de la dirección y autogestión en las empresas, que me parece entender es la propuesta central de Campos. Pero el eje de la política económica, desde la perspectiva de Celia, está en la planificación centralizada.

Ella dice: “Si necesitamos incrementar por razones tácticas el trabajo privado en Cuba, cosa que puede ser perfectamente, esto debe ser acompañado por un incremento más férreo del “plan único” que proponían Trotsky y el Che¨.

Cita al Che: “Se olvida que la planificación es la primera etapa de la lucha del hombre por adquirir pleno dominio sobre las cosas... de quitarle al hombre su condición de cosa económica”. Y cita a Trotsky respecto a la NEP a través de Isaac Deutscher: “... precisamente porque el país volvía a vivir bajo una economía de mercado, debía tratar de controlar el mercado y de prepararse para ejercer el control”.

Por otro lado, la tesis que pretende que socialismo equivale a estatización total de le economía, no tiene sentido, al menos en la fase de transición. “Nacionalizar” al barbero o la manicurista, es absurdo. La estatización de la economía cien por cien fue una medida tomada por Stalin para asegurar el control político de la sociedad, y luego se la ha convertido en modelo. En la transición al socialismo es inevitable la existencia de un segmento mercantil o privado de la economía y, puesto que existe, pese a que se lo ilegalice, es mejor oficializarlo para poder controlarlo. Ello no es incompatible con la planificación central y la estatización de la gran industria que es lo que proponía Marx.

Al final, la cosa da para ser optimistas. La conducción política y el pueblo cubano sabrán encontrar las mejores soluciones a los problemas, por lo que debemos tener Revolución Cubana para rato. Varios hechos inmediatos se avizoran como positivos: al parecer la crisis norteamericana llevará al nuevo gobierno de Obama a cumplir su palabra de entablar un diálogo con la Isla ; además, los procesos políticos abiertos en Latinoamérica siguen saludables, pese a los sabotajes, y se fortalecerán con la casi segura victoria del FMLN salvadoreño en las próximas elecciones.

Por ello, quienes hemos crecido bajo el signo de aquel gran acontecimiento y para los panameños que tuvimos el honor de escucharla el pasado 22 de agosto en la Universidad de Panamá, coincidimos con Celia Hart en que: “El futuro de la revolución socialista de Cuba debe ser uno de los desvelos de los revolucionarios de todo el orbe...” porque esa revolución le pertenece a la humanidad entera.

(*) Sociólogo, profesor de la Universidad de Panamá y Secretario General del Partido Alternativa Popular (PAP).