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¡Pobrecitos los pobres!

Por Alberto José "Pepe" Robles

Artículos de Alberto José "Pepe" Robles editados en Rebanadas:

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 06/11/09.- Uno de los aspectos más notables del debate político y de la cobertura de los medios de comunicación del último año en Argentina es la condena unánime de la pobreza, calificando su permanencia como un escándalo. (Adicionalmente es interesante ver que esta unanimidad está referida, no sólo frente a la pobreza extrema o indigencia -definida por el hambre-, como en Brasil, sino también al segundo escalón de la pobreza –definida por no alcanzar un nivel mínimamente decente de vida).

Realmente sorprende la unanimidad de la condena de la pobreza, en un país –como todos los latinoamericanos- con una gran desigualdad social (pocos muy ricos y muchos pobres), en el que hasta los más conservadores parecen estar a favor de que se elimine la pobreza (De Narváez, Macri, Mariano Grondona, Susana Giménez, Mirta Legrand). Este discurso es sorprendente porque hasta no hace mucho, quienes tomaban el partido de los pobres, chocaban una y otra vez contra un argumento incontestable que los enviaba sin más al mundo de los soñadores o de los demagogos: “¡eso es imposible, siempre hubo pobres!”.

En general puede decirse que hasta no hace mucho, la idea que predominaba en los sectores más acomodados, incluso en la clase media, era que cada cual tenía lo que merecía, que siempre habrá ganadores y perdedores, y que los ricos eran ricos porque se lo habían ganado. En todo caso, las intenciones “demagógicas” –siempre demagógicas- de luchar contra la pobreza, tenían que tener su límite en el derecho de propiedad de los ricos.

En la década del ‘60 Carlos Perciavalle se hizo famoso con un monólogo que se titulaba precisamente “Los pobres” (está grabado en el disco “Yo no, ¿y Ud?” y puede ser encontrado en Internet). Perciavalle, representaba a un pituco de Barrio Norte, escandalizado por los pobres:

“¿Ustedes saben por qué pasan estas cosas espantosas en este país…? ¿Quién tiene la culpa de que todo esté mal, que haya devaluaciones, que aumente todo…? ¿Saben quién tiene la culpa, lo pensaron? La gente pobre, m’hija. Si son la mayoría, viejo. Cada vez hay más, ¿viste? Se multiplican como las ratas, como los hongos después de la lluvia. Esa gente de lo peor, porque, decime una cosa: vos, rubiona, ¿alguna vez viste un pobre de cerca? Ah, sí. Yo una vez vi uno y me tuve que analizar dos años del shock que me produjo, te juro. Vos no sabés lo que son. Es gente espantosa. Para empezar es gente más fea que la mierda. (…) Además de todo, fijate vos la mentalidad, quieren cambiar todo el orden establecido. Saben lo que digo yo: ¿no les gusta el país como está? Que se vayan, m’hija, que se vayan. Una amiga mía dice, ‘¿si se van quién va a hacer el trabajo?’. Qué sé yo. Que dejen todo hecho y se vayan...”.

¿Por qué este cambio? ¿Qué ha pasado?

Yo creo que se debe a que hoy ya nadie tiene espacio para negar que la pobreza es realmente un escándalo. Esto es en sí mismo un cambio histórico. Lo que siempre se dijo que no se podía hacer, que era el acto demagógico por excelencia, (*) eliminar la pobreza, ahora se declara indispensable.

Es que ya no es posible para nadie decir que terminar con la pobreza es utópico. Hoy los pueblos han llegado a un punto de conciencia en el que saben que se puede terminar con la pobreza y por lo tanto han comenzado a movilizarse en esa dirección. Quien niegue esta posibilidad es inmediatamente rechazado.

Esto obviamente anticipa la posibilidad de cambios sociales de enorme magnitud. En una sociedad sin pobreza se acaba el poder histórico que el empleador ha tenido sobre el trabajador, y por lo tanto el poder de organización y de negociación del trabajo aumentará en tal proporción que modificará completamente la relación entre el capital y el trabajo. No hay que olvidar que el clientelismo estructural está definido por la imposibilidad del trabajador de negociar con su empleador. Una sociedad sin pobreza, en los términos que utiliza Julio Godio, es una sociedad de trabajo.

¿Entonces estas declaraciones significan que hay consenso pleno en Argentina para terminar con la pobreza? ¿Acaso las clases altas de Argentina están realizando una autocrítica histórica y reconocen que tienen que aceptar que se reduzca la porción de la renta con la que se están quedando? Disculpen mi escepticismo shekspiriano, pero lo dudo.

¿De qué se trata entonces?

Todo parece indicar que es una estrategia de desapoderamiento popular. En realidad, aún las sociedades más injustas y escandalosas, pueden sostenerse mucho tiempo en el tiempo, si quienes deben ser los actores del cambio no están organizados. Entonces de lo que se trata es de elaborar un discurso y una estrategia que le permita a las clases altas y medias enfrentar este avance histórico de los trabajadores.

En primer lugar es todo un dato que se hable de “la pobreza” y “los pobres” y no de “el trabajo” y “los trabajadores”. Notablemente, para estos críticos escandalizados de que exista pobreza, nunca hay trabajadores, sino simplemente “pobres”. La cuestión no es semántica: el pobre se define por lo que recibe, el trabajador por lo que hace. La noción de “pobre” es pasiva, la noción de “trabajador” es activa. Ser pobre nunca puede ser una causa de orgullo, ser trabajador sí, aún siendo pobre. Los pobres son los que no tienen, los trabajadores son los que hacen y han hecho todo.

Hablar de “pobres” y no de “trabajadores” no es inocente porque la clave precisamente se encuentra en esta separación que se hace de “pobreza” y “trabajo”. Los pobres no “son” pobres, los pobres “son” trabajadores e hijos de trabajadores. Para ser más preciso, los pobres “son” trabajadores e hijos de trabajadores a los que se les desconocen sus derechos.

Definir a una persona por lo que no recibe y no por lo que hace, es el mejor modo de impedir su identidad y su organización. Es victimizarla y relegarla a la pasividad. En realidad este discurso de “pobrecitos los pobres” se orienta a perpetuar la pobreza y el clientelismo. Los pobres, como tales, no se organizan: no existe y nunca ha existido una Federación de Pobres.

Lo que sí existen son los sindicatos, las federaciones de trabajadores y las organizaciones comunitarias. Una estrategia que pretenda realmente terminar con la pobreza, debe vincular la lucha contra la pobreza con el trabajo, y más específicamente a un modelo económico que valorice suficientemente al trabajo. Eso lleva y promueve inmediatamente la organización de los trabajadores y por lo tanto genera una dinámica social que da poder real a los trabajadores para que puedan terminar con su propia pobreza, imponiendo reglas que valoricen el trabajo y lo pongan en el centro.

Claro que sería interesante –trágicamente interesante- ver qué hacen estas fuerzas escandalizadas hoy por la pobreza, si llegaran al gobierno. ¡Pobrecitos los pobres!

Nota:

(*) Aristóteles define la demagogia como el gobierno de los pobres. "Lo que distingue esencialmente la democracia de la oligarquía, es la pobreza y la riqueza; y donde quiera que el poder esté en manos de los ricos, sean mayoría o minoría, es una oligarquía; y donde quiera que esté en las de los pobres, es una demagogia" (Aristóteles, Política, Libro 3, Cap. V.)