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El escolástico señor Romero (Segunda parte)

"La Argentina necesita conformar una doctrina nacional propia basada en la independencia económica, la justicia social y la soberanía política, implementada en la geografía y en los factores humanos que conforman una comunidad organizada en libertad por hombres justos y solidarios, prudentes y de buena voluntad".
Juan Domingo Perón
Por Francisco J. Pestanha (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 07/08/05.- Al concluir la primera parte del "escolástico señor ROMERO", me comprometí a retomar el análisis del texto publicado por el reconocido investigador del CONICET en el matutino La nación del 26 de marzo próximo pasado. Voy entonces a continuar la labor principiada, no sin señalar a modo de "ayuda memoria", que en la primera parte de este trabajo, centré mi crítica en el papel que el académico le asigna a la generación que integraron entre otros BARTOLOMÉ MITRE y DOMINGO F. SARMIENTO en la historia Argentina y al liberalismo que subyace en la opinión del autor.

De la versión malsana del nacionalismo

En la segunda parte del trabajo sugestivamente titulado "Para un proyecto colectivo", ROMERO plantea una tesis que sostiene que la denominada generación de 1980, no concibió un verdadero proyecto nacional. Así para nuestro académico el proyecto del ´80 no existió como tal, y esa idea resultó producto de una interpretación ex - post, proveniente, al decir del autor, de una noción más raigal y más perdurable aferrada a la cultura política local. ROMERO afirma que las ideas de "…proyecto nacional, primo hermano del ser nacional, de la identidad nacional, del movimiento nacional y de la doctrina nacional…" fueron incubadas desde los orígenes del siglo XX, a partir de "... una versión malsana del nacionalismo, ligado a la idea de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación, que se define en contra de un enemigo declarado como ajeno a ella...".

Prosigue luego asegurando que "... Al principio, hacia el Centenario, fue sólo un juego de intelectuales, pero pronto se incorporaron los grandes actores institucionales, con fuerte capacidad para definir, para nombrar: las Fuerzas Armadas, que se proclamaron custodias de los superiores intereses de la Nación; la Iglesia Católica, que afirmó la catolicidad de la Nación, y los grandes movimientos políticos democráticos -el yrigoyenismo y el peronismo-, autoproclamados expresión esencial de la Nación. Todos leyeron la historia argentina en términos de proyectos nacionales y antinacionales. Cada uno concibió un proyecto nacional y definió sus enemigos...".

De los fundamentos vertidos por el académico, surgen una serie de aristas sobre las cuales voy explayarme a continuación, no sin aclarar desde el vamos, que discrepo radicalmente con cada una de ellas.

En primer lugar, llama poderosamente la atención que ROMERO haya recurrido al calificativo "malsana" para catalogar a la versión vernácula del nacionalismo. De sus dichos, surgiría entonces que para él existiría una versión "sana" del nacionalismo, y si ello es así, habría que plantearse inicialmente un primer interrogante: ¿Cuál será para ROMERO la versión sana del nacionalismo?

La respuesta a este enigma resulta clave para una adecuada interpretación del texto que nos ocupa, ya que tan tajante afirmación, proviene de un individuo claramente identificado con el pensamiento liberal, ideología que en general, ejerce cierta repulsión sobre este tipo de fenómenos. Lamentablemente no lo tengo al alcance a ROMERO para indagarlo personalmente, pero a pesar de ello voy a intentar esbozar algunas respuestas posibles a esta incógnita, no sin perder la esperanza que mi eventual contendiente, me aclare alguna vez los alcances de tal expresión.

De las ideas de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación

Debo resaltar preliminarmente que nuestro escolástico sostiene con suma convicción que ese malsano nacionalismo estuvo "… ligado a la idea de homogeneidad y de unidad esencial de la Nación…". Surge así en forma nítida, en que para nuestro investigador, las corrientes nacionalistas argentinas estuvieron vinculadas a dos ideas centrales: la de homogeneidad y la de unidad esencial de la nación.

Respecto a la primera cuestión, es de decir a la de la homogeneidad, la experiencia histórica es clara y vasta, y nos enseña que en occidente, fueron los nacionalismos europeos del siglo pasado los que instalaron la noción de uniformidad étnica, racial, cultural o religiosa en materia sociopolítica. A modo de ejemplo pueden citarse desde los trabajos teóricos del francés MAURRÁS, hasta la experiencia concreta del nacional socialismo en Alemania.

ROMERO quien seguramente posee amplio conocimiento, y por qué no, una cierta admiración por la Civilización Europea, sabe perfectamente que dichas nociones fueron retomadas por el pensamiento europeo aproximadamente a fines del siglo XIX, aunque sus redes semióticas se extienden profundamente en el pasado del viejo continente. La idea de homogeneidad nacional no es entonces una creación original del pensamiento americano, sino muy por el contrario, surge de otros lares y de otras experiencias.

Creo en realidad que ROMERO no alcanza a comprender cabalmente el fenómeno del nacionalismo iberoamericano y menos aún los esfuerzos realizados por autores de la talla del mexicano VASCONCELOS o del compatriota SCALABRINI ORTIZ, quienes partiendo de la base social multígena constitutiva de la sociedad iberoamericana, encararon sus esfuerzos teóricos en pos de la articulación de intereses y de sentido común. EL, como buen escolástico, tiende a simplificar y a reproducir esa archi-conocida manía de un amplio sector de nuestra intelligentzia que pretende "hacer encajar" fenómenos sociales que nos son propios en marcos conceptuales que nos son ajenos, y que tal como lo enseña METHOL FERRE, produjo en nuestros ámbitos académicos la eterna disociación entre ideología y realidad.

El nacionalismo iberoamericano, debería comprender a esta altura de las circunstancias ROMERO, no es el producto espontáneo de seres anacrónicos, nostálgicos o de exegetas desubicados, sino es natural producción intelectual y simbólica de una comunidad que se reconoce como sujeta a un régimen colonial y que busca denodadamente su liberación a partir del fortalecimiento de su propia identidad. En particular, el nacionalismo argentino, tiene caracteres, orígenes e interpretaciones diversos, ya que acompañan a una Argentina constituida a partir de particularismos. Es en definitiva el producto de diferentes vertientes, que en ciertos contextos históricos determinados, se orientaron hacia un objetivo principal: la determinación un núcleo duro de elementos que articularan una comunidad nacional que parecía desarticularse a partir del aluvión inmigratorio y de la política colonial del cipayaje.

Claro que dentro del nacionalismo argentino hubo exegetas, anacrónicos, lúcidos, mediocres e interesados como los hay en cualquier corriente de pensamiento. Pero lo importante, lo destacado, lo relevante es que el nacionalismo argentino estuvo nutrido por la producción auténtica de una innumerable cantidad de pensadores y patriotas como JAURETCHE, ROSA, CASTELLANI, HERNÁNDEZ ARREGUI, IRAZUSTA, RAMOS, KUSCH, ASTRADA, Y ANQUIN, quienes entre otros tantos, realizaron innumerables esfuerzos para apartarse del monopolio de la dictadura universalista del pensamiento aún a costa de su honra y su fortuna. Debo reconocer que algunos de ellos equivocaron la senda y se acoplaron a la producción de sentido dictada por Europa, llegando a plantear para la Argentina soluciones "a la Alemana", "a la italiana" o "a la española. Pero ello no obsta para vindicar a quienes marcaron la senda.

Respecto a la cuestión de la unidad esencial de la nación, ella constituye la ambición lícita de cada pueblo. La esencialidad, a la que mal se refiere el autor de la columna, no implica en América como se ha pretendido, la unicidad en pensamiento y acción. El nacionalismo regional y en particular el argentino respeta las particularidades y las cataliza hacia un sentido y un destino común, por supuesto, reconociendo un tronco vital - tradicional. Iberomérica, es multígena por naturaleza y está abierta a la incorporación de nuevos factores, pero los incorpora desde una identidad básica y desde una cosmovisión que le es propia. Desde las particularidades se busca la unidad esencial.

Posiblemente a ROMERO, como a todo liberal, le asuste el concepto de unidad esencial. Pero como científico americano más que asustarlo, debería desafiarlo. Tantos años de anacronismo y división, no son producto precisamente de aquellos "buscadores de unidades esenciales", sino muy por el contrario, de los partidarios de lo que ABELARDO RAMOS definía como el universalismo platónico. ROMERO, a mi criterio ha caído en la eterna trampa de la utopía universalista.

En mis tiempos he conocido intelectuales de toda laya, muchos de los cuales siguen aún deslumbrados por las falsas promesas de esa forma de pensamiento. En general - y como ya lo he sostenido oportunamente - existe una tendencia en muchos científicos sociales, hacia la búsqueda de ciertos principios universales aplicables a toda sociedad en condiciones similares. Así no se ha dudado en calificar a ROSAS como feudal, cuando el feudalismo fue un fenómeno propio de la Europa pre - moderna, y a PERÓN como fascista, cuando el fascismo es un típico producto sociocultural Italiano.

Claro está, las academias internacionales exigen cierto acoplamiento a sus estructuras de sentido para financiar los proyectos de investigación y los eventos ínter - universitarios. ¿Y vio?, si uno no se acopla un poquito a lo pre establecido, no es reconocido, "queda afuera" y si uno no es reconocido y queda afuera, el narcisismo puede estrellarse contra el piso.

En contraposición a lo que sostiene ROMERO: la unidad esencial de la nación es indispensable para encaminarnos en un proyecto colectivo. Salvo que nuestro académico haya encontrado una fórmula para el desarrollo evolutivo basada en la anarquía estructural, no existe, según la experiencia histórica otra fórmula para lograr la autosuficiencia. Pero si ha encontrado tal fórmula, le ruego al Sr. ROMERO no dude en hacerla llegar a los nacionalistas argentinos. Se lo agradeceremos infinitamente.

Del modelo estadounidense

Conociendo el paño, creo entrever en personajes como ROMERO cierto ideal nacional y colectivo. He tenido la oportunidad de escuchar, en algunos contertulios universitarios locales, la reivindicación del denominado modelo norteamericano de base plural. He escuchado además, defender dicho modelo como experiencia a replicar en iberoamérica.

Nadie duda que en términos generales los norteamericanos tienen un sentimiento nacionalista bastante arraigado. Ellos han logrado una importante estructura cohesiva de base sajona a partir de lo se denomina "el sueño americano", el que se compone a partir de un plexo de valores constitutivos e integrativos. El sueño americano es un verdadero contrato de adhesión, donde cualquier individuo que esté dispuesto a suscribirlo puede integrarse. Quizás muchos intelectuales argentinos admiren esa forma de construir el nacionalismo, y muchos también no duden de buena fe en recomendar para nuestra gente esa "versión sana".

En realidad el liberalismo doméstico ha sido bastante permeable a admirar y aceptar esta forma de construcción de la nacionalidad, ya que ella, en apariencia, permite la convivencia de las diversidades, (término de por sí bastante inadecuado para hacer referencia a las particularidades humanas).

Pero desgraciadamente, creo que nuestros liberales no han logrado comprender respecto a este fenómeno, que el sueño americano, es una forma de construcción que, bajo el disfraz del respeto a las particularidades, las homogeiniza cada vez más. Nótese por ejemplo la casi uniformidad que expresa políticamente la sociedad estadounidense, o la falta de reacción social ante las atrocidades cometidas por sus tropas y que tienen claro objetivo de suprimir las particularidades. La nación erigida a partir de la "diversidad", no respeta las "diversidades" . Internamente, el sueño americano mantiene una delicada homeostasis hegemónica que permite incorporar adhesivamente seres diversos, y externamente, aplasta los particularismos, entre ellos el nuestro.

El modelo norteamericano, a mi criterio no se ajusta ni a nuestra historia, ni a nuestras expectativas, ni a nuestra idiosincrasia. Somos el producto de procesos sociales, históricos y culturales absolutamente disímiles y ciertamente divergentes. El provenir de historias diferentes, nos desafía a comprender, como enseñaba SCALABRINI ORTIZ, a un nacionalismo iberoamericano que surge a partir de una base sociológica donde la mezcla y la mixtura racial y cultural ha comenzado hace quinientos años y además a entenderlo como un producto histórico y sociológico determinado ciertamente por un estado de necesidad. El nacionalismo Inglés o el norteamericano tienen su razón de ser, y responden a diferentes estímulos que el nuestro y sobre todo a intereses diferentes.

Seguramente ROMERO, si alguna vez responde a mis críticas, podrá sostener que, como auténtico liberal no cree en los modelos, que la referencia al modelo americano corre por mi cuenta, o tal vez, podrá hacer referencia a alguna versión sana del nacionalismo proveniente de cierta experiencia tercermundista. Quizás, nuestro académico simplemente sostenga que el verdadero nacionalismo se expresa a partir del respeto al individuo y a la libertad, o algún otro argumento modernista. Pero nada de ello podrá a mi criterio ocultar su notable incomprensión sobre los aconteceres del país y sobre las corrientes nacionalistas que surgieron y emergen aún del subsuelo de la patria.

Del pluralismo, la deliberación y la transacción

ROMERO continúa su razonamiento con una reflexión que me permito citar textualmente: "... Afortunadamente, la Argentina posterior a 1983 fue bastante diferente. Predominan hoy otras ideas sobre la política -el pluralismo, la deliberación, la transacción-, aunque quedan relictos de antiguas experiencias. Cada tanto emerge en el discurso público la antigua aspiración a la homogeneidad nacional y a la unidad de "los auténticos miembros de la Nación" contra algún enemigo exterior responsable de nuestros males, siempre distinto y, en el fondo, siempre igual...".

Lo que surge de tales expresiones no es nada nuevo ni original, y menos aún, la soslayada crítica al nacionalismo de base conspirativa: pero lo poderosamente llamativo es su reivindicación de los valores posteriores a la recuperación de las instituciones democráticas. ROMERO sostiene, palabras más palabras menos, que tuvieron que acontecer una serie de desencuentros para que los argentinos nos diéramos cuenta que teníamos que construir nuestro futuro a partir del pluralismo, la deliberación, la transacción. A esta altura de las circunstancias me pregunto si ROMERO y yo vivimos en el mismo país. ¿Cómo puede sostenerse con tanta liviandad después de haber transcurrido la segunda década infame, que los argentinos hemos construido una nueva sociedad a partir de la incorporación de esos valores? ; ¿Cómo puede resaltarse con tanta soltura que durante la fase de colonización económica y cultural más siniestra del siglo pasado, los argentinos hemos reconocido lavoles como el pluralismo, la deliberación, la transacción?. Me parece que ROMERO confunde pluralismo con libertinaje, deliberación con falso consenso y transacción con sumisión. ¡Crasa confusión la del académico!

De las recomendaciones finales del escolástico ROMERO

Para finalizar todo buen maestro pretende dejar a sus alumnos sus enseñanzas; veamos cuáles son las que nos propone ROMERO:

En lo que refiere al método dice ROMERO: "... Si la Argentina ha de seguir siendo democrática y republicana, el proyecto resultante deberá ser el producto de la razón, más que de la emoción. Se construirá en la mesa del debate y no en los balcones unánimes. Será el resultado de una discusión abierta y plural antes que de un monólogo excluyente". Hasta aquí, un prejuicio racionalista sumado a la incomprensión de los verdaderos procesos democráticos. Claro, no democráticos de laboratorio o de academia, sino democráticos de realidad.

Respecto al "...proyecto mismo y al instrumento para su ejecución. Como en 1880, la pregunta clave sigue siendo cuál es el lugar posible para la Argentina en el mundo: qué sabemos hacer mejor que otros; cómo integrarnos y ganar con ello, porque, finalmente, se trata de controlar esa integración, potenciar lo beneficioso y minimizar lo negativo...". ¡Chocolate por la noticia!

Y para finalizar "... En esos términos, aún para quienes somos escépticos respecto de los llamados "proyectos nacionales", es posible sumarnos al reclamo de un proyecto colectivo, o mejor, a una demanda sobre las formas para comenzar a caminar hacia él. Se trata, en suma, de tres cosas: las prácticas y virtudes republicanas; el trabajo hercúleo de limpiar los establos de Augias estatales; la mirada realista y creativa de una Argentina en el mundo...". El problema argentino se resuelve con más república, con el impulso privatista y con realismo pragmático.

Muchas gracias don ROMERO por la sugerencia pero , ¡MENEM ya lo hizo!.

(*) Director de Pensamiento Nacional. Web
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