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Algunas reflexiones sobre la polémica Sulé - Galasso

"...No es posible quedarse a contemplar el ombligo de ayer y no ver el cordón umbilical que aparece a medida que todos los días nace una nueva Argentina a través de los jóvenes... No se lamenten los viejos de que los recién venidos ocupen los primeros puestos de la fila; porque siempre es así: se gana con los nuevos." ARTURO JAURETCHE
Por Francisco José Pestanha (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 25/11/05.- En un reciente ensayo sostuve que la polémica es un arte que en materia discursiva, presupone una lucha por espacios y jerarquías que se manifiesta como una suerte de guerra retórica donde los contrincantes "... son llamados a encontrarse y a enfrentarse, ya sea de manera conflictiva (por la guerra o la competición), o bien de manera contractual (por la negociación y el intercambio)..." (E. Lois).

Don Arturo Jauretche plenamente conciente de los efectos que dicha práctica generaba en las percepciones de nuestros paisanos, recurrió en innumerables ocasiones a la polémica con la sana intención de contribuir desde su óptica, a demoler las estructuras simbólicas erigidas por el coloniaje. En tal sentido la recurrencia a "lo polémico" tenía para el linqueño un objetivo principal: estimular pasiones encontradas, para despertar conciencias orientadas hacia el desarrollo de un sentido común nacional.

En ese orden de ideas, el intercambio epistolar desatado a raíz de un texto publicado en nuestra página por Jorge Sulé, que ha tenido como ocasional antagonista a Norberto Galasso y como mediador a Roberto Ferrero, ha generado en quien les escribe un efecto similar al perseguido por don Arturo - y en tanto - me ha desafiado a involucrarme en una discusión que sin duda alguna se enmarca en el auspicioso resurgimiento del "pensamiento nacional" al que adherimos fervientemente.

Apelando entonces a mi pura intuición, voy a ensayar algunas reflexiones sobre el revisionismo histórico, dejando expresamente sentado que no voy a inmiscuirme en aspectos que hacen a la certeza o a la veracidad de los datos consignados en las misivas, ya que tal tarea, corresponde a historiadores y especialistas en la materia.

Hecha la aclaración pertinente, debo expresar en primera instancia que considero a la historia como una sucesión de contingencias que dan cuenta del desarrollo evolutivo de una comunidad determinada, y que tal devenir, se constituye a partir de una sucesión de causalidades, donde determinados eventos, resultan consecuencia de otros que lo anteceden, y donde lo aleatorio en ocasiones, puede alterar circunstancial o definitivamente ciertos aspectos de ese devenir. La historia en tal sentido es un proceso orgánico donde decantaciones, fermentaciones, herencias, simbiosis y corrupciones generan acontecimientos que se suceden en un cuerpo social determinado. La historia no es unilineal ni sujeta a un determinismo categórico.

La tarea de los historiadores, ciencia y método histórico mediante, es la de hurgar lo más profunda y honestamente posible en dichos acontecimientos, para luego volcarlos en un relato que debe aspirar a encontrar el mayor sustento en la realidad observada y concentrarse preferentemente en los procesos significativos. Ello sin dejar de observar que la objetividad absoluta resulta un imposible ya que, los seres humanos somos en cierto sentido, prisioneros de nuestra propia subjetividad.

La reacción revisionista

La corriente denominada "revisionismo histórico" que comenzó a germinarse en nuestro país a principios del siglo pasado pero que sin duda alguna presupone raíces mucho más profundas e insondables, surgió a mi criterio como nítida reacción ante las crasas omisiones y alteraciones contenidas en el relato Mitrista.

Bartolomé Mitre fue ante todo un estadista, y como tal, entre otras tantas acciones que impulsó desde el poder, dedicó ingentes esfuerzos a estructurar un relato histórico funcional al proyecto de país que diseñó junto con otros integrantes de la generación vencedora de Caseros y Pavón. Don Bartolomé en tal sentido, tenía plena convicción de la importancia que posee el mito histórico en la formación de las conciencias sobre todo en los ciclos escolarizados. Sabía que debía operar en tal sentido, y no dudó en recurrir a cualquier artimaña para lograr su cometido.

Su estrategia fue coherente y consistente. Para eliminar definitivamente la "disvaliosa" estirpe criolla, esa despreciada dimensión facúndica tan vinculada a la barbarie prehispánica y a la decadencia hispánica, no cabían medias tintas, y a tales efectos, recurrió a la supresión de muchos eventos históricos y sociológicos trascendentes, a la exaltación de otros no tan trascendentes, a la adulteración de otros tantos, y la construcción de una cadena sucesiva de próceres que resultaran funcionales al ideario de aquellas "razas superiores" que, según la inteligencia culta del puerto, integrarían una nueva Argentina como prolongación de la Europa civilizada.

Mitre se concentró especialmente en la etapa posterior a mayo de 1810, trazando así una línea que algunos revisionistas denominarán acertadamente mayo - caseros. Me refiero al período de la lucha entre la "civilización y la barbarie", y en la que sus verdaderos protagonistas, los caudillos federales (bárbaros) aferrados a la tierra y a sus tradiciones, debían ser suplantados por doctores portuarios (civilizados) iluminados y comprometidos con el ideario liberal del progreso indefinido. Todo evento o actor que se opusiera a este cometido era disfuncional para un proyecto de repoblamiento, que como todo proyecto al fin, requería de sus antagonistas.

El revisionismo histórico como sostuve precedentemente tuvo un origen reactivo y a la vez disociado. Las primeras obras revisionistas en ese sentido surgieron de impulsos individuales, no estuvieron encuadradas en corriente alguna ni existía entre los autores vinculación orgánica. Téngase presente en este sentido que la mismísima obra de Saldías, señalada por algunos autores como pionera en la materia, surgió del mismísimo riñón de Mitre.

Pero más allá de tal circunstancia, no cabe duda que el cuestionamiento respecto a la historia oficial vino no solamente a desentrañar esa dicotomía entre realidad y relato que muchos paisanos venían corroborando, sino a cumplir con una función medular para la adecuada comprensión de nuestro pasado: la función de revelar ciertos aspectos históricos y sociológicos altamente significativos ocultos o adulterados deliberadamente por la estrategia y por la tradición mitrista.

¿Qué falló en la estrategia mitrista?

¿Qué falló en la estrategia mitrista? ¿CuÁles fueron las razones que determinaron el surgimiento y aún la vigencia de una corriente crítica que, con mayor o menor vehemencia, cuestionó y aún sigue cuestionando un relato histórico que alguna vez se creyó inmutable e inquebrantable?.

Considero que la estrategia mitrista se malogró por un cúmulo de razones, algunas de las cuales enumeraré a continuación, dejando expresamente sentado que tal enumeración no resulta taxativa:

I) La supervivencia del acervo cultural y de las razas prehispánicas que, aunque diezmadas por la política de conquista del territorio, lograron preservar sus rasgos étnico-culturales y demandan cada vez con mayor potencia su participación e integración activa en la vida nacional.

II) La supervivencia innegable del emergente racial - cultural generado a partir del encuentro entre el español y el aborigen. En tal sentido, debe tenerse en cuenta, una diferencia esencial entre el proceso de conquista de la América del Norte por los anglo-sajones y la del Sur por los íberos: la inexistencia (en la segunda) de un tabú sexual y por ende la irrupción del mestizaje.

III) La importancia estructural y estructurante de tradición hispánica y cristiana en la conformación de valores en la comunidad iberoamericana.

IV) La composición de base multígena (Scalabrini Ortiz) de la comunidad iberoamericana.

Todos estos factores sobre los cuales intentaré profundizar en otros ensayos, más otros que puedan incorporarse a la lista precedente, contribuyeron lenta pero inexorablemente a demoler la estrategia mitrista.

Mitre y los suyos erigieron su victoria relativa sobre la represión. No cabe duda que tras el triunfo, lograron consolidar una superestructura cultural nada despreciable, y dentro de ella, imponer un relato histórico funcional a un proyecto de país que implicaba el re -poblamiento inducido de nuestro territorio, preferentemente con las razas superiores del norte de Europa. Pero pervivencia física y simbólica de lo pre - existente tarde o temprano iba a reclamar su lugar en la historia. La historia enseña que toda política represiva que no obtiene una victoria absoluta tarde o temprano comienza a presentar fallas y grietas - es decir - los primeros indicios de su propia descomposición, y el proyecto de Mitre afortunadamente, admitió demasiadas grietas en su derrotero.

En primer lugar debemos tener en cuenta que la premisa alberdiana "gobernar es poblar" implicaba el re - poblamiento compulsivo del país, hecho que se materializó a partir de dos aluviones inmigratorios a fines del siglo XIX y principios del XX. Como es de imaginarse tamaña incorporación de inmigrantes provenientes preferentemente de Europa, comenzó a generar en la comunidad local, una cierta inestabilidad no prevista o no deseada por una oligarquía acostumbrada a obrar como patrones de estancia.

La historia en ese sentido indica que para que una política aluvional en materia inmigratoria sea eficaz debe presuponer - por una parte - la existencia de instrumentos políticos y jurídicos aptos para contenerla y encauzarla, y en ese sentido, los concebidos por la intelligentzia local resultaron cuanto menos inconsistentes - y por la otra - una actitud de grandeza y generosidad que una oligarquía como la vernácula no poseía. Resulta clave para comprender este tópico la cuestión de la distribución de la tierra.

Gran parte de los inmigrantes que llegaron a estos lares expulsados de una Europa sumergida en la miserabilidad, llegaron aquí con esperanzas de progreso y además con ilusión de encontrar un terruño donde asentarse (sed de tierra). Las oligarquías locales que diseñaron la política inmigratoria perseguían otro objetivo: conseguir mano de obra cualificada para reemplazar al bárbaro y al vago, pero sin la mínima intención de ceder ni un ápice en sus intereses latifundistas.

En dicho contexto, es decir, en el de una avalancha inmigratoria con esperanzas insatisfechas y con "sed de tierra", y de una oligarquía que la promovió simplemente para satisfacer sus intereses sectoriales, comenzó un proceso de micro - convulsiones que empezaron a cobrar cada vez mayor trascendencia.

Por un segundo imaginémonos aquella Argentina de fin de siglo XIX y principios del XX invadida por millares de familias deseosas de progreso económico y con su bagaje de pautas culturales y de ideas, que llegaba a un país que les "garantizaba" todo tipo de libertades, pero que a la vez, ya contaba con una población estable que se había consolidado durante siglos.

Resulta entonces lógico y comprensible que las primeras reacciones ante esta "amenaza" cosmopolita surgieran de aquellos sectores que, aún sin pertenecer a los estamentos oligárquicos, habían adquirido cierto protagonismo en la vida nacional, y que además, se encontraban íntimamente aferrados a las tradiciones. Para gran parte de estos sectores, sobre todo los que se asentaban en las provincias, la base constitutiva de los valores nacionales estaban vinculados a la tradición hispánica y católica aunque ciertamente aggiornados por la experiencia americana. Surgió entonces así, el temor a la transculturación y a la pérdida de identidad, y por qué no, de protagonismo económico.

Un proceso similar pero de diferente origen venía incubándose en el país a consecuencia del proyecto oligárquico vinculado a la conquista del desierto. Esta vez se trataba de aquellos excluidos del proyecto de los `80 que habían encontrado refugio más allá de la frontera, el indio y el gaucho, "la barbarie" según la tradición sarmientina. Excluidos, masacrados y olvidados aun pervivían, y se acomodaron transitoriamente a su nuevo status. La obra de Hernández fue su testimonio y su obra mítica.

Desde ambas realidades, aunque lógicamente desde intereses contrapuestos surgió la necesidad de fortalecer lo propio. Para algunos a través de la dimensión cultural hispano - católica, y para los otros, desde la vindicación de la estirpe criolla u originaria. Ante un mito histórico que planteaba el triunfo de una concepción liberal portuaria con impulso cosmopolita, la esencia y reacción del interior aparecía como razonable y necesaria, y de allí, la reaparición de Rosas y de los caudillos federales.

Podría tomarse por cierto que aquel primer revisionismo aparece como el producto de una élite que se sentía cuestionada y temerosa de perder su legitimidad, y que además, Rosas se erigía como un emergente funcional para ratificar su identidad y su posición social. Pero en forma paralela, aunque veces articulada, aparecía también el emergente criollo, tal vez soslayado, pero fecundo.

Fue recién en épocas del forjismo coincidente con un inédito proceso de migración interna, donde ambas corrientes en principio divergentes, comenzaron un proceso de síntesis el que además se integró con el acerbo inmigratorio.

La razón de tal integración se debió - entre otros sucesos - a una circunstancia pocas veces tratada. La unión de los excluidos. Los extranjeros por millares, privados del acceso a la tierra por la avaricia oligárquica y asentados en las orillas de la "civilización", comenzaron a confluir en vida y experiencia con los peones expulsados de las haciendas por la crisis del modelo agro exportador. Ese intercambio fue esencial. Los inmigrantes aportaron su conocimiento en materia de trabajo industrial, su cultura y sobre todo su acervo ideológico, los criollos por su parte sus conocimientos en materia rural, su arraigo, su cultura y su sentido tradicional. Tal mixtura, tal sincretismo, sumado a los aportes provenientes del nacionalismo de élite, dio origen a una nueva cosmovisión de lo nacional tan magistralmente acogida, entre otros, por Jauretche y por Scalabrini en su visión multígena de la comunidad nacional.

Pero los acontecimientos descriptos precedentemente y que dieron lugar a la incorporación de lo popular a lo nacional no pueden ni deben empañar la obra de un primer revisionismo que sin lugar a dudas contribuyó, no sólo a develar infinidad de aspectos de la historia oculta o sumergida por la represión Mitrista, sino también a revalorizar algunos componentes culturales y simbólicos aportados por el mundo ibérico. De allí la importancia de obras como la de Gálvez, Quesada, Castellani o Irazusta y tantos otros, más allá de los intereses que los hayan impulsado, de la clase a la que hayan pertenecido, y aún de la posición ideológica que hubieran sustentado.

En esta línea de razonamiento creo entender que quienes nos definimos como nacionales, no podemos caer en el pecado de abordar la historia desde los prejuicios. En tal sentido ejercitar una retrospección a partir de conceptos como "lo democrático" o "lo popular" tal como los concebimos en la actualidad puede inducirnos a cometer errores imperdonables, ya que ambos conceptos, adquieren sentidos diferentes en épocas diferentes. ¿Quién era más popular o democrático: San Martín o Rosas? ¿Puede sostenerse sin temor a equívoco que las montoneras eran milicias sustentadas en un ideario más democrático y popular que las milicias Rosistas, (los colorados del monte)?. Y así lo fueran, ¿cuáles de las dos resultaban más eficaces para consolidar la unidad territorial y conceptual que requería un país desgarrado en la anarquía? ¿Puede hablarse realmente de alguna milicia democrática o popular en aquella época tal como las concebimos en la actualidad?. No soy historiador, pero permítanme resguardarme en el beneficio de la duda.

Cuando se aborda la historia, quien lo hace debe ubicarse e inmiscuirse en la época, en las ideas vigentes, en los intereses en pugna, en las necesidades geopolíticas, en los sentimientos religiosos /y o espirituales, en la geografía, en el clima, etc, pero siempre desde una posición de honestidad y respeto.

Del sentido funcional del revisionismo

Sentada mi posición y más allá de las divergencias planteadas en las misivas de referencia, permítanme, por las razones aquí expuestas, resaltar un punto de encuentro que podría involucrar y albergar al revisionismo en general. Su origen, su carácter y su sentido funcional. Futuros encuentros en los que necesariamente habrá que incluir los ancestrales aportes de los pueblos originarios de esta bendita corriente podrán afirmar o demoler esta postura.

No creo en los estancos, creo en los procesos, no creo en las divergencias infinitas, creo en las disociaciones y en las asociaciones. En definitiva, los pueblos buscan su destino y su sentido común a partir de la superación, y si abordamos equilibradamente los orígenes del revisionismo y del nacionalismo popular, vamos a encontrar muchas convergencias, más que las que imaginamos.

El nacionalismo popular superó al nacionalismo de élite pero tomando de él aportes que nítidamente contribuyeron crear un sentido de lo nacional. Algo similar sucedió con el revisionismo. Claro está, algunos se quedaron, y aún lo hacen, llorando frente a la tumba de su padre, otros simplemente asistieron al alumbramiento del hijo.

Por último quiero dejar cuanto menos planteada otra inquietud que me surgió a partir de la lectura de este maravilloso intercambio epistolar.

Una visión justiciera de la historia nos desafía a separar el agua del río. Cuando abordamos el derrotero de artistas o a pensadores debemos encarecidamente separar, aunque arbitrariamente, al protagonista, de su obra. Nuestra historia, como la de cualquier comunidad, se encuentra plagada de contradicciones y defecciones, y entre tantas, las de aquellos que eligieron el camino de la creación. Irazusta, Palacio, Manzi, Ramos, Doll, Castellani y tantos otros las tuvieron. Resultaría un imposible pedirle coherencia absoluta a los protagonistas como así también a sus antagonistas. Uno mismo suele tener contradicciones. Es en el hombre concreto donde uno encuentra defecciones, contradicciones y aciertos, pero es en la obra donde se localizan procesos y sentidos.

Lo que el pueblo y la historia unió orgánicamente que no lo separen los historiadores, más allá de las intenciones y la voluntad misma de los hombres, de sus obras, y de quienes los interpretan. A veces la soberbia puede inducir al pecado de querer llevar, a partir de interpretaciones forzadas, agua para el propio molino, cuando lo importante, lo trascendente, es que el agua pura sea volcada en el cauce colectivo.

Finalizo estas líneas saludando con afecto y admiración a los contendientes y a su mediador. Vaya para todos mi agradecimiento por tanta pasión concentrada en nuestra amada patria.

(*) Director de Pensamiento Nacional. Web
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