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ARGENTINA

Militancia y utopías

Por Jorge Rachid (*)

Rebanadas de Realidad - Buenos Aires, 28/11/07.- Es notable observar como hoy se siguen utilizando ambos términos, militancia y utopía, como valores absolutos desprovistos de sentido y de significados más profundos, que hacen que pierdan contenido si están alejados y sean transformadores si concurren juntos a la cita con la historia.

Cuando se concretó la cita entre el pueblo y las coordenadas históricas que la promovían, el mundo se sacudió. El sentido de identidad se hizo patrimonio común en los argentinos y las certezas fueron superiores a las angustias, aún en el tiempo de la lucha por los ideales y los reclamos justos. Nos hermanaba el sentido épico y trascendente de la movilización, sin dudar del compromiso y la entrega como bagaje militante, como medalla orgullosa exhibida en la vidriera social y política.

El pueblo, en su conciencia colectiva, determina los ciclos históricos y los nuevos paradigmas que rigen en cada momento, dominando la cultura por largos períodos. A veces con deseo de paz y otras con espíritu de lucha, sin que sean necesariamente contradictorios.

La irrupción de nuevos actores políticos durante el irigoyenismo impulsó, en el inicio del siglo XX junto al voto universal, un nuevo escenario, una nueva identidad nacional, que perdió fuerzas y se diluyó tiempo después en la confrontación personalistas -antipersonalistas. Esto priorizó la lucha interna partidaria sobre las necesidades del pueblo, posibilitando el Fraude Patriótico y el Golpismo como formas de ejecución políticas ante un pueblo desmovilizado.

La irrupción descamisada el diecisiete de octubre no necesitó directivas ni programas para expresar, en la democracia popular de masas más importante de la historia, su rumbo coherente con anhelos frustrados por décadas.

Aquellos que supieron leer el acontecer fueron capaces de ser protagonistas junto al pueblo. Los paralizados por los acontecimientos se quedaron como testigos de la historia, por no encajar el traje ideológico que llevaban con lo que determinaba el momento. Por último, los ofendidos por la irrupción de los nuevos actores se colocaron el uniforme de opositores, descargando todo el rencor producido por su propio desplazamiento.

No fueron los radicales forjistas como Jauretche ni Scalabrini Ortiz quienes quedaron fuera de tiempo, ni los socialistas del movimiento obrero, o los latinoamericanistas de la línea de Jean Jaures al estilo Espejo o Manuel Ugarte , ni los conservadores con fuerte identidad nacional como Bramuglia, o empresarios comprometidos como Miranda, futuro ministro de economía del país.

Si se hicieron fervientes opositores los que pretendían determinar la historia en vez de acompañarla, para quienes la concepción del poder era superior al de Patria, recitando democracia en tanto fueran los representantes y no el pueblo quien la determinara.

Después del 55, el conjunto social en su voluntad política superior al dolor, encontró una consigna que resumía una utopía:" Luche y Vuelve". Esa consigna abrió las puertas de las casas a la militancia, escondió a los compañeros de las garras de las dictaduras, estableció un marco solidario a la lucha por la recuperación de la dignidad, al sentimiento avasallado, a la proscripción política como herramienta del ejercicio del poder, legitimando la Resistencia militante al modelo de dominación nacional.

En esos dieciocho años ningún militante se sintió ajeno al pueblo. El compromiso resumía su inserción popular y la interpretación, correcta o no, del momento histórico que estaba protagonizando. Poco importaba en ese contexto la cárcel o la vida. Los objetivos superiores que emanaban de una utopía compartida diluían las concepciones conservadoras de preservación, lógicas en cualquier sociedad estabilizada. La militancia y la entrega personal, en un escenario profundamente solidario, eran el pasaporte común de una cultura que observaba al mundo desde el lugar común del cuestionamiento al sistema y al poder.

Cuando se recuperó la democracia y la consigna fue realidad con el regreso del líder, un nuevo capítulo de confrontación interna, de lucha por el poder, inauguró una etapa de alejamiento de las aspiraciones populares. Otra vez, como a principios de siglo, la Patria Peronista y la Patria Socialista reemplazaron las aspiraciones del pueblo, luego de años de empatía. Nuevamente el concepto de vanguardias y el poder desplazaron las utopías populares de los nuevos paradigmas que, trasformados en testigos de la historia, vieron correr ríos de sangre en pos de una lucha ideológica que estaba fuera del escenario principal de contradicciones operantes en nuestro país, permitiendo el accionar criminal de los enemigos de la Nación con la irrupción del Genocidio de Estado de la dictadura militar.

No es de extrañar la derrota del campo nacional al quedar aislado de la conciencia colectiva del pueblo el accionar militante. No habría sido posible la derrota con la participación activa del pueblo en la lucha política. Pero no era su tiempo, ni sus objetivos mediatos ni inmediatos dirimir la lucha ideológica por el poder.

La presencia de la dictadura merecía el rechazo genuino del conjunto social argentino, pero no alcanzaba a constituir un hecho político de confrontación. Las puertas de las casas ya no se abrían, salvo contadas excepciones y treinta mil compañeros eran desaparecidos y muertos por la locura planificada y genocida del poder absoluto.

La recuperación de Malvinas generó un episodio singular que le dio apoyo a un hecho del poder ilegítimo que ostentaba la dictadura. El pueblo, más allá de los actores, acompañó la gesta y puso en ello tanta pasión que esa misma movilización de apoyo terminó en repudio y rechazo ante la utilización infame y colonizada que los militares quisieron instrumentar ante el imperio provocando su final. La falta de respaldo al heroísmo de los que luchaban en las islas dejando sus vidas por la Patria, desnudó las intrigas de palacio y la corrupción del poder que, lejos de una concepción nacional, una causa, manejaban la estrategia de su propia supervivencia. El poder sucumbió ante la acción unánime del pueblo que empezaba a escribir otra utopía, un nuevo tiempo, esta vez se llamaría Democracia.

Quien pudo interpretar ese sentimiento fue el ganador de las primeras elecciones, recitando la Constitución y prometiendo que el sólo hecho de volver al sistema representativo, devolvía al pueblo salud, educación y bienestar. No pudo o no quiso, pero en poco tiempo desnudó que la democracia tenía límites precisos en lo económico y en lo político. En donde se trataba de avanzar en sentido contrario las fuerzas concentradas del poder bloqueaban la aspiración. Nos enteramos los argentinos que la democracia tenía condiciones muy precisas emanadas del Consenso de Washington que imponían Mercado y Alineamiento hegemónico con el poder mundial.

La militancia fue transformando su perfil. De luchadores populares por utopías compartidas a ser funcionales al esquema demoliberal de partidos políticos. De ahí a ser punteros barriales de candidatos desconocidos pero poderosos, hubo un paso. El posibilismo reemplazó la discusión política, todo se justificó desde el poder aunque fuese contrario a lo expresado electoralmente. El carguismo se transformó en obsesión y las utopías terminaron durmiendo en la justificación.

El pueblo y las nuevas generaciones, sin la carga histórica pero manteniendo islotes de la derrotada cultura solidaria, fue encontrando otros caminos de compromiso y solidaridad en las acciones sociales ligadas al segundo genocidio. En éste caso el genocidio social que desplazó millones de argentinos de la pirámide social a las puertas mismas de la desesperación y la marginalidad con pobreza. Esa fue la militancia utópica en el correr de la democracia limitada.

Pero sin dudas se está escribiendo un nuevo paradigma en la conciencia colectiva del pueblo. Como todo camino de largo plazo se ve más claro lo que no se quiere que lo que se anhela.

Las nuevas responsabilidades militantes serán acompañar estos síntomas que se expresan en el cotidiano popular, que van definiendo una síntesis y una cultura que deberá plasmar en un nuevo modelo social y económico del país. Que entregue certezas donde persisten las dudas, solidaridad donde reina el egoísmo neoliberal, justicia horizontal donde existen sólo verticalmente condenados sociales, redistribución de la riqueza, sueños compartidos, ilusiones en marcha, futuro para los hijos, cultura del trabajo y la solidaridad, esfuerzo y sacrifico, investigación y desarrollo. En fin, un país donde todos los argentinos, hombres y mujeres de buena voluntad, como dice la Constitución, que puedan acompañarnos.

Militancia y utopías juntas pueden cambiar la historia, antes de que se constituyan nuevas monarquías democráticas y la historia que se escriba sea reflejo de intereses globalizadores antes que nacionales. No significa aislamiento, significa identidad para integrarse desde un proyecto estratégico de país, con hombres y mujeres que lejos de heredar cargos ejerzan con pasión su compromiso con el pueblo, su militancia junto al pueblo y la solidaridad como ejercicio permanente de la humildad.

De la democracia limitada a la democracia popular existe sólo la decisión política. Democratizar el poder es incorporar nuevos actores sociales y políticos. Integrarnos desde lo que somos y no desde lo que quieren que seamos, es un desafío. Latinoamérica es nuestro espacio, desde el ABC de Perón al MERCOSUR de los Pueblos que anhelamos. La lucha fraticida, el internismo, el desvío de los ejes políticos para obtener posicionamientos favorece a los enemigos de la Nación.

La crítica constructiva debe reemplazar a la crítica gorila en el campo nacional, en especial aquellos militantes que se denominan de izquierdas y no valoran las contradicciones principales. Es correcto redefinir el eje estratégico y la matriz energética de nuestro país como modelo nacional. Es imprescindible remover las causas de los obstáculos electorales de la democracia limitada con olor a fraude. Es necesario impedir que el reino del dinero reemplace la voluntad política de los argentinos.

Todo esto es posible si primero está la Patria luego el Movimiento y por último los hombres.

(*) Integrante del IBAPE, del CESS y del MNyP.
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