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"L'Escale" una abra para los niños en servidumbre

Rebanadas de Realidad - Bruselas, 29 de enero de 2004 (La CIOSL En Línea): Primer plano - Entrevista a Martine Burdet, psiquiatra de niños del hogar Escale de Puerto Príncipe, el único del país que acoge a los niños que huyeron de la servidumbre.

¿Cuándo comenzó a interesarse en esta problemática?

Cuando volví al país, hace 13 años, me sentí consternada por lo que vi. Me dije que tenía que hacer algo por los chicos víctimas de malos tratos. Pasé dos años en el hogar Maurice Sixto (ndlr: otro hogar que durante algunas horas diarias acoge a chicos que trabajan como domésticos, con permiso de sus patrones). Me dediqué sobre todo a escuchar a esos chicos. Porque el problema es que si uno se basa en lo que dice la mayoría de la gente, podría creerse que esos chicos están mucho mejor en esas casas de lo que estarían en la miseria de sus familias. Sin embargo, cuando terminaban por confiarse, esos chicos querían volver con sus padres. En un primer momento, el niño se siente tan desvalorizado que tiene vergüenza. Si se tiene paciencia, los sentimientos profundos terminan por aflorar a la superficie. Como madre, lo que me interesaba era comprender las razones que impulsaban a esas mujeres a colocar a sus hijos en otras casas, a veces sin saber muy bien qué les ocurriría. Unas religiosas con las que trabajaba en un dispensario me pusieron en la senda correcta. Me decían que a menudo encontraban mujeres que les preguntaban si no sabían de alguna familia que pudiera acoger a sus hijos. Pude encontrarme con algunas de ellas. Una vez más, no fue fácil conversar abiertamente con ellas debido a la vergüenza que sienten. Más allá del perfil tipo de sus familias -numerosas o monoparentales-, comprendí hasta qué punto esas mujeres deseaban que sus hijos tuvieran un porvenir mejor que el propio. En Haití, no hace falta estimular a los padres para que envíen a sus hijos a la escuela. Saben lo importante que es contar aunque más no sea con un mínimo de instrucción para salir adelante en la vida. Ahora bien, en las zonas rurales hay poquísimas escuelas. Muchas personas malintencionadas se aprovechan de eso. Les dicen a las madres: "Yo me ocuparé de este chico, lo mandaré a la escuela." Prácticamente todos los chicos me cuentan la misma historia: "No fue mi mamá la que quiso colocarme sino una señora que vino."

Sin embargo, nunca se habla de trata de niños en los discursos oficiales sobre la servidumbre infantil...

¡No estoy inventando nada! En este momento tengo en el hogar varios chicos que fueron secuestrados y estoy convencida de que la mayoría de los chicos que trabajan en condiciones de servidumbre pasan, en uno u otro momento, por las manos de intermediarios. A veces vemos escenas increíbles: llevamos chicos de vuelta a sus casas y se encuentran con padres que los creían muertos. Otra vez, una pobre campesina que no tenía noticias de su hijo, consiguió encontrar a la mujer a quien se lo había dado. Imagínese, tuvo que pedir dinero prestado para poder ir hasta Puerto Príncipe. Pero el chico se había fugado para escapar de los malos tratos. El chico me había sido entregado por Bienestar Social (ndlr: un servicio estatal que debe ocuparse de esta problemática pero que dispone de medios irrisorios). Valiéndose nada más que de su propia fuerza, la madre obligó a la secuestradora a seguirla hasta la comisaría. Se estableció el vínculo con el centro donde yo trabajaba, me convocaron y llegué a la comisaría con el chico. El policía no dijo ni hizo nada. Y fui yo la que se puso a gritar e insultar a esa mujer pero ¿quién soy yo para hacerlo? Lo que me indigna en este país es la impunidad total reinante. No hay ni siquiera una ley que estipule que es delito incitar a una madre a colocar a su hijo.

¿Puede decirse que se trata de una degeneración del sistema de enseñanza que solía funcionar en Haití?

Antiguamente, los chicos que se enviaban a las casas burguesas eran tratados bastante bien. Se les daba una instrucción. Pero la burguesía ya no toma chicos, ya sea por una toma de conciencia o por miedo de tener problemas. Hoy en día, lo que más choca es precisamente que las familias de acogida son tan pobres como la familia de origen. En el barrio marginal Cité Soleil hay muchos chicos domésticos. Los habitantes tienen enormes dificultades para sobrevivir de día a día. Se hacen violentos. Para poder comer, las mujeres ponen puestitos en la calle y en los mercados. Como deben ausentarse, utilizan chicos como domésticos para que hagan absolutamente todas las tareas de la casa. Puede creerme, en Cité Soleil no es posible vivir y ocuparse además de un chico ajeno.

Justamente, el hogar que usted creó está situado a unos pocos minutos de distancia de ese barrio marginal, considerado el lugar más pobre y más peligroso del país. ¿Cómo hizo para integrarse a ese paisaje?

Es verdad que a pesar del tipo de actividades que nosotros llevamos a cabo, tenía miedo de despertar por lo menos envidia. La gente de aquí vive en condiciones realmente miserables. Muchas personas trabajaban en una fábrica de azúcar, ya sea como cultivadores o como peones. Pero luego pasó a ser más fácil importar el azúcar y la fábrica cerró. La gente cayó entonces en una pobreza extrema. Pienso que nuestra integración se hizo más fácil porque una vez por semana tenemos consultas de neurología. Hay gente que viene de lejos para hacerse atender. Tratamos muchos casos de epilepsia. Es una enfermedad frecuente en Haití debido a los partos malos y a las fuertes fiebres. Es una enfermedad que estigmatiza. La gente le tiene miedo y la asocia con crisis místicas. Para mí, esas consultas son muy gratificantes. Muchos pacientes mejoran y pueden volver a trabajar. Un día que pasábamos en auto por Cité Soleil, fuimos detenidos por barricadas en llamas. Yo no estaba al corriente de esos disturbios. Quisimos dar marcha atrás pero en ese momento, alguien gritó: "¡Déjenla pasar, es la doctora Nadine!" En realidad, aparte de una carretilla, , nunca nos robaron nada. El mayor peligro aquí es que la zona está muy expuesta a los huracanes. Cuando pasó el ciclón George, tuve que tener a los chicos en el hogar durante dos meses. Tuvimos luego que trabajar mucho para reacondicionar el edificio. Felizmente estamos por mudarnos. Gracias a una financiación suiza pudimos construir un nuevo edificio en Bon Repos, que es una zona mucho más segura.

¿Cómo funciona el hogar Escale?

Nos ocupamos específicamente de los chicos que se escaparon de la servidumbre. El hogar puede acoger entre 40 y 50 chicos pero raramente está lleno. El problema es que nadie nos trae a los chicos y que una vez que éstos pasaron varias semanas en la calle, ya es demasiado tarde. La mayoría de los chicos de la calle son antiguos restaveks (criados). Y no queremos más mezclar a los chicos que acaban de fugarse con otros que llevan ya un tiempo viviendo en la calle. Son problemáticas diferentes, la convivencia se dificulta mucho y hay instituciones para esa categoría de chicos. El respaldo del IPEC (programa de la OIT para la eliminación del trabajo infantil) nos permitió crear una escuela adecuada a nuestro proyecto, no una escuela nocturna como las hay tantas. Las 3 maestras, el ama de llaves y la cocinera son todas personas extraordinarias. Los chicos que tenemos están allí para que se los quiera y se los rehabilite. Pero el programa IPEC detuvo sus actividades en Haití. No tuvimos más ninguna noticia al respecto y tenemos que encontrar con toda urgencia otra fuente de financiamiento.

¿De qué sufren esos chicos?

Muchos fueron víctimas de violencia por parte de sus amos. Sufren asimismo de enfermedades de la piel pero las principales heridas son sicológicas: neurosis, depresiones... No obstante, en todos los casos se puede hablar de malos tratos, en la medida en que no se los trata como a los demás chicos. Inclusive cuando no los golpean, siempre está esa actitud de mantenerlos en un nivel inferior. A algunos los colocan cuando tienen apenas 3 años y eso se hace a las claras para someterlos, para tener a disposición una mano de obra que no se rebele ante nada. Al mismo tiempo, esos chicos tienen mucha energía. Para fugarse se necesita mucho valor y también una especie de proyecto de vida, aunque más no sea en estado embrionario: quieren volver a sus casas. Cuando llegan aquí, algunos de ellos quieren irse con sus padres enseguida, otros quieren ir a la escuela. En este último caso, procuramos de todas formas informar a sus padres.

¿Y luego? ¿No les resulta sumamente difícil encontrar el rastro de los padres?

Casi todos los chicos tienen recuerdos que equiparan al paraíso perdido. Eso es lo que mantiene vivas sus esperanzas. Hablan mucho de eso. Además, yo tengo un equipo de trabajo extraordinario. Mi colaborador más precioso es un campesino sin formación alguna. Consigue sacarle a los chicos informaciones que podrían parecer sin importancia pero que a menudo nos ayudan a encontrar el rastro de los padres. Además, ese señor conoce muy bien Haití.

¿Qué sucede con esos chicos?

Cuando un chico encuentra a sus padres me siento satisfecha y tengo la sensación de que no le volverá a suceder lo mismo. Hacemos todo lo que podemos para evitarlo e inclusive llegamos a ayudar económicamente a las familias. No obstante, no dispongo de medios para hacer un seguimiento y hay que ser realistas: a ciertos chicos se los vuelve a colocar. Para esos chicos, la servidumbre les resulta todavía más dura porque sus patrones saben que son capaces de fugarse. Como regla general, no veo razón alguna para mostrarme optimista. En los medios informativos se ha hablado mucho estos últimos años de los chicos que trabajan en condiciones de servidumbre pero no veo ninguna mejora a escala nacional. Las grandes potencias detuvieron la ayuda internacional pero las primeras víctimas de tales medidas son precisamente las personas más carecientes.

Gentileza del Departamento de Prensa de la CIOSL.
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