| Bufete de Informaciones Especiales y Noticias |
| UNIÓN DE EMPLEADOS DE LA JUSTICIA DE LA NACIÓN (UEJN) - ARGENTINA / Web | |||
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Del peronismo a la revolución |
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| Por Demetrio Iramain, Congresal de la Unión de Empleados de la Justicia de la Nación, Miembro del equipo de Prensa de la UEJN | |||
Rebanadas de Realidad - UEJN, Buenos Aires, 25/02/10.- La sesión de ayer en la Cámara de Senadores que no logró finalmente condensar la pretensión hegemónica de la derecha argentina, dejó varias lecturas alrededor, que resulta bueno abordar si de continuar con mejores perspectivas la alternativa nacional y popular abierta en el país desde 2003 se trata. La pelota está picando en el área chica, y sigue sin agarrarla la derecha. Tanta fue la sugestión mediática de estos días, tan grande la manija periodística, que una votación menor, como es la conformación de las Comisiones legislativas de la Cámara alta, provocó, con su resultado que no fue, un estruendoso papelón: el que el oficialismo le causó al variopinto rejunte opositor. "Nubarrones ensombrecen ahora la gobernabilidad", se alarma hipócritamente Eduardo van der Kooy en su panfleto de hoy. La fiebre destituyente de la derecha nacional roza el ridículo. A su odio de clase, le adereza una pizca de la constante apelación al fracaso, al descreimiento, y logra un caldo o río revuelto donde siempre ha de pescar mejor. Ese triunfo oficialista (en verdad, ese no triunfo opositor) no es, por cierto, una pinturita. Y a no desesperar por eso. Tiene a su interior contradicciones propias de las inclemencias a las que nos tendrá acostumbrados un proceso histórico y político, si éste es de transformación profunda y verdadera de las condiciones de existencia social, y que proviene del bajofondo sublevado de la Patria, ahí donde causó estragos la devastación cultural y material, simbólica y política que las clases dominantes vilmente cometieron. Así también se hace una revolución, después de todo. Inventando, sintetizando viejos manuales doctrinarios con nuevas lecciones teórico prácticas. Por qué no con la suerte; también con la contradicción. ¿Acaso leyeron las Madres de Plaza de Mayo algún compendio de formación política para decidirse a salir a la calle a buscar a sus hijos? Ellas, simplemente, salieron primero, y se organizaron después. "De la cocina a la Plaza", como dicen. En su camino, descubrieron la magnitud del enemigo a enfrentar, el por qué del genocidio, y aprendieron que la única condena posible para los verdugos militares era continuar por otros medios la misma batalla política librada por sus hijos. ¿Es que alguno piensa todavía que las revoluciones se hacen ganando discusiones, solamente? Pues, no. Las revoluciones se ganan en la Historia. Y la Historia, se sabe, no pregunta cómo. Ni quién. Se escribe con letra torcida a veces, y con sangre, otras. Frecuentemente con sangre. Todo lo discute en asamblea la revolución, sí, pero después centraliza las decisiones. Los modos, las formas, los usos y costumbres de las democracias formales y representativas, serán abstracción de las elites ilustradas si con ellos no se resuelve el duro hambre de las mayorías. La revolución no pide gracias ni da perdón. Es impía y paga como el amor de una mujer. Es bella toda vestida de rojo y de largo; elegante, así camine descalza. Su reloj es inclemente y preciso. Imperturbable. Perón lo decía a su modo: "La única verdad es la realidad". A propósito, el peronismo. Ese movimiento de masas tiene más de sesenta años de protagonismo central en la vida política argentina. Si el peronismo no se sienta a dar quórum, no sólo no hay reparto entre las múltiples expresiones de la derecha de las Comisiones en la Cámara Alta, sino que, directamente, no hay política. Un arquero de renombre internacional, hasta hace unos días a cargo del arco del club de fútbol más importante de la Argentina, había reclamado a sus defensores que "sean más hijos de puta en el área". El peronismo sabe que en el área propia nunca puede cabecear el delantero rival. Nunca. Por eso la derecha, que no ha vacilado en ser golpista y genocida, brazo ejecutor de los intereses de las clases dominantes, ha intentado desde siempre cooptar el peronismo, malversándolo ideológicamente. La derecha tiene claro que el peronismo es la síntesis a la que ha arribado la conciencia política de la clase trabajadora argentina. Para abortar cualquier proceso revolucionario en el país -sabe-, es forzoso situar a esa fuerza organizativa y territorial definitoria en el versátil bando de la reacción. Así se explican los casos de Reutemann, Duhalde, De Narváez, y de Menem también, claro, entre tantos otros. Esa tránsfuga estrategia le ha proporcionado relativos éxitos, a veces sonoros, otras menos. El más escandaloso ocurrió en la década del 90, cuando neoliberales travestidos, lograron devastar el país, atar su destino inmediato al núcleo más concentrado de la economía, y condenar a millones de personas al hambre, el atraso y la ignorancia, en nombre, justamente, del peronismo. Otra expresión más de la lucha de clases que se da en todos los ámbitos sociales, y también al interior de ese movimiento de masas, crucial para la resolución de la eterna guerra entre explotados y explotadores. La cuestión del peronismo, plantea también una disyuntiva: ¿por qué la izquierda marxista tradicional no puede hacer la revolución`? ¿Cómo es que esa "izquierda" gana las discusiones, y nunca entra en la Historia? Su penoso idealismo causaría estupor al materialista Marx. Esa izquierda de salón, en cuyas pomposas siglas suele conjugar las palabras "trabajadores", "revolución" y "socialismo", es perfectamente incapaz de ganar la dirección de un sindicato, y a la vez se muestra cada vez más seguido como un triste instrumento de sus contrincantes ideológicos. Con pena y dolor, asume como propia la lucha discursiva, como si tuviera vida en sí misma. Patética y reaccionaria, pareciera preferir una intervención televisiva o radial, en vez de operar de modo determinante en la lucha de clases. ¿Dónde extravió aquello que Lenin decía: "Todo es ilusión, menos el poder"? Ejemplos hay de sobra: mientras la derecha se relamía ante un eventual triunfo nada "consensuado" sobre la primera minoría en Senadores (la del Gobierno nacional), que creían seguro, una autoproclamada izquierda, meramente testimonial, cortaba las calles del centro de Buenos Aires, para goce y disfrute exclusivos de aquella derecha, que, convengamos, le interesa un pito el bienestar de los argentinos que no puedan acceder al plan de cooperativas. Más: el día que el pueblo propinó a los grupos económicos más poderosos esa gran derrota histórica, como fue la sanción en Diputados de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, los "antiburocráticos" y "horizontales", de "avanzada", trabajadores del subte, hicieron un paro que dejó sin servicio a 6 millones de trabajadores. ¿Qué canal estaban mirando? ¿Acaso el mismo que miraban los compañeros de la CTA, que le declararon un inconcebible paro general (de sus pocos gremios adheridos) al gobierno en plena campaña electoral de junio de 2009? Ni hablar de Fernando Ezequiel Solanas Pacheco, que se atrevió a la desmesura que ni Cecilia Pando se anima a hacer: querellar penalmente a la Presidenta de la Nación por la estrategia de desendeudar a la Argentina, pagando. Triste. O los diputados de la centroizquierda, que conformaron con los de la derecha a secas, ese grupo "A", que hizo en la Cámara baja lo que no pudieron cometer ayer en Senadores. Ya lo decía el Che Guevara, en la carta de despedida a sus hijos: "Acuérdense que la revolución es lo importante". También lo dijo San Martín, más de un siglo antes: "Si somos libres, todo nos sobra". ¿Cuándo esos dos hitos en la Historia argentina, latinoamericana y mundial, serán tenidos en cuenta en toda la dimensión, complejidad y espesura de lo que expresaban? |
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El presente material se edita en Rebanadas por gentileza de Laura Iparraguirre, Secretaria de Prensa de la UEJN |
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